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14/08/2008

Bien comunicada, es ciencia plus

Autor: Enrique Sueiro
Doctor y director de Comunicación del Centro de Investigación Médica Aplicada (CIMA)
Universidad de Navarra

Fecha: 14 de agosto de 2008

Publicado en: Diario de Navarra

La creencia de algunos de que compartir su ciencia con la prensa supone prostituirla va perdiendo seguidores. La revista Science acaba de publicar una encuesta entre científicos de EE.UU., Alemania, Reino Unido, Francia y Japón. Con todos los matices y las limitaciones propias de este tipo de estudios, se observa un aumento cuantitativo en los contactos periodistas-científicos y una mejora cualitativa de la información publicada. El último párrafo del artículo sugiere que los más implicados en la divulgación tienden a coincidir con los de mayor productividad, creciente liderazgo y balance positivo al calibrar ventajas y riesgos de esa comunicación. Un 57% se mostró satisfecho de su interacción con la prensa, frente a un 6% que expresó su descontento.

Cifras al margen, la tendencia aperturista es clara y saludable para una sociedad democrática que tiene derecho a conocer, con un lenguaje accesible, la verdad de lo que se investiga. Esta oxigenación del conocimiento vigoriza una opinión pública madura, capaz de detectar flagrantes manipulaciones cuando se magnifica la verdad que gusta o se silencia la que molesta.

Empatía enriquecedora científicos-periodistas

Coincidiendo con el artículo, un investigador veterano me contaba su experiencia con un periodista científico de The New York Times que le entrevistó con motivo de su trabajo sobre salud recién publicado. Admirado por la profesionalidad del redactor, me relataba la secuencia de contactos. Primero, un correo electrónico para solicitar una breve conversación. Después, varios mensajes para ponerse de acuerdo en el momento de llamar, con diferencia horaria incluida y los agravantes de coincidir con un viaje en tren en el que varios tramos carecen de cobertura para telefonía móvil.

En un elogiable ejemplo de empatía mutua y previsión de lo previsible, el investigador resumió por escrito al periodista los datos más significativos para el interés general. Por su parte, el redactor, tras una breve y accidentada conversación telefónico-ferroviaria, envió por correo la frase que le había parecido entender y que le interesaba destacar. Pocos días después The New York Times publicaba una información enjundiosa, clara, correcta y breve. En 17 líneas, la única frase del científico entrecomillada fue la del mensaje final que pedía confirmación de haber entendido bien.

La encuesta de Science confirma que hay científicos que no compatibilizan periodismo con cultura científica, pero constata que tal percepción se ha matizado en los últimos años. Estoy seguro de que esa interacción se reforzaría si los científicos tuvieran experiencias como la citada del diario neoyorquino y si las empresas de comunicación apostaran más por los periodistas y la calidad de la información.

La pasión por saber cuenta hoy con el aliado acceso a ingentes cantidades de estudios, informes, estadísticas y opiniones. Por desgracia, información no siempre equivale a conocimiento. Además, el inconveniente de la saturación se agrava con la velocidad de nuevas informaciones.

La espiral del ruido

Tan peligrosa como la espiral del silencio es la del ruido. En un encuentro científico en el CSIC vi manejar este año la cifra global de unas 30.000 revistas científicas en el mundo. Las del ámbito estrictamente biomédico son muchísimas menos. Algunos estiman que quien pretendiera estar al día con todo lo que se publica, no sólo de su especialidad, debería leer 6.000 artículos científicos ¡al día!; es decir, unos 6.000 más de los que la vida le da para leer en una jornada cualquiera.

Quizá la ciencia biomédica y su comunicación pueden mejorar aún más si refrescamos que el objetivo es curar o, al menos, aliviar el sufrimiento de los pacientes. También conviene mimar la sensibilidad de que el fin de curar no justifica cualquier medio y que la ampliación de derechos debe primar a los más débiles. Cuando se difuminan o evaporan los principios, comienza la metamorfosis más kafkiana: del criterio ético se transita por el teatro estético hasta concluir en un final patético.

Como botón de muestra, The Economist pronostica que la biología supondrá en el siglo XXI lo que la física en el XX. Junto con evidentes adelantos para la humanidad, la revista glosa el caso del descubrimiento inicial del átomo, compuesto sólo de electrones y protones, según equivocadamente se pensó entonces. Un posterior avance decisivo fue hallar en 1932 un nuevo elemento, el neutrón. Apenas 13 años después un hito aberrante de dominio sobre la naturaleza conmocionó al mundo. The Economist recuerda que “ese poder no siempre era benigno, como mostró la bomba atómica”. Sin duda, por la ignorancia del momento, la portada de Le Monde describió el experimento como “revolución científica”.

Necesitamos armonizar audacia científica y comunicación sutil. Si es falsa, no es ciencia; y si es auténtica, bien comunicada, es ciencia plus.

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