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El conde de Montecristo
Autor:Ignacio Arellano
Catedrático de Literatura
Universidad de Navarra
Fecha: 14 de diciembre de 2002
Publicado en:  Diario de Navarra

Traiciones abominables, conjuraciones políticas, nefandos crímenes, venganzas atroces y admirables abnegaciones, catacumbas romanas pobladas de bandoleros, mazmorras donde agonizan prisioneros inocentes, inagotables tesoros en cuevas misteriosas de islas desiertas... añádase venenos, jardines sombríos con tumbas secretas de niños, princesas orientales, diamantes, monedas de oro, piratas, el mar de todas las aventuras... agítese y tómese de un solo golpe: es El conde de Montecristo, del gran Alejandro Dumas, relato inverosímil, excesivo, folletinesco, fabuloso culebrón y fascinante como pocos, imposible de abandonar una vez que el lector se asoma a las desventuras de Edmundo Dantés.

En casi todas las solapas de las novelas modernas suelen las editoriales ponderar el interés de las historias que ofrecen al público: «absorbente desde la primera página», «una de las obras más apasionantes de la década» (o del siglo, si se prescinde de mayores escrúpulos), «una de las novelas de mayor impacto en la literatura actual», «extraordinario relato lleno de interés», etc. Muy pocas veces se justifica semejante entusiasmo, cuya falsedad puramente publicitaria se evidencia al pensar que se aplica incluso a obras de tan incomportable pesadez como las de Isabel Allende o José Saramago. Provocar en un lector tan absorbente atención está al alcance de pocas plumas, la de Dumas entre ellas. Despreciado por algunos lectores pedantes y críticos poco aficionados a la lectura, el viejo Dumas (con su escasa cultura y su producción industrializada) posee la ciencia del contar, y El conde de Montecristo es una verdadera exhibición de su maestría. ¿Verosimilitud, equilibrio, experimentación estructural, diseño narrativo, narratológico, narrativizante, narratocritiquizante...? ¿Para qué? Dumas demuestra en El conde de Montecristo que es capaz de crear sus propias leyes literarias, que a nadie le importan las leyes cuando ha caído en la trampa, que no se pueden abandonar las aventuras de Dantés sin llegar a la última página.

Pocas páginas dedica a las ilusiones del joven marinero Edmundo Dantés, enamorado de la bella catalana Mercedes, lleno de esperanzas en el futuro, a quien la vida le sonríe para de repente aplastarlo con un golpe invencible. Sin ningún aviso, las traiciones envidiosas, los celos amorosos y la codicia, se concitan para destruir su futuro. Arrojado, a causa de una falsa denuncia, a una celda del tenebroso castillo de If, agonizará durante años en la soledad y la desesperación. Otro compañero de desgracia, el sabio abate Faria, le instruye en ciencias y filosofías, y le revela la existencia de un gran tesoro oculto en la isla de Montecristo. Tras su evasión (una de las más famosas de la mitología literaria), metido en la mortaja de Faria y arrojado al mar por los sepultureros del presidio, Dantés encuentra el tesoro en las grutas de la isla desierta. Alucinados, como él, acompañamos a Edmundo en el descubrimiento: «Una fosa de tres pies de largo quedó abierta y Dantés pudo reconocer un cofre de madera de encina con aros de hierro cincelado. En medio de la tapa resplandecían en una placa de plata que la tierra no puedo apagar, las armas de la familia Spada. Introdujo la parte cortante de su pico entre el cofre y la tapa, tras haber chirriado, saltó: una fiebre vertiginosa se apoderó de Dantés, cerró los ojos... Los abrió y quedó deslumbrado». Dueño del tesoro, Dantés se transforma en un ser todopoderoso, agente de una venganza inmisericorde que dirige contra sus enemigos, los cuales van cayendo uno tras otro a los embates de un Montecristo de corazón de piedra. Morcef, Danglars, Villefort...todos aquellos a los que debe Dantés su desdicha tienen secretos terribles, debilidades numerosas, sobre los cuales el vengador construirá sus máquinas de muerte. Para cada uno de ellos reserva Dumas una historia asombrosa de villanías que brota como la rama de un tronco central y que se junta con las demás para producir una selva de maravillosas invenciones llenas de intriga «de absorbente interés» para los lectores auténticos (esta vez de verdad).

