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Pícaros con ventura y desventurados pícaros

Autor: Ignacio Arellano
Catedrático de Literatura
Universidad de Navarra
Fecha:  10 de noviembre de 2001
Publicado en:  Diario de Navarra

Pícaros hay con ventura
de los que conozco yo
y pícaros hay que no...

Así dice una letrilla de Quevedo. Pero hay que tener buena vista para conocer a los pícaros con ventura, porque solo la alcanzan los que disimulan con suficiente habilidad. Esos pícaros, ayer y hoy, figuran como gentes útiles y hasta imprescindibles, parásitos de eficaz hipocresía que trepan y medran, exigen y devoran. Los sin ventura son los demás, que se resignan a la vida gallofa o intentan sin éxito emular a los venturosos. Pero algo les falta, sus máscaras no funcionan. Ese es el destino de los más famosos y pobres pícaros que malviven en las páginas de ciertas obras maestras. El primero que asoma en la literatura española es Lázaro de Tormes, el Lazarillo. De familia infame, como todos sus compañeros, es entregado por su madre a un ciego, al que servirá de guía. Ese niño abandonado a un mundo cruel y sin misericordia despierta la compasión del lector con sus dolorosas experiencias infantiles, que acumulan golpes, hambre, burlas y penalidades sin cuento: no en vano el relato trata de la vida de Lázaro y sus «fortunas y adversidades» (fortuna en el Siglo de Oro significa penalidad, desdicha...). En la serie de amos sin corazón, desde el ciego sádico que es su primer maestro, solo un escudero muerto de hambre -al cual ha de alimentar el mismo Lázaro- instaura un momento de emociones humanas en el muchacho. Con semejante aprendizaje se comprende que su boda con la manceba de un arcipreste, boda indigna -como todos los sucesos de la vida de Lázaro-, signifique para él alcanzar el puerto de su salvación. Al menos ahora tendrá la comida segura, ya que vano intento sería en sus circunstancias aspirar a cualquier clase de dignidad personal o social.

A Lázaro hereda Guzmán de Alfarache, sacado a la luz en 1599 por Mateo Alemán con igual vocación de indignidad y sufrimiento. El pesimismo de Alemán pasa a su obra literaria y a su protagonista, marcados por una actitud escéptica respecto a las posibilidades del ser humano para la virtud y la bondad. El mundo es un lugar hostil cuya fuerza motora es la violencia y la guerra traidora. Bastaría fijarse en el dibujo o emblema que Mateo Alemán escogió para ilustrar las primeras páginas de sus libros: una araña se descuelga sobre una serpiente descuidada, para picarla y matarla con su ponzoña, lo que explica el mismo narrador: «Todo anda revuelto, todo apriesa, todo enmarañado. Todos vivimos en asechanza los unos de los otros, como el gato para el ratón o la araña para la culebra, que hallándola descuidada se deja colgar de un hilo y asiéndola de la cerviz, la aprieta fuertemente, no apartándose de ella hasta que con su ponzoña la mata». La larga historia de Guzmán de Alfarache empieza, como es de rigor, con la genealogía del protagonista, hijo adulterino y de origen infame. Muerto su padre abandona Sevilla para conocer tierras y buscar a sus parientes en Italia. Todas sus aventuras serán engaños, fraudes, alcahueterías y trampas, hasta que es condenado a galeras y perdonado cuando delata a unos compañeros que pretenden amotinarse. Arrepentido de sus maldades Guzmán escribe su vida para aviso y escarmiento: «aquesta confesión general que hago, este alarde público que de mis cosas te represento, no es para que me imites a mí; antes para que sabidas, corrijas las tuyas en ti». Ahí radica quizá el único aspecto optimista de esta amarga historia, pues la lucha moral que soporta Guzmán supone la esencial libertad humana, y muestra cómo el hombre es dueño al fin de elegir su destino, corrompiéndolo a veces, pero abierto siempre a la conversión.

Y tras Lázaro y Guzmán llega el tercer gran pícaro de la literatura española, don Pablos, el Buscón, víctima de la pluma de don Francisco de Quevedo, su mayor enemigo. El curriculum vitae de Pablos está formado por una serie de aventuras catastróficas para el personaje, que fracasa constantemente en su búsqueda de estabilidad económica y social, y cuyos obsesivos fingimientos de nobleza son desenmascarados sin cesar. Había pensado Pablos que podría triunfar como otros recordados en la letrilla citada:

Alguno vi que subía
que no alcanzaba anteayer
ramo de quien descender
sino el de su picardía...

Pero el desdichado está rodeado de gentes mucho más habilidosas en el engaño, empezando por su amo don Diego Coronel, uno de los pícaros venturosos. Y no es que el Buscón no lo intente: desde pequeño tiene «pensamientos de caballero», y pretende escalar puestos por medio del robo y a la estafa. En la corte, al abrigo del anonimato de la gran urbe, toma el disfraz de caballero, haciéndose llamar pomposamente don Álvaro de Córdoba, o don Ramiro de Guzmán... Finge ser dueño de casas, coches y caballos... Todo en vano: siempre es desenmascarado, apaleado, encarcelado... Pablos no es el único tramposo, solo el más desgraciado. Toda la sociedad está dominada por el fraude, según le enseñaba su padre (experto en tales menesteres): «Quien no hurta en el mundo, no vive»; el hurto es universal y la engañifa también. Un día observa Pablos a un caballero «con su capa puesta, espada ceñida, calzas atacadas y botas y al parecer bien puesto» que camina cerca de un coche. Pronto se desengaña: las calzas son mitad fingidas con «entretelas de nalga pura», los calzones se le caen sin cinturón, de la camisa no tiene sino un harapo, el coche no es suyo. Así es este mundo, lleno de practicantes de los mil «modos nacidos del ocio para vivir a la droga».

Comprende Pablos que «dos amigos, como sean codiciosos, si están juntos, se han de procurar engañar». Y siempre son codiciosos. La relación humana se establece dentro del engaño universal. Si para Pitágoras y otros filósofos la armonía era el principio ordenador del universo, para Pablos y sus congéneres solo existe el caos de la omnipresente decepción.

La vida de otros personajes como el guitón o pordiosero Onofre, protagonista de una novela de Gregorio González (ingenio riojano de Rincón de Soto), o la del bachiller Trapaza (de Castillo Solórzano), siguen por estos derroteros y añaden poco a las de sus hermanos mayores. Tienen más interés las andanzas del pícaro bufón Estebanillo González, que recorre todos los oficios (barbero, cirujano, paje, criado, pinche de cocina, mendigo, buhonero, cabrero, albañil, aguador, bufón, correo...) en sus aventuras por una Europa devastada por la Guerra de los Treinta Años.

Algo mejor suerte, no mucha, tienen las mujeres pícaras Justina, Teresa de Manzanares o la ingeniosa Elena hija de Celestina, que en otras novelas utilizan su belleza para sus ardides, en general más refinados y exitosos que los de sus compañeros masculinos. Y es que éstos, pobres, infames y sin el recurso de la hermosura, son unos tristes pícaros desventurados, sin fortuna, amor ni respeto, condenados al fracaso en la cara oscura de la sociedad, y que si alguna vez nos provocan la risa con su ignoto pecado original, es una risa como decía Quevedo de las cosquillas, que nos hacen reír con enfado y desesperación.

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