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Reproducción asistida y consenso
Autor:Alejandro Navas
Profesor de Sociología
Universidad de Navarra
Fecha: 13 de agosto de 2003
Publicado en:  Diario de Navarra

La sanidad española está en buenas manos. Tenemos una ministra trabajadora infatigable, que estudia a fondo los problemas y no elude los asuntos comprometidos. Uno de éstos es el que acomete en el anteproyecto de ley sobre reproducción asistida recientemente presentado. Todos los que se han pronunciado sobre su contenido coinciden en reconocer que mejora de modo apreciable la situación anterior, pero tampoco han faltado voces que denuncian deficiencias. Quiero detenerme en alguna que me parece de especial relieve desde el punto de vista social y político. Comentaré la exposición que sobre el sentido de la ley hace la propia ministra en el ABC del pasado 27 de julio, titulada "Una reforma rigurosa, ética y equilibrada".

Introduce su texto la ministra afirmando que la ley "trata de recoger todas las sensibilidades". Y casi lo mismo subraya al final del artículo, cuando dice que la ley proporciona "una solución equilibrada porque ha sido construida desde la búsqueda del consenso entre las diferentes posturas existentes ante cuestiones como el respeto de la vida humana, el deseo de fertilidad de las parejas o el respeto a la libertad de investigación a favor de la salud humana". De entrada, resulta encomiable este espíritu conciliador y buscador de un amplio consenso.

El valor del embrión procede de su condición humana

No obstante, me pregunto si ante decisiones como las que la situación actual exige adoptar es planteable intentar contentar a todos, cuando esas sensibilidades que menciona la ministra son tan opuestas e, incluso, contradictorias. La política que se adopte en torno a asuntos como la regulación de la reproducción asistida o el tratamiento de los embriones congelados tiene que ver con algo tan básico, para la persona y para la sociedad, como la forma de entender y valorar la vida humana. Es conocido que en nuestras sociedades occidentales se ha roto el consenso acerca de muchas realidades fundamentales para el orden social: la vida humana, la sexualidad, el matrimonio y la familia, etc. Este pluralismo, expresión del despliegue de la libertad de las personas y los grupos, enriquece la convivencia y permite que cada uno organice su vida y sea feliz a su manera, pero obliga a dialogar y negociar con los planteamientos discrepantes, y no evita del todo los conflictos.

Ante determinadas cuestiones no es fácil contemporizar y resulta obligado pronunciarse con claridad. Si se reconoce que el embrión es un ser vivo, entonces merece tanto respeto y protección como un ser humano adulto, algo que esta ley no asegura. Ya es revelador que la ministra emplee el término 'preembrión', acuñado con toda intención a modo de coartada por los que le niegan carácter humano. No se entiende bien cómo una persona tan concienzuda ha podido caer en esta trampa semántica. Sin duda la ministra rechaza que el embrión sea una cosa y admite que se trata de "una realidad con un valor singular que le hace merecedor de protección", pero ¿qué le impide admitir también que ese valor singular procede justamente de su condición humana?

Política y medias tintas

El centro es con frecuencia el caladero más apropiado para pescar votos y apoyo social, pero cuando se trata de cuestiones básicas, el afán de dar gusto a todos provoca precisamente el efecto contrario, como es ahora el caso, donde los dos bandos se sienten defraudados. Los que aceptan la condición humana del embrión ven con consternación cómo la ley abre demasiadas vías para excepciones que con el tiempo adquirirán carácter de normalidad, en un proceso ya muchas veces repetido. Y aquellos que no ven en el embrión más que un amasijo de células disponible para cualesquiera fines científicos, terapéuticos o comerciales, se indignan con las trabas que la ley pone a sus propósitos. Saben que al final, una vez iniciado el proceso, conseguirán sus objetivos y no quisieran perder tiempo entretanto con esas entorpecedoras regulaciones administrativas. Ni la ciencia -ni el negocio, aunque en este aspecto se insiste menos- pueden esperar.

Sería deseable que el gobierno precisara con mayor nitidez su punto de vista. La importancia de lo que hay en juego no permite las medias tintas. Es posible que el PP, en un tic característico de la derecha de este país, tenga miedo a parecer conservador o incluso reaccionario ante la opinión pública. En este supuesto podría ayudarle mirar lo que ocurre en nuestro entorno europeo. El gobierno alemán, por ejemplo, integrado por socialistas y verdes, ha adoptado en este punto una posición decididamente 'conservadora'. ¿Cabe tarea más importante para cualquier gobierno que hacer todo lo que esté en su mano para defender la vida humana?

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