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El hombre de los muchos senderos
Autor:Ignacio Arellano
Catedrático de Literatura
Universidad de Navarra
Fecha: 11 de junio de 2003
Publicado en:  Diario de Navarra

«Cuéntame, Musa, la historia del hombre de muchos senderos, que anduvo errante mucho después de asolar la sagrada Troya; vio muchas ciudades de hombre y conoció su talante, y sufrió dolores sin cuento en el mar...». En la Odisea la Musa inspira a Homero el relato de las aventuras asombrosas de un héroe astuto y prudente, dueño de la palabra, engañador cuando se tercia, errante por la venganza de los dioses y sobreviviente por la ayuda de Atenea, el mítico Ulises, padre de todos los aventureros. Después de la guerra de Troya los griegos emprenden la vuelta a su patria. No todos los que salieron de los puertos maternos volverán a sus casas y sus familias. Ulises tardará largos años en encontrar el sendero del regreso, entre los muchos caminos que es su destino recorrer. Mientras falta de su palacio en Ítaca, la ciudad de los hermosos crepúsculos, los pretendientes de la reina Penélope devastan glotonamente los bienes de Ulises, comen sus rebaños y beben sus ánforas de vinos antiguos, burlándose de Telémaco, el joven heredero aún sin fuerzas para enfrentarse a ellos. Presionan groseramente a la esposa del ausente, que ha conseguido resistir unos años con el ardid del manto que teje de día y desteje por la noche -ha prometido elegir un esposo cuando acabe de tejer el manto-, pero que no puede demorar más una decisión. Telémaco, inútilmente, se queja de la plaga: «Vienen todos los días a mi casa y sacrifican bueyes, ovejas y gordas cabras, y se banquetean y beben a cántaros el rojo vino. Aquí se están perdiendo muchos bienes, pues no hay un hombre como Odiseo que arroje esta maldición de mi casa». Pero Odiseo está cautivo en la isla de Ogigia, donde la ninfa Calipso lo retiene durante siete años, sin que pase un día en que el héroe no anhele ver levantarse el humo de su tierra. Con la ayuda de la diosa Atenea, Odiseo quedará en libertad para dirigirse a Ítaca: recorrerá en su peregrinación el país de los feacios, constructores de naves, que lo llevarán por fin a su casa. Muchas penalidades y tremendas aventuras ha tenido que vivir antes el héroe, según cuenta en el palacio del rey feacio Alcínoo, donde la princesa Nausícaa, la de blancos brazos, aviva el fuego y le prepara la cena: «Soy Odiseo, el hijo de Laertes, el que está en boca de todos los hombres por toda clase de trampas, y mi fama llega hasta el cielo. Habito en Ítaca, hermosa al atardecer. Y ahora os voy a narrar mi atormentado regreso, el que Zeus me ha dado al venir de Troya». Empujado por las tormentas y los huracanes, perdido entre islas que ocultan peligros innumerables, decidido a ver de nuevo el sol poniente en los montes de su isla natal, Ulises ha atravesado las tierras de los Cicones, librando batallas con grandes pérdidas, para llegar al país de los lotófagos, que comen flores de alimento, y envuelven un riesgo mortal en el dulzor de su comida: «El que comía el dulce fruto del loto ya no quería volver, sino que prefería quedarse con los lotófagos, arrancando loto y olvidándose del regreso». Odiseo rescata a la fuerza a sus amigos y prosigue su navegación hasta la isla de los Cíclopes, donde sucede una de sus más famosas aventuras: es sabido cómo los expedicionarios caen en poder del Cíclope, hijo fiero de Neptuno, que encierra en su profunda gruta grandes rebaños de ovejas y cabras, y devora cada día un compañero de Ulises. Este Cíclope «era un monstruo digno de admiración: no se parecía a un hombre, a uno que come trigo, sino a una cima cubierta de bosque de las elevadas montañas que aparece sola, destacada de las otras». Una noche en que el monstruo digiere su espantosa cena, mientras eructa pedazos de carne y vino que el astuto Odiseo le ha brindado en demasía, los aqueos perforan su único ojo con una estaca afilada al fuego: «Como cuando un hombre taladra la madera destinada a un navío, así hacíamos dar vueltas, bien asida, a la estaca de punta de fuego en el ojo del Cíclope, y la sangre corría por la estaca caliente. Al arder la pupila, el soplo del fuego le quemó los párpados y las cejas y las raíces crepitaban por el fuego y estridía su ojo en torno a la estaca de olivo. Y lanzó un gemido grande, horroroso, y la piedra retumbó en torno y nos echamos a huir aterrorizados». Los alaridos del gigante convocan a sus vecinos que se acercan a la cueva clausurada preguntando quién lo ataca: «Amigos, grita el monstruo, Nadie me mata con engaño». (Pues el astuto Ulises le ha dicho que su nombre era «Nadie», y los cíclopes se alejan de la cueva burlándose del herido, creyendo que está loco). Atados a los vientres de las ovejas consiguen escapar los prisioneros cuando a la mañana el Cíclope ciego abre la puerta de la gruta sin encontrar a sus verdugos. De nuevo a merced de las corrientes marinas arriban a la isla flotante de Eolia, donde habita el señor de los vientos, que ofrece a Ulises un pellejo de buey de nueve años donde sujeta «las sendas de mugidores vientos para que impulsaran a la nave donde quisiera». Todo va bien con este impulso extraordinario hasta que algunos marineros, codiciosos del tesoro que suponen se guarda en el odre, lo abren imprudentemente y desatan un huracán que arrastra a la flota de Ulises a la ciudadela de los Lestrigones, parecidos «no a hombres sino a gigantes», de los que huyen «navegando con el corazón acongojado» hasta la isla Eea, donde habita Circe, la de lindas trenzas, capaz de convertir a los hombres en cerdos, dueña de una morada «edificada con piedras talladas y rodeada de lobos montaraces y leones a los que había hechizado dándoles brebajes maléficos». Como un hábil aedo, cantor de su propia epopeya, Ulises va desplegando en un maravilloso tejido, las aventuras en la isla de Circe, y su extraordinaria visita al Hades, donde puede conversar con los héroes muertos; cómo llega su nave a los confines del Océano de profundas corrientes, donde está el extraño pueblo de los hombres cimerios, cubiertos por la oscuridad y la niebla; cómo se libra de las asechanzas de las mortales sirenas y de las monstruosas Scila y Caribdis...

