Noticias© Comunicación Institucional, 14/02/2008

Universidad de Navarra

Un mundo archipielágico

Autor: Pedro Lozano Bartolozzi
Profesor de Relaciones Internacionales
Universidad de Navarra

Fecha: 14 de febrero de 2008

Publicado en: Diario de Navarra

Paul Virilio sugirió recientemente que si bien la declaración de Francis Fukuyama sobre el “fin de la historia” parece prematura, en cambio se podría empezar a hablar del “fin de la geografía”. El replanteamiento del espacio, entendido como territorio, fundamento físico de la soberanía del Estado, es un hecho evidente que se vincula al fin del sistema internacional westfaliano, a un escenario de fronteras sólidas, cuando en la actualidad es más adecuado referirse a fronteras porosas, relaciones transnacionales y hasta sociedades líquidas. Estamos en la modernidad líquida según Zygmunt Bauman, o en la modernidad reflexiva, de acuerdo con la terminología de Ulrich Beck.

Las Relaciones Internacionales se basaban en el paradigma del sistema estatocéntrico, espacio prioritariamente terrestre, la sociedad global se comprende mejor desde una óptica que podemos calificar de marina, por sustentarse en la estructura archipielágica de la Sociedad de la Información.

El universo presente es un único espacio cruzado por caminos en red de distinta naturaleza, de modo similar a las derrotas que siguen en su singladura los buques, en sus rutas aéreas los aviones y en sus infopistas los mensajes de internet.

Los tratadistas clásicos de la Geopolítica valoraban prioritariamente en sus planteamiento estratégico las zonas nodulares terrestres, mientras otros autores, como Mahan, insistían en la importancia del control del mar para tener poder, especialmente comercial y militar. La última frontera estratégica era, lógicamente, el espacio aéreo. Hoy lo es el cibernético.

Una primera consideración es la coexistencia axiológica de los espacios, que se vinculaban como estratos geológicos y que ahoras se estarían fundiendo en una geopolítica diversa, intervinculada, horizontal y mosaica, que nos llevaría a la comprensión del espacio del mundo global como una deconstrucción archipielágica.

Todo archipiélago conlleva una fragmentación del soporte terrestre y una convivencia de lo acuático y lo emergido. El elenco de Estados miembros de la ONU confirma esta construcción poliédrica, asimétrica, quebrantada, de los actores nacionales. Junto a las gigantescas dimensiones de Rusia, Canadá, Estados Unidos, China, Brasil, Australia o India, especie de dinosaurios de la “selva fabricada”, que en frase de Anthony Gildens es el mundo, están esos estados liliputienses como Bahrein, Seychelles, Malta, Aruba, Bermunda, Andorra o Liechtenstein, por cierto, casi todos islas o vestigios del feudalismo.

Si resulta intachable el argumento aplicándolo al tamaño de los actores estatales, también puede ser válido para la mayoría de los restantes parámetros que configuraban los Estados e incluso al resto de actores del sistema globalizado, hablemos de población, economía, poder militar, poder blando o demás factores conformadores de sus diversos y diferenciadores perfiles.

En este proceso ha incidido la aceleración del tiempo y las comunicaciones cada vez más veloces, hasta llegar a la instantaneidad cibernética. El espacio es ahora móvil, o al menos más de lo que antes lo era. Y lo decimos tanto para el transporte de las cosas,como de las personas o de los mensajes. Sin embargo esta red cada vez más tupida no sujeta un mundo más homogéneo, sino al contrario, más asimétrico.

Estamos por lo tanto, aparentemente, ante un horizonte de desorden y no ante un nuevo orden mundial. Ni siquiera ante el denunciado monopolio hegemónico norteamericano o ante el incipiente renacer de un sistema directorial apoyado en China Popular, Rusia, la Unión Europea y alguna otra potencia emergente, como Japón, India o Brasil. ¿Por qué? Por olvidarnos de tres hechos radicales; la erosión del modelo de los Estados naciones, la creciente incorporación de actores no estatales y la irrupción de otra red, a la par globalizadora y localista; la fuerza auroral de las grandes ciudades, que denomino como sistema hanseático, y que vertebra el núcleo del mundo archipielágico.

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