Noticias© Comunicación Institucional, 10/09/2007

Universidad de Navarra

Roces de verano

Autor: Javier Saez Castresana
Facultad de Ciencias
Universidad de Navarra

Fecha: 10 de septiembre de 2007

Publicado en: Diario de Noticias (Navarra)

El curso comienza de nuevo. Los niños están agotados, tal vez más que al terminar las clases. Han olvidado casi todo lo que aprendieron en el curso anterior, normas de educación incluidas. Las vacaciones se hacen largas; los niños tienen demasiado tiempo libre. Los padres debemos estar alerta, pues hay que corregir casi de continuo. Algunos padres ya no corrigen; han caído en el peor error. ¡Pobres profesores!: no tienen ninguna gana de empezar, a pesar de sus dos meses de vacaciones; la idea de ver de nuevo a niños, jóvenes o adolescentes en el aula les aterra. ¿Culpables?: los padres que no corrigen, pero también los profesores, o algunos de ellos, que carecen de autoridad, no porque se la roben los alumnos, sino, tal vez, porque nunca la tuvieron.

Así se mostrará gran parte de la sociedad española a mediados de septiembre: los niños locos en clase, armando la bulla a la que se han acostumbrado en vacaciones; los profesores en situación de alerta, prevenidos para el combate; y los padres comentando y comparando sus vacaciones en tertulias de café, tratando de olvidar para otro momento los roces de verano.

Al regresar en septiembre hay que intentar olvidar que las vacaciones se fueron, que no nos hicieron descansar tanto como pensábamos, que nos produjeron algunas heridas por el exceso de cercanía entre unos y otros miembros de la familia. Y podremos llegar casi siempre a la sana, práctica y cierta conclusión de que somos un poco mejores gracias al verano: estamos más curtidos por el trato cercano con tantas personas, perdonamos más y mejor, ganamos en cintura (me refiero a la psicológica, claro; la otra, ¡uf!)…

Es una pena constatar que hay más divorcios tras el verano. Los roces veraniegos no deberían producir divorcios. En verano, por disponer de más tiempo, marido y mujer deberían ejercitarse en otro tipo de roces, analizando si se rozan suficientemente durante el resto del año, estudiando juntos la cantidad y calidad del roce que cada cual le debe al otro, sugiriendo una y uno cómo le gustaría que le rozasen... Seguro que así, con cálidas maneras, y a pesar del tórrido verano, no lograría éste deshacer ningún matrimonio.

El verano nos enseña que somos débiles; tan poca cosa que si nos dejamos llevar por nuestras opiniones y caprichos hacemos bastante daño al otro. Aprendamos a ceder muchas veces en pro de la paz familiar: sirvámonos de los veranos que nos queden, tal vez pocos, para darnos cuenta.

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