Tras años de fatigas y decisiones de inseguro éxito, de añoranzas del hogar y miedos de lo desconocido, de lucha incesante en mares misteriosos y tierras pobladas de seres que no comen trigo ni respetan la piedad, Ulises llega a Ítaca. Disfrazado de viejo mendigo asiste a su propio palacio tomando buena nota de la insolencia de los pretendientes, que se muestran más insoportables cada día. Se acerca el desenlace, el episodio feroz de la Matanza. Odiseo empuña su antiguo arco que ninguno de los pretendientes ha sido capaz de tensar: en las manos del disfrazado mendigo decrépito el gran arco se dobla fácilmente y su cuerda resuena como el hermoso trino de una golondrina. La suerte está echada para los enemigos y con la ayuda de Telémaco y dos fieles servidores, bajo la protección de Atenea, Odiseo acaba uno por uno con todos «y eran horribles los gemidos que se levantaban cuando las cabezas de los pretendientes golpeaban el suelo y este humeaba todo con sangre». A las esclavas traidoras las ahorca en un cable tensado en la rotonda del palacio, y al infiel Melantio le cortan la nariz y las orejas con el cruel bronce, «le arrancaron las vergüenzas para que las comieran crudas los perros y le cortaron manos y pies con ánimo irritado»... Tras completar el terrible trabajo llama a su esposa y a las criadas de palacio, y Odiseo se revela. El regreso ha culminado, y el héroe siente ahora «un dulce deseo de llorar y gemir, pues reconocía a todas en su corazón».

Odiseo podrá ahora descansar de sus aventuras después de establecer un pacto pacífico con sus enemigos. Una vejez tranquila le espera: podemos imaginarlo en su palacio, al lado de un cálido fuego, evocando las islas fabulosas de sus viajes y los muchos senderos que transitó; sobresaltándose de vez en cuando al entrever en su sueño el ojo vigilante del Cíclope, o los gritos aterrados de los pretendientes; sonriendo levemente al observar cómo Telémaco, que ya no es un muchacho, consigue, por fin, tensar el arco y hacer cantar su cuerda como el trino alegre de una golondrina.

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