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Los tambores del rey Christophe repican el manducumán
Autor:Ignacio Arellano
Catedrático de Literatura
Universidad de Navarra
Fecha: 11 de enero de 2003
Publicado en:  Diario de Navarra

En El reino de este Mundo (primera edición de 1949) Alejo Carpentier nos introduce en el universo de lo real maravilloso situado en la encrucijada mágica de Ciudad del Cabo o Cabo Francés, en Haití. Su novela se desarrolla en una atmósfera alucinante de esclavos y tiranos, de esperanzas y frustraciones, en torno a la ambigüedad de las revoluciones que sufre en su carne y en su espíritu Ti Noel, esclavo de Monsieur Lenormand de Mezy, y símbolo de una comunidad sometida a una opresión que parece inacabable.

De joven Ti Noel escucha fascinado los mitos del rebelde Mackandal, alzado contra los blancos: son historias ocurridas en los grandes reinos africanos de Popo, de Arada, de los Nagós, de los Fulas; relatos de vastas migraciones, «de prodigiosas batallas en que los animales habían ayudado a los hombres, hazañas de príncipes duros como el yunque y príncipes que eran el leopardo, y príncipes que conocían el lenguaje de los árboles y que mandaban sobre los cuatro puntos cardinales, dueños de la semilla, la nube, del bronce y del fuego».

En esas historias alimentan los esclavos las esperanzas de su libertad y con ellas se lanzan a la lucha y proclaman la rebelión: en las llanuras del Norte las haciendas de los blancos son invadidas por el veneno, extendido por los secuaces de Mackandal, que se revela ante la fe de sus fieles como un investido de Altos Poderes, capaz de transformarse «en animal de pezuña, en ave, pez o insecto. Los perros no le ladraban; mudaba de sombra según conviniera. De noche solían aparecerse en los caminos bajo el pelo de un chivo negro con ascuas en los cuernos».

En vano fracasa el alzamiento y Mackandal perece en la hoguera de los amos franceses. El pueblo de los esclavos, poseído de una fe colectiva inquebrantable, cree en sus poderes, que canta en romances y canciones por todos los rincones de la isla, mientras lamenta sus miserias al son de los tambores: «Yenvalo moin Papa. Moin pas mangé qem bambó. Yanvalou, Papá, yanvalou moin». «¿Oh, padre, mi padre, ¿he de seguir comiendo bambúes? Oh, padre, mi padre, cuán largo es el camino. Oh, padre, mi padre, cuán largo es el penar».

Pasan los años, y un maduro Ti Noel asiste con nuevas esperanzas a la rebelión del caudillo Bouckman, el jamaicano que trae las noticias de una lejana revolución francesa que ha declarado ilegal la esclavitud, pero que no consigue imponer sus teorías en Haití. Después de batallas perdidas, fracasos, represiones y peligros sin fin, Ti Noel emprende el regreso a la hacienda de su juventud por una tierra en que la esclavitud (eso cree) ha sido abolida para siempre. Pero un día se detiene a contemplar maravillado el espectáculo más inesperado, más impresionante que hubiera visto en su larga existencia: es el palacio de Sans-Souci, que miles de esclavos negros vigilados por húsares negros construyen para el rey negro de Haití, Henri Cristophe, el nuevo tirano, antiguo cocinero de una posada de Ciudad del Cabo, dueño del albergue La corona «que hoy fundía monedas con sus iniciales, sobre la orgullosa divisa de Dios, mi causa y mi espada»: «Sobre el fondo de montañas estriadas de violado por gargantas profundas se alzaba un palacio rosado, un alcázar de ventanas arqueadas, hecho casi áereo por el alto zócalo de una escalinata de piedra.

