Noticias© Comunicación Institucional, 12/05/2005

Universidad de Navarra

La nación no es un absoluto

Autor: Carlos Soler
Facultad de Derecho Canónico
Universidad de Navarra

Fecha: 12 de mayo de 2005

Publicado en: Alfa y Omega (ABC)

Leyendo los documentos de Juan Pablo II sobre el nacionalismo, la conclusión general es la siguiente: hay una cierta prevención ante el nacionalismo, que siempre se menciona con una tonalidad negativa. Casi siempre la palabra nacionalismo aparece adjetivada. Así el Papa previene, unas veces, contra el nacionalismo extremado, otras contra el exacerbado, o el excesivo, o el excluyente, o estrecho, o agresivo, exagerado, desenfrenado, egoísta, duro.

Uno podría decir, sensu contrario: El nacionalismo no está nada mal cuando no es extremado, ni exagerado, ni ninguno de los otros adjetivos que utiliza el Magisterio. Esto es muy cierto y muy lógico, pero el hecho es que Juan Pablo II no menciona positivamente el nacionalismo en ninguna ocasión (salvo error por mi parte): nunca dice algo del tipo: El nacionalismo está bien cuando permanece dentro de un límite adecuado. Con esta actitud, permanece en perfecta continuidad con Pablo VI y con el Vaticano II. El Concilio dice, en el Decreto Ad gentes, que los fieles deben "evitar toda forma de racismo y de nacionalismo exagerado". Pablo VI, aparte diversas menciones en la línea que luego seguirá Juan Pablo II, dice que hay "dos obstáculos" que se oponen al progreso: el racismo y el nacionalismo (Populorum progressio, 62).

Aparte de esas menciones adjetivadas, en el importantísimo discurso ante la ONU, en octubre de 1995, Juan Pablo II distingue entre el justo amor al propio país (patriotismo) y el nacionalismo que desprecia a las otras naciones; dice que éste puede llevar a la violencia y al terror; y añade, nada menos, que el nacionalismo exasperado "repropone el totalitarismo". El nacionalismo puede inspirarse en el utilitarismo, que justifica sojuzgar a una nación más débil, por el hecho de que responda a los intereses nacionales.

No obstante, Juan Pablo II habla mucho de la importancia de las naciones y de los derechos de las naciones, y propone la nación como una familia de familias, y el mundo como una familia de naciones.

Un afecto patológico

¿Qué hay detrás de esta constante consideración negativa del nacionalismo? En mi opinión, lo que hay detrás es el peligro de la idolatría de la patria (o de la nación, o del Estado). Es decir, que la patria se convierta en un absoluto. Éste sería un grave error: la patria es un valor relativo, y como tal debe mantenerse siempre.

No es insano todo amor a la patria, como parece entender Savater en Contra las patrias, y como presupone el lema "La única patria es el mundo". Estos cosmopolitismos son reacciones frente a un amor a la patria desordenado, patológico; pero existe un recto amor a la sociedad en que uno ha nacido, y que le ha dado su lengua, su cultura, sus gentes, sus costumbres y tradiciones. El hombre es un ser esencialmente relacional, y para establecer relaciones uno no puede estar en el vacío: necesita enraizarse en una sociedad concreta, necesita espacios colectivos concretos en los que vivir (el peligro de la sociedad de masas es precisamente que no ofrece la posibilidad de enraizarse ni de establecer relaciones a escala humana).

El peligro está cuando el Estado (o la patria, o la nación) se erige en absoluto, en dios. Cuando pretende absorber todos los aspectos de la vida humana y enseñorearse de ellos. Cuando pretende constituir la totalidad de la existencia humana y abrazar todas las esperanzas humanas, cuando pretende que toda realización humana y toda esperanza humana se satisfacen y se realizan en la comunidad política. ¡No!: el hombre y su esperanza van más allá de todas las realidades políticas, entre otras razones -pero no sólo por eso- porque el hombre no es inmanente a la Historia, y la política sí lo es. Cuando predomina esta mentalidad, la deriva totalitaria es casi inevitable. Ya Bertrand de Jouvenal advertía que la misma noción de soberanía es totalitaria. No se trata de buscar un ejercicio correcto de la soberanía, o de repartirla entre el mayor número de gente posible para evitar el abuso: es la noción misma la que es peligrosa; hay que negar que exista una instancia dueña de enseñorear todas las conductas. Cuando el Estado se construye sobre estas bases, resulta inhumano (y, por ende, anticristiano).

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