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Clásicos de arrabal

El tango tiene la intensidad trágica y humorística de los mejores clásicos
Autor: Ignacio Arellano
Catedrático de Literatura
Universidad de Navarra
Fecha:  12 de enero de 2002
Publicado en:  Diario de Navarra

Dramáticos, vulgares, desesperados y sentimentales, los tangos (de Contursi, Cadícamo, Discépolo, Le Pera, Gardel o del mismo Borges), exhiben la fatal mitología del valor fracasado, del código del honor malevo, de la muchacha perdida en la sordidez del suburbio, del conventillo noctámbulo asesino de los sueños de amor y riqueza. Muchos lenguajes y tradiciones poéticas confluyen en las letras de los tangos, desde la poesía gauchesca a la zarzuela y el sainete, de los cuplés y canciones populares a la poesía de Baudelaire, de las metáforas petrarquistas al lunfardo o lenguaje del compadrito y del rufián. Y unificándolo todo la tristeza de un lamento exhibicionista que no teme al ridículo del exceso ni a la caricatura más grotesca. El guapo de «Mi noche triste» canta su soledad, a medias consolada por las brumas del alcohol: «Percanta que me amuraste / en lo mejor de mi vida, / dejándome el alma herida/ y espinas en el corazón»; el de «Mano a mano», rechiflao en su tristeza, evoca a la amada perdida que anda ahora «entre magnates con sus locas tentaciones» y a la que augura el fracaso y el abandono, ofreciéndose, sin embargo, como fiel amigo sempiterno: «Y mañana cuando seas descolado mueble viejo/ y no tengas esperanzas en el pobre corazón, / si precisás una ayuda, si te hace falta un consejo, / acordate de este amigo que ha de jugarse el pellejo / p'ayudarte en lo que pueda cuando llegue la ocasión». Tristes, solitarios y finales, estos cafishios y antiguos bacanes triunfadores, repasan la historia de mejores tiempos y mueren lentamente, abandonados de los amigos, de las amantes y hasta de los perros domésticos que fueron sus compañeros, pero conservan dentro de su alma el cariño antiguo y una esperanza que saben improbable: «¿Quién sabe?, si supieras / que nunca te he olvidado, / volviendo a tu pasado / te acordarás de mí» («La cumparsita»).

¿Qué resta en el naufragio, cuando la suerte mistonguera «a la nada manda momentos de esplendor»? Muy a menudo la añoranza de la inocencia infantil y de la madre («Andá a verla a tu viejita, dale un beso y un abrazo / y llorando preguntale si te quiere perdonar», «Nunca es tarde»). O la resignación final: «Caminito que entonces estabas / bordeado de trébol y juncos en flor, / una sombra ya pronto serás, / una sombra lo mismo que yo. / Caminito cubierto de cardos, / la mano del tiempo tu huella borró, / yo a tu lado quisiera caer / y que el tiempo nos mate a los dos» («Caminito»). Y de cuando en cuando la rebeldía, la denuncia de la corrupción general, o el amargo cinismo como respuesta a un mundo en que la panza reina y el dinero es Dios («Quevachache»): «Lo que hace falta es empacar mucha moneda, / vender el alma, rifar el corazón. / Tirar la poca decencia que te queda, / plata, plata, plata... y plata otra vez». Es un pesimismo que llega al extremo en letras como la del trágico testamento de «Como abrazao a un rencor»: el moribundo varón delincuente, «ya difunto en el presagio, / en el último momento de su pobre vida rea» se niega a toda esperanza y reconciliación con una vida que solo le ha traido desdichas y traiciones, y desea morir «sin confesión y sin Dios / crucificao en mis penas / como abrazao a un rencor» (pero no puede olvidar, a pesar de todo, a la madre: «Solo a usted, madre lejana, si viviese le daría / el derecho de encenderle cuatro velas a mi adiós»).

Hay en los tangos una lección de desengaño en la que asoman viejos y clásicos tópicos literarios, siempre vivos: la falsedad del mundo, la fragilidad de la belleza y de las glorias mundanas, el poder de la soledad: «Aunque te quiebre la vida, / aunque te muerda un dolor, / no esperes nunca una ayuda / ni una mano ni un favor» («Yira, yira»). Y el Tiempo, omnipresente destructor que todo lo acaba. Enrique Santos Discépolo parece reescribir, sin desmerecer mucho del modelo, algunas grotescas caricaturas de Quevedo en «Esta noche me emborracho», al enfrentar al amante, al cabo de los años, con la hermosa que fue su locura y ahora apenas puede reconocer en su decadencia: «Flaca, dos cuartos de cogote, / una percha en el escote / bajo la nuez. / Chueca, vestida de pebeta, / teñida y coqueteando / su desnudez. / Parecía un gallo desplumao / mostrando al compadrear / el cuero picoteao.../ Yo, que sé cuando no aguanto más, / al verla así rajé / pa no llorar». Fiera venganza, en efecto, la del tiempo, que le hacer ver deshecho lo que uno amó...

Estos seres vencidos que pueblan melancólicamente los tangos quisieran pasear eternamente por los barrios plateados por la luna con rumores de milonga («Melodía de arrabal»), perfumados por las madreselvas en flor («Arrabal amargo»); su corazón pide una mentira, un imposible llamado («Soledad») que responda a su humilde esperanza, sobreviviente al olvido que todo lo destruye («Volver»). Pero pocas veces hallan más calmantes que el bandoneón y el trago. El tango es un género catártico, como las tragedias griegas, una música para llorar en los ocasos amarillos de que habla un tango de Borges.

Mi amigo el profesor Victoriano Roncero que, paradójicamente, a pesar de ser un sabio estudioso de Quevedo, es muy exquisito, se niega a frecuentar el tango, prefiriendo los acordes más finos de Telemann, Lully y Rameau. Pero a mí se me hace difícil renunciar a la maravillosa, aunque traumática experiencia de escuchar estas canciones, sobre todo en la voz de Carlos Gardel. Entonces, aunque seamos felices y nadie nos haya traicionado, y aunque ilusamente veamos lejana la hora del adiós, no le queda a uno más remedio que poner a media luz la estancia, sentirse fané y descangayado (pero bien fané), y apurar el vaso hasta el fondo, con cara de malandra pero con el alma inquieta de un gorrión sentimental.

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