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Moby Dick

Autor:Ignacio Arellano
Catedrático de Literatura
Universidad de Navarra
Fecha: 14 de mayo de 2002
Publicado en:  Diario de Navarra

Herman Melville (1819-1891) no consiguió en vida una fama especial ni alcanzó el rango de personalidad ilustre. Su viuda puso en la esquela mortuoria «escritor» como profesión del difunto, pero en realidad hubiera debido consignar «empleado retirado de aduanas». Su magna obra, «Moby Dick», fue muy poco leída en su tiempo. Misterios como estos se dan a veces en la literatura, aunque la posteridad, pacientemente, hace justicia, y hoy nadie negaría a «Moby Dick» su grandeza de clásico universal, uno de los mayores.

Abordar esta oceánica y admirable novela es experiencia menos peligrosa pero de la misma densidad espiritual que la emprendida por el narrador Ismael, maestro de escuela, filósofo y melancólico, que se cura de sus hastíos embarcándose en el ballenero Pequod, de la famosa ciudad de Nantucket, al mando del capitán Ahab, para la gran travesía del Pacífico, una travesía que abre de par en par las grandes compuertas del mundo de las maravillas, en cuya loca fantasía flotan interminables procesiones de cetáceos, y en medio de todos un gran fantasma encapuchado, como un monte nevado en el aire. Ese monte nevado se llama Moby Dick, la ballena blanca que mutiló a Ahab cortándole una pierna, y a la que el capitán persigue con ansias dementes de venganza. Bien se pueden contar estos detalles, porque «Moby Dick» no es una novela de intriga. En su primera aparición en escena Ahab clava en el mástil una moneda de oro (premio para quien antes descubra a la ballena) y en ese momento inaugural del viaje descubre todas sus cartas: «Yo la perseguiré al otro lado del cabo de Buena Esperanza, y del cabo de Hornos y del Maelstron noruego, y de las llamas de la condenación. Para esto os habéis embarcado, hombres, para perseguir a esta ballena blanca por los dos lados de la costa y por todos los lados de la tierra, hasta que eche un chorro de sangre negra». La navegación del Pequod se convierte de este modo en una aventura alucinada bajo la férrea voluntad de Ahab, un rey del mar y gran señor de los leviatanes, «un hombre que parecía desatado de la pira cuando el fuego ha asolado e invadido todos los miembros sin consumirlos». Es un duelo a muerte entre el hombre loco y la maligna ballena blanca, encarnación del mal, de la violencia ciega a la que Ahab, en morboso delirio persigue como entregado a una misión mística que tiene algo de adoración invertida: «La ballena blanca nadaba ante él como encarnación de todos esos elementos maliciosos que algunos hombres profundos sienten que les devoran en su interior; esa intangible malignidad Ahab no se prosternó para adorarla, sino que se lanzó contra ella. Todos los males, para el demente Ahab, estaban personificados en Moby Dick. Sobre la blanca joroba de la ballena amontonaba la suma universal del odio y la cólera que había sentido toda su raza desde Adán». Muchos críticos interpretan este duelo en términos simbólicos, pero la gran fascinación de «Moby Dick» no procede de su parcial condición de alegoría, sino del ritmo del relato y la atmósfera poética y trágica (con ecos de la Biblia y de Shakespeare) que envuelve al Pequod y su extraña tripulación de renegados mestizos, de proscritos y caníbales. El libro es el drama de Ahab, pero es también la elegía de los cachalotes, de Tom de Timor, mellado como un iceberg, de Jack, terror de los navíos en Nueva Zelanda, de don Miguel, cetáceo chileno marcado con jeroglíficos místicos... Melville divaga enciclopédicamente sobre la caza de la ballena; nos ofrece lecciones de cetología (anatomía, clasificación, costumbres, alimentación...) y descripciones minuciosas de las tareas balleneras en tonos que van de la parodia irónica al reportaje técnico. La ballena se hace así omnipresente, como una deidad que todo lo preside, y en el pueblo inmortal de los leviatanes se eleva con el prestigio misterioso de su color, la joroba mitológica de Moby Dick, evocada con horror por Ismael: «Era la blancura de la ballena lo que me horrorizaba por encima de todas las cosas, vago horror sin nombre, místico y poco menos que inefable». El ominoso destino del Pequod se cumple irremediablemente. La caza de Moby Dick se desarrolla en los tres días finales, con las lanchas destrozadas a dentelladas y coletazos, rodeadas de tiburones voraces: cuando Moby Dick emerge de las profundidades, la suerte está echada. Un sonido subterráneo, profundo y sobrenatural, anuncia la aparición de una vasta figura cargada de arpones, cables y lanzas y en el aire se alza entre un velo de niebla la mole marmórea de la ballena que ataca a las lanchas y al mismo barco hundiendo toda cosa flotante que la rodea. Ahab no podrá con Moby Dick y será arrastrado, junto a su oscuro servidor, el parsi Fedallah, al infierno del mar, ahorcado por la cuerda del arpón con el que ha herido a su enemiga. Toda la tripulación del Pequod, excepto Ismael, el narrador, perece por la obsesión de Ahab, cuya voluntad triunfa a pesar de todo, pagando con la muerte su negativa a rendirse. Bien lo adivinaba el pobre grumete Pip cuando dirigía su oración aterrorizada al gran Dios blanco: «Tú, gran Dios blanco, que estás allá en lo alto, en esa tiniebla, ten piedad de este muchachito negro de aquí abajo; sálvale de todos los hombres que no tienen entrañas para sentir miedo». Y es que Ahab, sin entrañas para sentir miedo, no adora al Dios blanco que Pip supone; ese dios al que presenta una ofrenda de odio ardiente es en realidad un demonio blanco: Moby Dick, el gran leviatán, su destino y su heroica condenación. Muere, pues, Ahab. Pero mucho tiempo después de cerrar el maravilloso libro que cuenta su historia, seguimos oyendo el golpe de su pierna de marfil recorriendo incansable la cubierta del Pequod, con el arpón templado en la sangre de sus paganos arponeros Quiqueg, Tashtego y Daggoo, esperando el grito del vigía (¡Allí resopla, ahí salta!) para arriar su lancha: eternamente en pos de la fatídica estela de Moby Dick.

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