Había largos cobertizos, una cúpula asentada en blancas columnas, terrazas, estatuas, arcadas, jardines, pérgolas y laberintos de boj. Jóvenes capitanes de bicornio, constelados de reflejos, sonaban el sable sobre los muslos en la explanada de honor. A las ventanas se asomaban damas coronadas de plumas». La admiración de Ti Noel se quiebra con un garrotazo en el lomo: su libertad ha terminado y deberá ayudar a la construcción de una fortaleza, más impresionante que el palacio, para el rey Cristophe: el castillo de La Ferrière, asombrosa ciudadela cuya evocación es la cima del relato maravilloso de Carpentier y espléndida manifestación de su enorme talento literario. Signo de la absurda tiranía, de la obsesión por el poder, de la traición a su pueblo y del implacable deseo de la fantasía que busca hacerse realidad, La Ferrière se alza en la cima del Gorro del Obispo, florecida de hongos encarnados, «mole de ladrillos tostados, levantada más arriba de las nubes, con tales proporciones que las perspectivas desafiaban los hábitos de la mirada». En este laberinto de túneles, corredores, aljibes, mazmorras, comedores y salas de armas, caminos secretos y cuartos para las mujeres, legiones de hombres se afanan edificando torreones y almenas sobre cimientos amasados con sangre de toros degollados. Henri Cristophe instaura allí una corte napoleónica, rica de entorchados y libreas doradas, reluciente de uniformes y botas de charol.

Allí hace tocar a las bandas militares las músicas europeas, mientras su capellán lee al príncipe heredero las Vidas paralelas de Plutarco. Allí ordena cuando le place la muerte de un perezoso, la ejecución de los peones tardos, o la tortura de los díscolos. Pero su reino es efímero, un decorado falso de imitación europea, con disciplinas impuestas sin sentido y falaces emulaciones de otros poderosos del Viejo Mundo. Un día los tambores del relevo de guardia suenan con ritmos aciagos para el primer rey negro de Haití, que oye espantado el destemple de los parches: «La mano del monarca se alzó en un gesto de colérica sorpresa. Los tambores, destemplados, habían dejado el toque reglamentario, desacompasándose en tres percusiones distintas producidas, no ya por los palillos, sino por los dedos sobre los parches». Están tocando el manducumán, que anuncia el fin de la monarquía. En la noche «truenan los tambores radás, los tambores congós, los tambores de Bouckman, los tambores de los Grandes Pactos, los tamborés todos del Vudú, en vasta percusión que avanzaba sobre Cristophe, apretando el cerco».

En una montón de cemento fresco de la Ferrière hallará su última morada el cadáver del rey, suicidado en la soledad de sus vastas habitaciones desamparadas por su ejército y asediadas por los rebeldes.

Y Ti Noel reeemprende la vuelta a su antigua hacienda, largo peregrinar de sufrimientos que parecen sin fin. Porque una vez que el tirano Cristophe ha muerto, surgen nuevos amos en las llanuras del Norte: son los Mulatos Republicanos, que declaran obligatorias las tareas agrícolas y reclutan otra vez a los esclavos. Mackandal no había previsto esto del trabajo obligatorio, ni Bouckman el jamaicano, ni siquiera Henri Cristophe hubiera sospechado que las tierras de la isla irían a propiciar esta nueva aristocracia que se apoderaba de las antiguas haciendas, de los privilegios y de las investiduras. El látigo no cesa. Amos blancos, amos negros y amos mulatos: «El anciano comenzaba a desesperarse ante ese inacabable retoñar de cadenas, ese renacer de grillos, esa proliferación de miserias, que los más resignados acababan por aceptar como prueba de la inutilidad de toda rebeldía. Ti Noel temió que lo hicieran trabajar sobre los surcos a pesar de su edad, pero el recuerdo de Mackandal volvió a imponerse en su memoria».

Y el anciano esclavo, a pesar de su abatimiento, comprende que el hombre nunca sabe para quién padece y espera: «Padece y espera y trabaja para gentes que nunca conocerá y que a su vez padecerán y esperarán y trabajarán para otros, que tampoco serán felices, pues el hombre ansía siempre una felicidad situada más allá de la porción que le es otorgada. Pero la grandeza del hombre está precisamente en querer mejorar lo que es. En imponerse Tareas. En el Reino de los Cielos no hay grandeza que conquistar, pues allí todo es incógnita despejada, existir sin término, imposibilidad de sacrificio, reposo y deleite. Por ello, agobiado de penas y de Tareas, hermoso dentro de su miseria, capaz de amar en medio de las plagas, el hombre puede hallar su grandeza, su máxima medida en el Reino de este Mundo». Comprende Ti Noel que en la plenitud de gloria del Reino de los Cielos, como enseña San Agustín, no habrá ya ni fe ni esperanza innecesarias, pero que solo la fe y la esperanza pueden alimentar los arduos trabajos del reino de este Mundo.

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