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Todos somos locos, los unos y los otros
Autor:Ignacio Arellano
Catedrático de Literatura
Universidad de Navarra
Fecha: 14 de mayo de 2003
Publicado en:  Diario de Navarra

Una tendencia universal es ver en los demás los defectos y maldades que pocas veces se ven en uno mismo. Individuos y naciones se burlan del otro, denuncian sus falsedades y villanías y satirizan sus costumbres. Los escritores del Siglo de Oro desempeñan con entusiasmo esta tarea en un momento en el que España está enfrentada a muchas oposiciones.

Quevedo es uno de los más empeñados en la defensa de su patria y en el ataque a sus enemigos. En obras, algo aburridas de leer hoy, pero llenas de noticias curiosas y de pasión indignada, como la España defendida, Lince de Italia, Anatomía de la cabeza del cardenal Richelieu, se hallarán algunas de las razones que esgrime el poeta para su odio a ingleses, franceses, holandeses o venecianos. Desfilan una serie de extranjeros con tachas tópicas: los alemanes son borrachos sempiternos; los holandeses y los ingleses herejes; los portugueses se derriten de amor, llenos de afectaciones ridículas y de orgullo absurdo; los italianos son todos sodomitas y ladrones de los dineros de España; los franceses sifilíticos, presumidos y capaces de cualquier villanía...

Precursor de la antiglobalización económica, Quevedo se queja de que los extranjeros sacan los dineros del país y causan la miseria de la república:

Sólo hallo una invención

para tener los dineros,

que es no tener extranjeros.

Especialmente nefastos considera a los financieros genoveses, «anticristos de las monedas de España», provocadores de inflación, carcoma de la economía nacional:

Más vale para la rueda

que mueve los intereses,

el bajar los ginoveses

que no subir la moneda.

Pero ninguno de los locos y villanos, ladrones y enemigos alcanzan la talla de los franceses. Según Baltasar Gracián, el francés resulta «antípoda del español», como lo había definido el Dr. Carlos García en un curioso libro que tituló La oposición y conjunción de los dos grandes luminares de la tierra, España y Francia, en la cual representan la antipatía y contrariedad de españoles y franceses, publicado en París a principio del siglo XVII, donde se lee: «Mil veces he tenido tentación de pedir a las parteras de cuál suerte salen del vientre de su madre los franceses, porque según la contrariedad que veo entre ellos y los españoles tengo por imposible que nazcan todos de una mesma manera. Esta contrariedad es tan extremada, que para definir un francés no hay más que decir que es un español al revés». Aunque Carlos García atribuye tal oposición al demonio, más bien obedece a la lucha por la hegemonía y las áreas de influencia en distintos escenarios europeos. (Aunque el demonio no tiene por qué ser ajeno al asunto y bien puede estar en lo cierto Carlos García).

Quevedo en una Carta al Serenísimo, muy alto y muy poderoso Luis XIII, Rey Cristianísimo de Francia, recomienda a Luis XIII que reflexione sobre su concepto de la paz, pues llama paz a causar a España todos los perjuicios que puede y luego se queja de la guerra que le hace España: «Señor, si llamáis tener paz con nosotros hacernos en Flandes una guerra desmentida y en Alemania pública, y en Italia, con un amparo mal rebozado, fatigar la cristiandad ¿por qué llamáis guerra nuestra justa defensa?». Con el rey todavía mantiene Quevedo un tono respetuoso, que desaparece al tratar al Cardenal Richelieu en la Visita y anatomía de la cabeza del Eminentísimo cardenal Armando Richeleu. En esta anatomía grotesca, una junta de médicos busca las raíces de la pestilencia que infesta al mundo, y hallan que la causa del contagio es la cabeza del Cardenal, por lo cual se decide hacer una inspección anatómica de la cabeza de Richelieu para descubrir el origen de la peste. Lo que hallan en la cabeza del Cardenal es tremendo: en su cráneo todo está lleno de colores: «en él se ve lo negro de los lutos de los nobles que ha hecho morir sin razón y sin número, lo amarillo de la desesperación de tantos grandes señores franceses que tiene desterrados y desposeídos, lo pálido del temor de los buenos católicos de Francia y de toda Europa». En otro lugar se despacha sin escrúpulos contra el odiado ministro francés: «Richelieu, tirano mayor de Francia, escándalo de Italia, cisma de Alemania, cizaña de Holanda, incendio de su patria, llama de las extranjeras, ruina, estrago y destrozo del cristianismo entero. De este aborto fatal de la naturaleza, monstruo compuesto de hombre y fiera, no se pueden contar sus crueldades».

