Noticias© Comunicación Institucional, 13/05/2006

Universidad de Navarra

Una injusticia radical

Autora: Natalia López Moratalla
Catedrática de Bioquímica y Biología Molecular
Universidad de Navarra

Fecha: 13 de mayo de 2006

Publicado en: La Gaceta de los Negocios (Madrid)

De manera muy discreta, sin debate publico ni del texto ni de las enmiendas, y envuelta en otros graves problemas y en cortinas de humo, se aprueba en Congreso en segunda vuelta una ley perniciosa e injusta; una ley que no ha encontrado ya más posibilidades a “despenalizar”.

Hay quien piensa, posiblemente por no haberla leído, que esta ley es prácticamente igual que la anterior del Gobierno socialista de 1988, y casi igual que su reforma del 2003 hecha por el Partido Popular. Muchos creen que sólo se han hecho retoques para aumentar la eficacia técnica y abrir las opciones que garanticen no sólo un hijo, sino un hijo sano. Pero no; la ley es nueva y es otra cosa ya que cambia lo más sustancial. Elimina los presupuestos imprescindibles de una ley que trate de proteger y regular los sistemas tecnológicos dirigidos a asistir la reproducción humana; una ley que regular unas prácticas dirigidas a paliar un problema de esterilidad, no sanado por la medicina, de forma que aunque los hijos no puedan ser engendrados, al menos resuelva el problema interviniendo en su generación.

Un primer presupuesto imprescindible de una ley de RHA es el compromiso absoluto en que el único destino legítimo de todo embrión producido sea la procreación: cada embrión generado debe ser gestado por su madre, o donado para gestación si sus padres no pudieran acogerlo. No pueden “sobrar” y los sobreros abandonarse como meros subproductos. Y mucho menos aún una ley puede legitimar (y pretender ser legítima) procedimientos encaminados a generar seres humanos, embriones humanos, con fines diferentes a la procreación.

Pues bien, con la ley que se acaba de aprobar se despenaliza la generación de cuantos embriones se quieran y para lo que se quieran. Esto es demasiado grave para quedarse tranquilo con un ‘¡No me importa que se legalice: yo no lo voy a hacer!’. Tenemos experiencia de que lo que un día repele como injusto, poco después de despenalizado empieza a percibirse como legítimo.

Hemos pasado de aceptar un método “raro y no natural”, pero útil mientras no se pudiera solucionar el sufrimiento de no poder tener un hijo, a un auténtico “turismo de la reproducción”, que esta ley acoge y protege en su aspecto comercial.

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