Noticias© Comunicación Institucional, 14/12/2006

Universidad de Navarra

La voz del corazón

Autor: Jaime Nubiola
Profesor de Filosofía
Universidad de Navarra

Fecha: 14 de diciembre de 2006

Publicado en: La Gaceta de los Negocios (Madrid)

Cuando en su reciente Instrucción Pastoral los obispos españoles presentan unas orientaciones morales para la situación actual de nuestro país, se escucha verdaderamente la voz del corazón. Los obispos se muestran alarmados por el desarrollo creciente de un laicismo agresivo que pretende "prescindir de Dios en la visión y la valoración del mundo, en la imagen que el hombre tiene de sí mismo, del origen y término de su existencia, de las normas y los objetivos de sus actividades personales y sociales". Los obispos no tienen miedo a perder relevancia en la vida de nuestra sociedad, sino que lo que realmente temen es que un pequeño, pero poderoso, grupo de personas —como ha ocurrido en tantos regímenes políticos— trate abusivamente de imponer al resto de los ciudadanos sus convicciones hasta el punto de destruir la convivencia democrática.

Piensan los obispos que en la manera de ver las cosas que algunos de nuestros gobernantes exhiben "se esconde un peligroso germen de pragmatismo maquiavélico y de autoritarismo" que puede aniquilar por completo nuestra sociedad. Merece la pena transcribir por lo menos un párrafo del valioso documento: "Si los parlamentarios, y más en concreto, los dirigentes de un grupo político que está en el poder, pueden legislar según su propio criterio, sin someterse a ningún principio moral socialmente vigente y vinculante, la sociedad entera queda a la merced de las opiniones y deseos de una o de unas pocas personas que se arrogan unos poderes cuasi absolutos que van evidentemente más allá de su competencia. Todo ello, con la consecuencia de que ese positivismo jurídico —así se llama la doctrina que no reconoce la existencia de principios éticos que ningún poder político puede transgredir jamás— es la antesala del autoritarismo".

Por supuesto, merece la pena una lectura pausada y atenta del documento completo. No busca la Iglesia católica un espacio de poder ni una situación de privilegio, sino que con palabras sencillas y directas recuerda a todos lo que la experiencia histórica ha demostrado de manera fehaciente: los regímenes políticos que prescinden de Dios terminan en el autoritarismo que llega siempre hasta la brutal eliminación de unos seres humanos por parte de otros. Basta con recordar los millones de víctimas del nazismo, las del régimen de Stalin o algunos de los trágicos acontecimientos que culminaron en la Guerra Civil española.

La democracia es una comunidad ética, no un artificioso equilibrio de intereses y poderes que simplemente hace posible el periódico relevo de los gobernantes sin derramamiento de sangre. La verdadera democracia es siempre una comunidad afectiva en la que el bien de todos y el respeto de cada uno son la señal evidente del buen gobierno. Nunca se repetirá lo suficiente la afirmación de que sólo es posible articular una convivencia efectivamente democrática mediante un profundo respeto a cada una de las personas, sea cual fuere su raza, lengua, condición social, convicciones morales y opiniones políticas. Rebajar ese respeto, o limitarlo a los que piensan como uno mismo, equivale a poner en peligro la democracia. Cuando es el gobernante quien falta a ese respeto, la democracia está amenazada, aunque pueda parecer que las formas democráticas se mantienen porque la acción del gobernante refleja la voluntad de la mayoría.

En este documento se escucha la voz del corazón de quienes hacen cabeza en la Iglesia en España. Quizá por eso mueve a los lectores a escuchar también su propio corazón y alienta incluso a intentar crear un espacio en el que sea posible escuchar los corazones de los demás, prestando una particular atención a los más necesitados. En sus párrafos finales, los obispos ofrecen "el fruto de nuestras reflexiones y de nuestro discernimiento a los miembros de la Iglesia y a todos los que quieran escucharnos, compartiendo abiertamente con todos nuestros temores y nuestras esperanzas". Me parece que quienes públicamente —y a veces de modo airado y agresivo— se posicionan contra la Iglesia en nombre de la tolerancia y del laicismo podrían aprender mucho leyendo este luminoso documento, lleno de mesura, razones y buen sentido. Probablemente ninguno de ellos lo leerá, pues a menudo quienes atacan a la Iglesia y a las convicciones de los cristianos han perdido la capacidad de escuchar a los que piensan de manera diferente a la suya.

En el caso de los gobernantes y los políticos podría pedírseles que leyeran nuestra Constitución, que bien claramente establece el respeto que la Iglesia merece por su implantación en la sociedad española (art. 16, 3). Mi secreta esperanza se encuentra en que escuchen por lo menos a su propio corazón. Pero si ya no atienden siquiera a la voz de su corazón es quizá una señal de que han traspasado la antesala del autoritarismo y corren peligro no sólo la Iglesia católica y las convicciones cristianas, sino la democracia misma. Esto es precisamente lo que temen los obispos.

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