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Don Juan Manuel Montenegro, hijo de Satanás, padre de lobos
Autor:Ignacio Arellano
Catedrático de Literatura
Universidad de Navarra
Fecha: 15 de marzo de 2003
Publicado en:  Diario de Navarra

Por los caminos verdes y olorosos de los cementerios de aldea, en una Galicia mítica que Valle Inclán evoca con mágicas palabras, cruza la Santa Compaña, la procesión de las ánimas, y se atraviesan en la senda de don Juan Manuel Montenegro, viejo hidalgo con ínfulas de rey suevo en su pazo de Lantañón.

Montenegro es un caballero arcaico, violento y lujurioso, un pecador hijo de Satanás y engendrador de hijos monstruosos. A la muerte de su mujer, doña María, a la que ha abandonado por largo tiempo, entregado a sus barraganas, los hijos saquean la casa, pelean por la herencia y se enfrentan al padre como una manada de lobos.

Por los caminos que transita la Santa Compaña, el caballero peregrina al frente de una hueste de mendigos, lleno de angustia, desesperado de remordimientos y con los presagios de su propia muerte, como si quisiera expiar sus pecados. Histriónico, ruidoso, exhibicionista de su desvalimiento como antaño de su soberbia, reparte la hacienda entre los hijos para no verlos en la horca, pero regresa a reclamar pan para los mendigos, expulsados del pazo por los avarientos vástagos. Al frente de los pobres invade la casa y se enfrenta al gigante don Mauro, uno de sus segundones, que lo mata de un puñetazo brutal. Un leproso, el pobre de San Lázaro, se alza como un ángel vengador y castiga el parricidio: «Las llamas del hogar ponen su reflejo sangriento y el segundón, con un aullido, hunde la maza de su puño sobre la frente del viejo, que cae con el rostro contra la tierra. La hueste de siervos se yergue con un gemido, y de pronto se ve crecer la sombra del leproso, poner sus manos sobre la garganta del segundón, luchar abrazados, y los albos dientes de lobo y la boca llagada morderse y escupirse. Abrazados caen entre las llamas del hogar».

En este retablo de la lujuria, la avaricia y la muerte que son las Comedias bárbaras de Valle Inclán, a las que pertenece el Romance, los más primitivos instintos andan sueltos, iluminando sombríamente un ámbito de locura, que expresa bien el bufón Fuso Negro, compañero de Montenegro en sus desdichas, loco lúcido dueño de fantasías macabras que ahondan la tragedia: «¿Quiere hacerse ermitaño el señor mayorazgo? Irase el loco a reinar a sus palacios. Tendrá su manto de una sábana blanca y su corona ribeteada de papel. ¿Le cuento las burlerías del demonio mayor? Los cinco mancebos son hijos de su ciencia condenada. De la su mano derecha a cada cual diole un dedo con su uña para que rabuñasen en el corazón de mi hermano el señor mayorazgo. Hermano de este día, por parte de los caminos, y de pedir por las puertas y de la cueva para morir. ¡Tou, tou, tou!».

El terrible don Juan Manuel, dueño de vidas y haciendas, no conoce ley ni mandamiento que pongan coto a su voluntad. Solo la muerte de su mujer le golpea la conciencia como campana que llamara al arrepentimiento: «Dios me ordena que me arrepienta de mis pecados...¡Qué lejos suena la campana!...He sido siempre un hereje... El mejor amigo del demonio... A esta hora habrá muerto aquella santa...En el cielo abogará por mí. ¡Por mí, que fui su verdugo!... Sin embargo la quería, y si vuelvo los ojos al pasado no encuentro otro pecado que haber hecho una mártir de mi pobre mujer. Debí haberla ocultado que tenía otras mujeres...Pero yo no sé engañar... ¡Cuántos pecados. Mi alma está negra de ellos!...». Tarde será para enderezar la tormenta. Los hijos no tienen límite: lobeznos, hijos de lobo, se reparten la hacienda como bandoleros sacrílegos y enemigos de su sangre. Don Juan Manuel, siempre aficionado a los grandes gestos y al espectáculo trágico, clama en vano: «¿Dónde esperar la muerte sin que me acosen con sus voces? ¿En qué oscura cueva de lobo o de león iré a esconderme? No hallo paz en la vida. Fui pastor de lobos y ahora mis ganados me comen. Engendré monstruos y estoy maldito. ¡Muerte, no tardes! ¡Sácame de este pozo de sierpes y dame a tus gusanos! ¡Dios, si por mis pecados no me quieres, deja que me arrebate Satanás!».

Como el rey Lear, despojado de todo, con la sola compañía de Fuso Negro y la hueste mendicante, grita frente al mar su cólera, con voz de dolor que deshace el huracán: «Si me tragases, mar, si me sepultases en tu fondo...Tengo la pobreza y la desnudez y el frío de un náufrago. No sé adónde ir. Si la muerte tarda pediré limosna por los caminos.Todo lo he repartido entre mis hijos, y yo voy por caminos del mundo. Las encinas que plantó mi mano no me negarán su sombra como me niegan su amor los monstruos de mi sangre».

Romance de lobos es un maravilloso poema trágico, abundante en la retórica de héroes antiguos, de grandes epopeyas y tragedias remontadas en las que quiere morir don Juan Manuel. No se contenta con ser un pecador si no es el peor hombre del mundo, cruel como un «centurión romano en los tiempos del emperador Nerón». A menos grandeza aspiran sus lobeznos: el clérigo cínico don Farruquiño, el asustadizo don Pedrito, el brutal don Mauro...Solo don Miguelito Cara de Plata, que no aparece en esta historia (anda luchando en las guerras carlistas) se salva de la ruindad general y el egoísmo feroz de la nueva generación. Final de una estirpe maldita, con impulsos heroicos de grandeza, al erigirse defensor de los pobres y aceptar sus culpas, ya próximo a la muerte, el hidalgo solloza «con un sollozo sofocado y terrible de león viejo», desnudo y miserable como un náufrago perdido en la nostalgia de un tiempo feudal que no existe más.

Sobre un paisaje de ruina y desolación atraviesa la procesión de los muertos alumbrándose con huesos encendidos, la Santa Compaña de almas en pena, que recoge en sus filas al fantasma de Juan Manuel Montenegro, que fuera altivo como un rey suevo en su pazo de Lantañón. Su poderosa voz se extingue cada vez más lejana, cantando el poder de la muerte en este Romance de lobos sellado por el signo del pecado y de la sangre, mientras lo despide el planto de los mendigos: «El fragor del viento entre los pinos apaga todos los demás ruidos de la noche. Es una marejada sorda y fiera, un son ronco y oscuro de cuyo seno parecen salir los relámpagos. El eco de los truenos rueda encantado. Se oye ladrar un perro y otro relámpago descubre una hueste de mendigos, con la vaguedad de un sueño: patriarcas haraposos, mujeres escuálidas, mozos lisiados. Sus voces, contrahechas por el viento, son de una oscuridad embrujada y grotesca, saliendo de aquel roquedo que finge ruinas de quimera, donde hubiese por carcelero un alado dragón: ¡Era nuestro padre! ¡Árbol que a todos daba su sombra! ¡Era nuestro padre!».

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