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Lo que el corazón pálido no puede abarcar

Autor:Ignacio Arellano
Catedrático de Literatura
Universidad de Navarra
Fecha: 13 de abril de 2002
Publicado en:  Diario de Navarra

Todo tiene su tiempo, predica el Eclesiastés. Hay tiempo de nacer y tiempo de morir, tiempo de llorar y tiempo de reír, tiempo de lamentarse y tiempo de danzar, tiempo de destruir y tiempo de edificar... En la torrencial poesía de Pablo Neruda, el libro de Residencia en la tierra (I: 1925-31, II: 1931-35) pertenece al tiempo del dolor y de la angustia, tiempo de lamentación y destrucciones. Como ha escrito Amado Alonso, en este libro, quizá el más importante de la obra poética de Neruda, los ojos del poeta se fijan en la lenta descomposición de todo lo existente, ven «en una luz fría de relámpago paralizado el incesante trabajo de zapa de la muerte, el suicida esfuerzo de todas las cosas por perder su identidad, el derrumbe de lo erguido, el desvencijamiento de las formas, la ceniza del fuego. La anarquía vital y mortal, con su secreto y terrible desgobierno. La angustia de ver a lo vivo muriéndose incesantemente: los hombres y sus afanes, las estrellas, las olas, las plantas en su movimiento orgánico, las nubes en su volteo, el amor, las máquinas...». Residencia en la tierra explora un territorio de muerte y de caos, de cosas polvorientas y mareas de herrumbre, un mundo confuso de incoherencias y sueños funestos. La lengua poética obedece a esa confusión y desintegra sus esquemas, desorienta su sintaxis. Así comienza el poema «Galope muerto», primero del libro:

Como cenizas, como mares poblándose en la sumergida lentitud, en lo informe o como se oyen desde lo alto de los caminos cruzar las campanadas en cruz, teniendo ese soniod ya aparte del metal, confuso, pesado, haciéndose polvo...

¿Qué es como cenizas, como mares poblándose? El resto del poema no nos ofrece el término de la comparación, el texto es incompleto, lagunoso. Pero el lector puede completarlo: el confuso sentimiento de angustia del poeta, el desorden de su ánimo, la tristeza... eso a lo que no puede dar nombre y que es como cenizas, como mares poblándose...

El lector no debe buscar, sin embargo, una traducción de estos poemas aparentemente caóticos, sino dejarse invadir por la atmósfera sentimental que evocan las imágenes de Neruda. Imágenes, por otra parte, bien concretas, de directa eficacia. Neruda huye de lo abstracto, evita las palabras de imprecisos límites que piden definirse, y nos entrega materiales densos y esenciales: maderas, piedras, uvas o metales. Antes que pensar hay que sentir (la poesía de Residencia en la tierra es una poesía romántica). La soledad la compara con una flor húmeda y extensa, el día es como un pobre mantel puesto a secar, el sueño se doblega bajo el paso polvoriento de vacas bramando... Imágenes concretas que expresan ese mundo doloroso que el poeta trabaja sordamente, girando sobre sí mismo «como el cuervo sobre la muerte, / el cuervo de luto».

En uno de los poemas fundamentales del libro («Walking around») se retrata el protagonista, cansado de ser hombre, caminando sin rumbo en busca de color y alegría, rebelándose ante la rutina y el vacío, imaginándose que asesina a un notario con un lirio cortado o asusta a los transeúntes con un cuchillo verde y dando gritos hasta morir de frío: acciones absurdas pero originales, enemigas de la monotonía de los establecimientos y mercaderías, del día lunes y de esos hospitales «donde los huesos salen por la ventana»; poema que es un grito de socorro y una aceptación final y resignada:

No quiero para mí tantas desgracias. No quiero continuar de raíz y de tumba, de subterráneo solo, de bodega con muertos., aterido, muriéndome de pena. Yo paseo con alma, con ojos, con zapatos, con furia, con olvido...

De vez en cuando se abre una ventana, pequeña, hacia la luz y en medio del caos se evoca el amor: «Tú guardabas la estela de luz / tu material de inesperada llama.../ Los días acechando cruzan en sigilo / pero caen dentro de tu voz de luz» («Alianza. Sonata»). Esa es la luz que el poeta necesitaría, «un relámpago de fulgor persistente», pero no la tendrá. En otro poema («Débil del alba») el amanecer mismo da paso al día gris de los desventurados: «el día pálido que se asoma / con un desgarrador olor frío, con sus fuerzas en gris/ sin cascabeles, goteando el alba por todas partes, / naufragio en el vacío con un alrededor de llanto».

Indagar en este dolor, en esta persistente melancolía es tarea ardua. ¿De dónde nacen estas amargas sustancias que alimentan al poeta con tanta desolación? Del mundo, sí, de la tierra en que reside; pero el mundo está lleno de cosas horribles y otras maravillosas, y el poeta siente unas y otras, o unas y no otras, por razones a veces incógnitas. No lo sabemos todo, ni el poeta mismo lo sabe. Sucede. Si preguntamos a la voz funeral de este residente en la tierra por su íntima congoja, responderá con los versos de «No hay olvido. (Sonata)»:

Si me preguntáis de dónde vengo, tengo que conversar con cosas rotas, con utensilios demasiado amargos, con grandes bestias a menudo podridas y con mi acongojado corazón. Si me preguntáis en dónde he estado debo decir: Sucede.

De esa conversación que es un lamento y solamente un lamento ha nacido Residencia en la tierra, como un disparo implacable, como un cuchillo verde y mortal, directamente al corazón suyo y nuestro, al pálido corazón que sufre sin remedio lo que no puede abarcar.

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