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En el centenario de José María Albareda, impulsor del CSIC

Autor:Francisco Ponz
Catedrático y ex rector
de la Universidad de Navarra
Fecha: 14 de abril de 2002
Publicado en:  ABC (Madrid)

Se cumple ahora el centenario del nacimiento de José María Albareda, gran figura de la ciencia española. Recuerdo una larga y expresiva conversación con él en Zaragoza, en los azarosos días de la guerra civil, después de casi dos años sin vernos. Eran tiempos duros, pero él me habló sobre todo de la paz. Cristiano recio, pensaba en amor, comprensión, perdón y ausencia de venganzas a pesar de que, como supe tiempo más tarde, su padre, farmacéutico, y uno de sus hermanos habían muerto en Caspe víctimas de grupos anarquistas. Le urgía la elevación del nivel científico, cultural y espiritual de España. En sus años de estudio en naciones europeas con pujante investigación científica, había sentido con agudeza el retraso español. Con fe en la capacidad de sus compatriotas para la investigación, que me ilustraba con elocuentes ejemplos, veía necesario crear en España un ambiente favorable a la investigación científica y despertar en los universitarios el entusiasmo por la ciencia. En el servicio de esos nobles afanes, vida cristiana y futuro científico español, gastó Albareda su vida.

Ya entonces se había acreditado ante los especialistas europeos y los químicos españoles como valioso experto en la ciencia del suelo, la Edafología, apenas conocida en nuestro país. Y al terminar la guerra civil, reanudó sus investigaciones, ganó una cátedra en la Universidad de Madrid, formó abundantes discípulos y promovió institutos y cátedras universitarias de esa disciplina, lo que puso a España en la vanguardia de esa ciencia. Pero quizás lo que destaca más a Albareda como gran hombre de ciencia del segundo tercio del siglo XX, es su papel decisivo en la creación, organización e impulso del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC). En varias ocasiones había compartido con su amigo Ibáñez Martín ideas para mejorar la ciencia española y cuando éste fue nombrado ministro de Educación, pidió a Albareda que pusiera aquellos proyectos por escrito. Así se llegó a la creación del CSIC en noviembre de 1939, del que Albareda fue secretario general.

Promotor de la investigación en España

Antes del CSIC, la Junta de Ampliación de Estudios concedía pensiones a estudiosos para que trabajaran en centros europeos de prestigio, y había dado origen en Madrid a núcleos de investigación de buen nivel en distintas áreas del saber, en general fuera de la Universidad. Además, al margen de la Junta, miembros de las Reales Academias y algunos profesores en sus universidades desarrollaban líneas de investigación prestigiosas. La guerra civil supuso que una parte de los investigadores salieran del país y que se perdieran instalaciones y medios de trabajo. El CSIC emprendió su objetivo de reconstrucción y elevación científica de España con los investigadores que quedaron y con lo material no destruido, en un país maltrecho y arruinado, con las dificultades inherentes a la II Guerra Mundial y bajo peculiares circunstancias políticas.

El CSIC, con Albareda, se propuso apoyar a los investigadores, profesores universitarios o no, dondequiera que estuviesen. Surgieron así Centros del Consejo en todas las universidades españolas y en lugares e instituciones con personas capaces de investigar. También se abrió a la investigación técnica, hasta entonces escasamente atendida. Muchas veces recorrió Albareda España para descubrir personas con vocación investigadora en cualquiera de los campos del saber y ofrecerles apoyo. Un apoyo que incluía ayuda económica, siempre escasa por los exiguos presupuestos disponibles, pero de gran valor moral como integración de esfuerzos. Y procuró, con amplitud de miras, la recuperación de algunos políticamente marginados o exiliados. Con Albareda se multiplicó considerablemente la formación de investigadores en centros extranjeros. Y otro gran logro suyo fue que se creara la carrera de investigador como única dedicación profesional.

Las cualidades humanas de Albareda, su clara inteligencia, apertura de mente, generosidad y modestia; su capacidad para comprender personas y problemas y aunar voluntades, sus relaciones internacionales, contribuyeron poderosamente a que en 1964, a los veinticinco años de su creación, el CSIC contara con 188 institutos y centros de investigación por toda España, 33 de ellos de estudios locales; con unos 2.500 científicos de los que cerca de 600 eran profesionales de la investigación; y con más de 600 jóvenes en formación en centros extranjeros. Nuestro país había ganado en dignidad en el concierto científico mundial.

Rector de la Universidad de Navarra

A finales de 1959, Albareda fue nombrado rector de la Universidad de Navarra y también entonces recibió la ordenación sacerdotal. Dejó su cátedra en la Universidad de Madrid. Renunció a la Secretaría del CSIC, pero hubo de continuar ante la firme exigencia del ministro, y al encarecido ruego de autoridades del Consejo a quienes debía lealtad. El sacerdocio siempre estuvo en su horizonte, respondía a su vida de coherencia cristiana. Como rector, puso en servicio de la Universidad de Navarra su prestigio científico, su larga experiencia académica y de gobierno y su intenso trabajo. Con el continuo impulso del beato Josemaría Escrivá, en su rectorado de poco más de seis años hasta su muerte en 1966, lo que empezó como Estudio General se convirtió en la Universidad de Navarra, se obtuvo el pleno reconocimiento oficial de los estudios, comenzaron dos escuelas técnicas superiores y cuatro nuevas licenciaturas, se definió urbanísticamente el campus y se construyeron en él los primeros edificios.

Su corazón no resistió tanto servicio. Como dijo el ministro Lora Tamayo, Albareda fue "ejemplo vivo de hombre sabio y hombre bueno".

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