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Los costes de la inflación

Autor: José Luis Álvarez Arce
Profesor de Ciencias
Económicas y Empresariales
Universidad de Navarra
Fecha:  11 de noviembre de 2001
Publicado en:  Diario de Navarra

¿Por qué debemos considerar que la inflación es un problema? Algunos lectores pensarán que plantearse esta pregunta carece de interés ya que la respuesta es elemental. La inflación equivale a un incremento en el coste de la vida y, obviamente, perjudica a quienes lo sufren.

La cuestión no es, sin embargo, tan sencilla. En una economía como la nuestra, el encarecimiento de un producto tal vez nos moleste pero no nos extraña porque el conjunto de los precios ha mostrado una tendencia a subir con el paso del tiempo. Este fenómeno es el que recibe el nombre de inflación. Pero no se trata de un incremento en el coste de la vida, sino de una reducción en el valor real del dinero. Hace no muchos años, una entrada de cine costaba en Pamplona 400 pesetas; hoy, su precio es de 800 pesetas. ¿Significa esto que la entrada cuesta realmente dos veces lo que costaba pocos años atrás? No, simplemente una peseta de hoy vale menos que una peseta de hace unos años. El coste real de adquirir la entrada es el valor de lo que sacrificamos para obtenerla. Esto es, lo relevante no son las 800 pesetas que pagamos; lo relevante es lo que podríamos comprar con ese dinero. La inflación hace que tengamos que pagar más dinero por los bienes y servicios pero no porque éstos sean más valiosos, sino porque se ha devaluado el dinero con el que expresamos y pagamos los precios.

Algunos economistas se han interesado en conocer, a través de encuestas, qué piensa la gente sobre la inflación y sobre los problemas que ésta crea. La principal preocupación de los encuestados es que la inflación resta poder adquisitivo a la renta que tanto les ha costado ganar. Esa queja se formula sobre un argumento erróneo. La inflación no reduce por sí sola el poder adquisitivo de los individuos. En realidad, la inflación también se refleja en las rentas nominales que tienden a subir al mismo ritmo que los precios. Lo que sucede es que somos propensos a considerar el aumento de nuestro salario como una retribución merecida por nuestro esfuerzo y nuestro talento, mientras que la subida de los precios que pagamos nos parece una estafa, a pesar de que ambos incrementos responden a unas mismas causas, al menos en parte. Todos los precios monetarios, tanto de los bienes que consumimos como del trabajo que realizamos, aumentan de forma sostenida porque la cantidad de dinero aumenta más rápidamente que la producción de la economía. Con el dinero ocurre lo que con cualquier otro producto: cuanto más abundante es con relación a otros productos, menor es su valor relativo.

Ahora bien, si la inflación no supone un aumento en el coste de la vida, ¿por qué debemos considerar como un problema las variaciones en el nivel general de precios? El problema no es que cambie el valor del dinero; el problema es la incertidumbre que se crea. Si todos los precios aumentasen a una tasa estable, conocida y perfectamente predecible, la inflación tendría un impacto muy limitado. Pero no es así. Unos precios cambian más rápidamente que otros y las tasas de inflación son variables, de manera que es muy difícil anticipar cuál será el valor futuro del dinero. Esta incertidumbre tiene costes económicos.

La inflación obliga a que los agentes económicos gasten recursos en protegerse de la incertidumbre y en adaptarse a los cambios en el valor del dinero. Si observamos que los precios suben, todos dedicaremos algo de tiempo y esfuerzo a predecir la tasa de inflación futura. Las empresas habrán de afrontar ajustes costosos, tales como decidir sus nuevos precios, actualizar listas de precios y catálogos, informar a clientes y distribuidores o, incluso, soportar la irritación que todo ello origina en los clientes. Ante la erosión en el valor del dinero, el público decidirá mantener menos dinero y adquirir otros activos que le protejan de la inflación dándole un rendimiento. Pero siempre que deseemos adquirir un bien, necesitaremos dinero para realizar el pago, por lo que previamente habrá que deshacerse de nuestros activos financieros. Así, el coste de reducir las tenencias de dinero es el tiempo y la comodidad que sacrificamos.

Por otro lado, la inflación redistribuye la riqueza de modo arbitrario. Como no todo el mundo tiene los mismos recursos para anticipar correctamente la inflación futura ni para actuar acertadamente ante la inflación observada, los cambios en los precios provocan ganancias para unos y pérdidas para otros. Por ejemplo, una tasa de inflación mayor que la esperada favorece al deudor y perjudica al acreedor porque los intereses que acordaron en su momento tendrán después un valor real menor que el esperado.

Debemos tener presente que los precios transmiten la información acerca de qué ocurre en los mercados, incentivándonos a tomar unas u otras decisiones. La inflación daña al sistema de precios de la misma forma en que las interferencias afectan a la imagen que recibimos en nuestros televisores: la señal nos llega distorsionada. La inflación introduce gran variabilidad en los precios, algunos de los cuales cambian con una mayor frecuencia que otros. Esto dificulta enormemente la toma de decisiones eficientes y favorece a quienes son capaces de adaptarse mejor al entorno de incertidumbre.

A modo de conclusión, podríamos resumir los costes de la inflación en el principal daño que ésta provoca: la pérdida de confianza. Una pérdida de confianza en el sistema de mercado, porque las redistribuciones arbitrarias de la riqueza generan un sentimiento de injusticia. Una pérdida de confianza en la viabilidad de los proyectos de inversión, porque la variabilidad de los precios se traduce en inseguridad acerca de la situación futura. Una pérdida de confianza en el país por parte de los mercados financieros internacionales, que "castigan" a la economía con mayores primas de riesgo. Resulta entonces más difícil plantearse retos a largo plazo como los que se exigen para el crecimiento y la prosperidad. De ahí que merezca la pena el esfuerzo por mantener unas tasas de inflación bajas y estables.

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