Noticias© Comunicación Institucional, 14/05/2008

Universidad de Navarra

¿De qué escribo hoy?

Autor: Santiago Álvarez de Mon
Profesor del IESE
Universidad de Navarra

Fecha: 14 de mayo de 2008

Publicado en: Expansión (Madrid)

¿De qué escribo hoy? El fenómeno Obama, la crisis del PP –¡dramática ausencia de liderazgo!–, las tragedias naturales en dos dictaduras férreas de China y la antigua Birmania... el abanico de temas es variopinto. Finalmente, el dilema semanal es resuelto por el corazón. Decididamente, mi instinto me empuja a escribir sobre el recién destituido entrenador del Barça, Frank Rijkaard.

¿Por qué? Si tiene la paciencia de acompañarme, se lo cuento. Inmersos en un mundo donde fútbol y ladrillos constituyen un matrimonio estable, transformado el deporte-rey en espectáculo-negocio, Rijkaard representa la esencia y el origen de todo este circo montado: el deportista sano, actor principal de la función representada. En el contexto de una sociedad taquicárdica, en la que la cita quincenal en el estadio de nuestros amores se convierte en escenario ideal para pasear a la bestia enjaulada; la serenidad, mesura y tranquilidad de Rijkaard es un oasis de salud mental. En el bullicio y sin razón de muchas ruedas de prensa, Rijkaard, pese a su discreto dominio del español, es un curso acelerado de comunicación.

Observen su mirada limpia, escuchen sus silencios, repasen sus pausas, su integridad y sobriedad en un lenguaje universal que todos entendemos. En un entorno enrarecido que confunde carácter con autoritarismo y mal genio, su decidida apuesta por la afabilidad, las buenas maneras y el diálogo, es un soplo de aire fresco. ¡A ver si toman nota en otros banquillos!

En un ambiente de supermen y superwomen, entrenados en los gimnasios del músculo y la imagen, obsesionados todos con ganar, ver perder con tanta elegancia, humildad y hombría, es un regalo para los sentidos. ¡Vean el vídeo del famoso pasillo, observen el contraste!

Uno, que tiene memoria, recuerda que Rijkaard mostró iguales virtudes en la victoria, la otra barra paralela en la que se curten los hombres. En una sociedad abarrotada de adolescentes, los que tocan por edad y los tardíos, inflacionaria en excusas, búsqueda de chivos expiatorios, escaqueo y victimismo, encontrar a alguien que asume su responsabilidad y que, en el doloroso momento de la derrota, conjuga la comprometida persona del singular, es un rara avis. Ni un balón fuera, ni un reproche a su presidente, ni un gesto buscando cobijo en el secretario técnico, ni el recurso fácil de culpar a los jugadores.

Todo ha sido un despliegue de madurez y compromiso. Cuando el mal gusto y la palabra altisonante campan por doquier, la exquisita educación de este holandés cosmopolita es un espejo en el que mirarse. Siendo el deporte un vehículo potente para la educación de nuestros hijos –para la nuestra también, ¡con qué artimañas competimos los adultos!–, qué oportunidad desaprovechamos cuando cedemos el micrófono a tanto desaprensivo. Cuando Rijkaard aparece en la tele, llamo a mis hijos. Con otros, zapping.

¿Que como estratega ha dejado que desear?, pensarán algunos de mis amigos culés. Y qué. ¿Que tendría que haberse anticipado a los primeros síntomas de descomposición del tejido humano a sus órdenes? Seguro. ¿Que ha podido pecar de ingenuo con quien no merecía su confianza? Probablemente. ¿Que no ha sacado todo el partido a una plantilla espectacular? Evidente. ¿Qué seguramente no es un santo varón? ¿Y quién lo es? Podría consumir papel, tiempo y tinta polemizando sobre decisiones, tácticas y alineaciones. Si la conversación derrotara por esos parámetros, conseguiría dos cosas. Entregarme a un diálogo de besugos y forofos, y distraer la atención de lo fundamental, el testimonio de un hombre normal, honrado, portador de valores que el planeta necesita como el comer.

Como madridista autocrítico –cuidado con la soberbia, hay mucho margen de mejora–, deportista amateur, aficionado al balón, profesor privilegiado, ciudadano preocupado, padre orgulloso, gracias, señor Rijkaard.

Gracias por su señorío y saber estar, por recordarnos, desde una tribuna exigente y tensa, las reglas elementales de la convivencia. En mi hogar madrileño y merengón, le vamos a echar de menos. ¡Suerte! Es lo que se merece y tendrá.

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