Noticias© Comunicación Institucional, 13/01/2008

Universidad de Navarra

¿Conocimiento? No sirve para nada

Autor: José Luis Nueno
Profesor del IESE
Universidad de Navarra

Fecha: 13 de enero de 2008

Publicado en: La Vanguardia (Barcelona)

Si comparte la creencia de que salud y conocimiento son los únicos derechos cuya prestación universal y gratuita merecen ser defendidos a capa y espada, ¿no le causa preocupación lo mal pagados que están los que se han preparado muchos más años que cualquiera de nosotros y con cuyo trabajo los sostienen?

Un médico completando el MIR en cualquiera de los centros hospitalarios universitarios en España trabaja unas 90 horas semanales por 1.200 euros al mes (más otros 500 por cinco guardias de más de un día), en 12 pagas. En total, 360 horas mensuales (12 cada día) ganando algo que no le permitirá comprarse las Nike del doctor House.

Tras diez años entre universidades, exámenes, hospitales, urgencias, guardias, pacientes desconsiderados y familiares sin urbanidad hospitalaria, cuando el universitario mejor preparado en teoría y práctica que produce nuestro sistema universitario reciba su especialidad, percibirá entre 2.500 y 3.000 euros brutos por su trabajo. Y como un médico de cabecera con 25 años de servicio percibe 3.000 netos al mes en 14 pagas, atendiendo 40 pacientes al día, y esto lo sabe todo el mundo, ¿cuándo se van a acabar las vocaciones? ¿Por qué un joven no se va a estudiar Derecho –menos tiempo y dedicación– o se mete a mosso de Escuadra –similar remuneración, por menor dedicación y exigencia académica en cualquier nivel (en la escuela, al graduarse y ocupar una plaza, e incluso tras el MIR de madero), los cursos de especialización a través de los que pueden continuar su preparación en la Police Academy?

Dado que tanto mossos como médicos (y otro personal sanitario) dependen del mismo empleador, ¿qué hay que pensar de una Administración que cree que los que nos ponen multas por ir a velocidades que sólo se castigan aquí tienen que cobrar más que los que nos sacan adelante tras el infarto que nos da cuando nos las ponen?

Lo que resulta aún más sorprendente es que incluso ante esta precariedad la sanidad haya progresado más que el orden público, la ingeniería o la economía. El trinomio medicina, cirugía y farmacia (al que habría que añadir la electrónica) ha transformado nuestra vida. Si el orden público hubiera empatado con la medicina en efectividad, el crimen habría sido erradicado hace decenios.

A los niveles de desarrollo de la sanidad, las ciencias económicas habrían ayudado a anticipar y comprender las recesiones (para eludirla ya está la ciencia ficción).

La enseñanza

La calidad de la educación en España también está recibiendo críticas por el mal desempeño de nuestros escolares con relación a los de otros países, tal como recogía el informe PISA de este año. Y es que los informes siempre pisan a los mismos, pero tampoco se ha compensado jamás el trabajo de los educadores. Se les racaneaba hace un siglo, cuando la educación empezó a ser obligatoria y era un pretratamiento, un lapso previo a la abducción del escolar por el mundo industrial o agrícola, que se contentaba con un niño obrero con las cuatro reglas de lectura, escritura y aritmética, y mucha disciplina.

Hoy, el mundo de los escolares no es más complejo, pero sí más dinámico y difícil de entender. La tarea de un educador es compleja no sólo porque la obligatoriedad de la educación se ha prolongado, sino porque la función de la escuela hoy ya no es barnizar a usuarios casuales. Lo peor no es la nota que saquen en matemáticas o sociales, sino que si no se les prepara intelectualmente, se forma su criterio y se les ayuda a entender y distinguir aquello que es importante en su entorno cambiante de lo que no lo es, se les condena a lo mismo que a sus antepasados, a comienzos del siglo pasado.

Y mi sospecha es que si no se paga bien a los profesores es imposible atraer a los que han de influir sobre el carácter y el criterio de los adultos de mañana. Cuando aquí se universalizó la prestación gratuita de aquello que, atinadamente, se consideraron los dos derechos prioritarios de los ciudadanos, se dio un paso de gigante para un país de pobres.

Pero nos equivocamos si democratizarlos supone banalizar el valor del trabajo de los que dedican su vida a que la entrega no sólo sea para todos, sino mejor para cada uno. Abusamos de las vocaciones y lo hacemos hasta los límites de convertir su ocurrencia en penitencia. No duden que las haremos desaparecer. Está pasando. Mientras se destina el superávit al ladrillo, se mantiene a médicos y maestros en el olvido. Con más niños y pacientes que nunca. Lo hacen los que deben transformar nuestros impuestos y cotizaciones en prestaciones.Y lo hacemos sus beneficiarios, de muchas maneras.

Cambios necesarios

¿Cómo damos la vuelta al sector de la educación para hacer que aquellos que forman el carácter y también transmiten conocimientos sean la norma y no la excepción, para recuperar a los mejores a servir las tareas más importantes? ¿Cómo evitamos que un sistema de salud cuya excelencia ha ido por delante de la del país se desmorone no por falta de clientes sino por la fuga de aquellos que están sintiendo en carne propia cómo se valora eso que ahora llaman conocimiento? ¿Cómo aceptamos que nuestros impuestos se empleen tan mal? ¿Por qué es más importante que cualquier joven tenga una ayuda de 210 euros al mes para un piso, mientras nos parece bien que, si ese mismo ciudadano es médico, después de haber invertido diez años aprendiendo, reciba poco más del salario mínimo por atender 40 pacientes al día?

Cuando el político o el alto funcionario reciclado aluden al conocimiento como la panacea que nos inmunizará frente a los males de la globalización, no se refieren ni al que salva vidas ni al que bruñe caracteres y transmite saber. Si no lo reconocen donde existe, ¿a qué conocimiento se referirán?

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