La vida de Dantés está llena de sufrimientos, de venganza y dolor. La feroz simetría del talión satisface una parte de la emoción del lector, pero el principal atractivo de este conde de Montecristo radica sobre todo en su mágica omnipotencia, fruto de la riqueza, el valor y las habilidades múltiples del personaje, educado en muchas destrezas por el abate Faria, que lo hace heredero de su tesoro y de gran parte de su personalidad.

Cuando el armador Morrell (uno de los amigos de Dantés) se arruina por la pérdida de sus barcos, especialmente del Faraón, su última esperanza (el barco que Dantés estaba destinado a capitanear), el conde no le ayuda pagando sus deudas o aportando el dinero necesario por medio de una vulgar operación bancaria: hace construir un duplicado del barco hundido, que entra en el puerto justo a tiempo para impedir el suicidio del armador: «El Faraón, el Faraón, gritaban... En efecto, cosa maravillosa, inaudita, frente a la torre de San Juan aparecía un barco, llevando en su popa escritas en letras blancas: Faraón. Morrel e hijos. Marsella. De porte absolutamente igual al otro Faraón y cargado, como el otro, de cochinilla y añil, echaba el ancla y arriaba las velas». Dantés es un mago y con su magia nos fascina. Ni ayuda ni destruye con medios cotidianos, sino a través de refinadas puestas en escena que permiten al otro mago Dumas desplegar la fantasía más abundante en la que se agitan traidores y bandidos, agentes secretos y abates disfrazados, asesinos y angelicales damiselas...«Yo soy un ser excepcional, señor», explica Dantés a su enemigo Villefort. «Hasta hoy, ningún hombre se ha encontrado en una posición semejante a la mía. Los reinos de los reyes son limitados, bien por las montañas, bien por los ríos, bien por un cambio de costumbre o por la mutación de una lengua. Mi reino es tan grande como el mundo porque no soy italiano, ni francés, ni hindú, ni americano, ni español; soy cosmopolita. Adopto todas las costumbres, hablo todos los idiomas. Ni uno solo de los escrúpulos que detienen a los poderosos o los obstáculos que paralizan a los débiles me frena. Solo me someto a mi condición de hombre mortal».

Pero en el centro del petrificado corazón de este implacable Dantés que asiste impertérrito a los más crueles espectáculos con una sonrisa de lobo, luchan el odio y algo todavía vivo, una remota posibilidad de felicidad y compasión. La pérdida de su juventud y de su amor, los años terribles de la prisión no se compensan con la venganza que proclama en su desolado encuentro con Mercedes, cuando ya todo es irrecuperable: «Mercedes... Su nombre lo he pronunciado con los suspiros de la melancolía, con los gemidos del dolor, con la rabia de la desesperación; lo he pronunciado helado por el frío, encogido sobre la paja de mi calabozo; lo he pronunciado devorado por el calor revolcándome sobre las baldosas de mi celda. Mercedes, es preciso que me vengue, porque durante catorce años he sufrido y he maldecido, y ahora, te lo digo, Mercedes, necesito vengarme». Y sin embargo, la venganza no lo satisface del todo. Hay un momento en el que conoce haber llegado al límite: Villefort le enseña los cadáveres de su mujer y su hijo, resultado de las estrategias del conde: «Ahí están mi mujer y mi hijo. ¿Estás bien vengado?». Y Montecristo palidece ante la pavorosa escena: «comprendió que había sobrepasado los derechos de la venganza; supo que ya no podía decir: Dios está por mí y conmigo».

La venganza no le devuelve a Mercedes; la compasión y el impulso de la vida le revelan, en cambio, que su protegida y esclava, la princesa de Janina, Haydée, puede ser su esperanza futura. Reconoce que el amor aún es posible y abandona el escenario de sus tristezas. Deja una carta a su amigo Maximilien Morrel en la que confiesa el vacío de la venganza: «rece alguna vez por un hombre que parecido a Satanás se creyó un instante igual a Dios y que ha reconocido con toda la humildad que solo en las manos de Dios está el supremo poder y la sabiduría. Estas oraciones suavizarán el remordimiento que llevan en el fondo de su corazón». La última visión que tenemos de este hombre extraordinario es la que tiene el joven Morrel, sobre el horizonte de un azul oscuro, donde el cielo toca con el Mediterráno: el navío de Montecristo se aleja con rumbo desconocido hacia una nueva vida también ignota, en compañía de la princesa Haydée. Como diciendo adiós flamea una vela blanca, grande como el ala de una gaviota...

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