En la literatura burlesca abundan las caricaturas de los tipos más frecuentes en la vida cotidiana del XVII venidos del otro lado de los Pirineos: cerrajeros, buhoneros, castradores o afiladores. En las Travesuras de Pantoja, de Agustín Moreto, un criado se disfraza de buhonero gabacho, e imita burlescamente el pregón de los franceses:

Juan Fransué, siñora, soy

¿Quién compra puntas, encojos,

hilo de Fandros, culor,

alfilerres, arracados,

cintillus di risplandor,

hilo, alfilerris, rosarius,

peinis de corno, jibón

estoraco, menjoín

(Otro día traduciré lo que vende este gabacho).

Un tono de hostilidad más amargo se halla en la obra del diplomático Saavedra Fajardo, Locuras de Europa, escrita precisamente para contestar a ciertos discursos franceses que excitaban a los Países Bajos a la rebelión contra España. Francia es promotora de toda la política antiespañola del resto de Europa, engañada por el maquiavelismo francés: «no se pueden fiar de las asistencias de Francia, enemiga del reposo común y de la grandeza de España, porque no las da para su quietud, sino para que siempre batallen con Castilla».

Malos vecinos estos capaces de todo por su interés, enmascaradores de sus intereses con discursos hipócritas. Quevedo llega a dudar por un momento de una noticia espantosa que llega del Mediterráneo, pero teniendo en cuenta a quién se refiere acepta sus verosimilitud: en una carta a su amigo don Francisco de Oviedo comenta los extraordinarios rumores de que trescientos caballeros de Malta se han pasado al turco: «extraña cosa se me hace creer que trescientos caballeros de Malta (aunque sean franceses, que no hay más que decir) se resolviesen a renegar de Jesucristo y a entregar al Turco a Malta; cierto, señor, que se me hace cosa dura, pero entre franceses todo puede ser».

El maestro Gonzalo Correas trae en su Vocabulario de refranes y frases proverbiales uno que dice: «Todos somos locos, los unos de los otros», en donde loco viene a significar bufón: todos somos bufones, los unos de los otros y los otros de los unos; todos nos burlamos de los demás, y los ridiculizamos, a veces por defensa; otras por represalia; algunas por goce del daño ajeno. Hay que reconocer, sin embargo, que las burlas de los españoles a los extranjeros no adolecen de parcialidad complaciente con lo propio: seguramente no se da el caso de otro país en el que la autocrítica llegue a extremos tan grandes (no es español el chauvinismo). Quevedo se irrita en la España defendida con los compatriotas que por lisonjear a los extranjeros dicen que no ha habido Cid y hablan en descrédito de su nación: «y al revés de los griegos, alemanes y franceses, que hacen de sus mentiras y sueños verdades, ellos hacen de nuestras verdaderas mentiras. ¡Oh, desdichada España! He revuelto mil veces tus historias y no he hallado por qué causa seas digna de tan porfiada persecución. Solo cuando veo que eres madre de tales hijos me parece que ellos, porque los criaste y los extraños porque ven que los consientes tienen razón en decir mal de ti». Por cierto, que no fue Quevedo uno de los que se quedaron cortos en la denuncia de los males patrios. Con harto dolor, entre burlas muy de veras, podemos imaginarlo escribiendo aquellos versos en los que «Censura costumbres y propiedades de algunas naciones», y después de hablar mal de tirios y troyanos, no puede evitar la queja de lo propio, y confiesa:

Harto de ser español

desde el día que nací,

quisiera ser otra cosa

por remudar de país.

Pero el problema es grande, porque ¿a dónde se podría mudar don Francisco de Quevedo, con su inteligencia y su mala lengua? ¿A Francia?

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