Noticias© Comunicación Institucional, 11/05/2005

Universidad de Navarra

Los retos Bioéticos del nuevo Papa

Autora: Natalia López Moratalla
Catedrática de Bioquímica
Universidad de Navarra

Fecha: 11 de mayo de 2005

Publicado en: La Razón (Madrid)

El Papa ha llegado en el décimo aniversario de Evangelium vitae; una buena nueva poco acogida, o cogida con indiferencia. El reto en este campo será, sin duda, ayudarnos a salir de la ceguera respecto al misterio de la vida que nos impide ver la referencia nítida desde la que poder discernir entre el bien y el mal; una ceguera que amenaza intensamente a la humanidad.

El problema central que se debate en la Bioética es el del límite de la intervención biotecnológica sobre el hombre mismo. La civilización técnica pretende que sus juicios no estén limitados por la realidad que nos es dada y que no hemos construido nosotros. El dogma de la libertad autónoma pasa por no aceptar la valoración del mundo natural, como si éste fuese un mundo irracional, sin significados y sin sentido; no aceptar que existen derechos humanos universales que encierran algo importante y esencial sobre el misterio de la vida de todos y cada uno. La racionalidad técnica impone los propios fines, pero la racionalidad bioética exige ir más allá: requiere reconocer el carácter y significado propio del hecho natural, la vida del hombre en este caso, que es previo a la propia intención.

El lenguaje de la técnica parte del principio de "conocer para poder", sin atender a lo que la realidad dice. La técnica, de suyo, es progresiva, innovadora e imparable; y asegura, o al menos promete, salud y calidad de vida, sin atender al precio que hay que pagar. No hay frontera alguna si lo que se quiere es que algo funcione al servicio de intereses particulares. El coste es excesivamente alto: nada significa nada de suyo, sino sólo en función del significado que se le otorgue, y siempre en función del progreso a favor de los poderosos. La Bioética queda reducida a resolver cuestiones profundamente humanas (la paternidad, la muerte, el dolor, etc.) como meras cuestiones técnicas: con parámetros de eficacia, o de equilibrio entre los efectos positivos y negativos... La deliberación entre los valores en juego sólo puede servir para valores que son, de suyo, ponderables por ser del mismo rango. Pero ¿qué valor es ponderable con el valor de cada persona humana?

El drama actual es el de la ceguera cultural que reclama derechos "para mí", que reclama una "medicina del deseo", deslumbrados por el poder de la técnica, e ignora los derechos irrenunciables, o al menos decide qué seres humanos son sujetos de ellos y cuáles no. Precisamente esa pretensión del hombre de convertirse en dador de sentido a la realidad, que él no ha creado, constituye un factor clave de la violencia del hombre contra el hombre. No tenemos instintos que nos ordenen cómo vivir; poseemos un instinto específico, que es luz de la inteligencia acerca de cómo son las cosas y por tanto cómo vivir.

El debate en las cuestiones serias de la vida se ha hecho muy duro. Las razones, profundamente humanas, que muestran el respeto que merece la vida naciente o la vida terminal, o el derecho del hijo a ser engendrado en el amor de los padres..., se perciben como una forma de insensibilidad, o incluso de crueldad. Se tacha de fundamentalismo paralizador del progreso y limitante de una "opción médica", que ofrece el poder de la ciencia. Se plantea que toda convicción, incluso la religiosa, tiene que estar disponible y rendirse ante los beneficios del poder técnico. La idea de que existen límites a la investigación suena como un error oscurantista.

El conocimiento científico, autónomo aunque nunca autosuficiente, forma parte del caminar del hombre en busca de luz y ocupa un lugar preciso, tiene su sitio propio, es el horizonte de la sabiduría. Resulta excesivo aceptar que las personas afrontan a ciegas, sin otra forma de conocer que la científica, las cuestiones fundamentales de la vida. Pero es cierto que muchos, aunque dispongan de otras referencias, sólo consideran segura la ciencia; en efecto, la cultura tecnocientífica ha ido imponiendo como explicación de la realidad unos criterios capaces de desplazar los valores de la tradición de occidente.

Al mismo tiempo, la desconfianza en lo que de suyo es no "accesible" desde la ciencia positiva, va unida a un cierto déficit en la inculturación de la fe cristiana en la sociedad tecnológica actual. El reto de la cultura judeocristiana, y cómo no del Papa, es mostrar aquello que las cosas son en el proyecto de Quien las crea. En el corazón del hombre está escrito el significado profundo y claro de la vida y de los lazos entre los hombres. La gramática que necesitamos aprender para que resuene en cada uno lo verdadero como verdadero, es la gramática que descubre el significado natural del fenómeno vital, del hecho biológico y sabe ponerlo en relación con su sentido pleno en la unidad del ser humano. El desafío consiste en mostrar que es posible el diálogo sobre lo que es bueno o malo en sí mismo y, por tanto, bueno o malo para los hombres de toda sociedad, cultura y religión, si se atiende a la verdad de la realidad misma.

El reto de todos los cristianos es recuperar la confianza en el conocimiento que aporta la Revelación, que resuena en el corazón del hombre y que se manifiesta en la palabra de la ciencia y permite leer el significado natural escrito en la biología humana. Hay cuestiones esenciales cuya respuesta parte del abedecedario de la biología del hombre: ¿Qué transmiten los progenitores al transmitir la vida? ¿Cómo se alcanza la constitución de un nuevo individuo? ¿Qué describe un individuo, qué la identidad biológica? ¿Qué da la continuidad al individuo desde el comienzo a la muerte al tiempo que el cuerpo formado se desarrolla gradualmente, crece, madura, y envejece? ¿Qué es el morir de una vida incipiente?... La biología humana muestra que el actuar humano no es simplemente instintivo o automático, sino libre: la corporalidad humana tiene en todos sus aspectos una indeterminación de lo puramente automático que permite ver el cuerpo del hombre siempre como un cuerpo humano, nunca un cuerpo a secas.

El reto, en definitiva, es dar cuenta del origen, fuente y raíz de la persona humana que ha comenzado a vivir. Decir esa palabra capaz de superar las posiciones de quienes afirman que "el hombre "no es más que...", o el embrión humano no tiene carácter personal "al menos hasta que...". O de quienes creen que acerca de la vida de cada hombre todo está dicho al definir un momento fronterizo de comienzo, detectable empíricamente.

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