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10/06/2009

Europa, abstención y responsabilidad

Autor: Santiago Álvarez de Mon
Profesor del IESE
Universidad de Navarra

Fecha: 10 de junio de 2009

Publicado en: Expansión (Madrid)

Europeísta convencido, lamento sinceramente la indiferencia que en general suscitan las elecciones al parlamento europeo. En el caso de España, lo mejor que nos ha pasado es pertenecer a la vieja casa común europea desde 1986. Pese a sus hendiduras y goteras, ha sido un referente esencial en el histórico proceso de afirmación y consolidación de nuestra democracia. Sólo a guisa de ejemplo, no se entiende la espectacular renovación de nuestras ciudades e infraestructuras sin los fondos estructurales de la Comunidad.

Sin embargo, uno de cada dos españoles pasa olímpicamente de elegir los miembros de un parlamento que cada vez interviene más en decisiones que afectan directamente a su vida. Flaco consuelo compararse con otros países donde la abstención alcanza cotas altísimas y desazonadoras. Haciendo abstracción de las particularidades nacionales de cada Estado miembro, un viento racheado de indolencia y despego cruza los cielos europeos. ¿A qué se debe tanta desgana y frialdad?

En búsqueda de una respuesta convincente, la nefasta campaña electoral aparece como primer factor disuasorio. La clase política ha transformado las elecciones en una patada a la inteligencia y el buen gusto. Los “debates” están constantemente salpicados de ofensas y vituperios personales. Los que deberían hacer pedagogía de lo que significa gobernar en democracia se ríen de ésta cada vez que abren la boca.

El mastodonte de Bruselas tampoco ayuda. La capital de Bélgica se liga con su extraordinario chocolate, y con un mamotreto burocrático y lejano cuya función no se acaba de entender. No es casual que la política local lleve muchas veces aparejada una relación representante- representado en la que éste evalúa al primero en base a su gestión. El voto se personaliza, cuenta más el perfil del candidato que las siglas asfixiantes del partido. ¿A qué se dedican nuestros parlamentarios europeos? ¿Cuánto nos cuestan? ¿Qué impacto tienen en nosotros? Si la distancia y complejidad de los asuntos abordados limita la visibilidad e inmediatez de su trabajo, razón de más para invertir en tareas didácticas.

El resto del artículo podría consagrase a la dramática ausencia de liderazgo político. Nos dirigen personas muy mediocres que apelan a lo peor de nuestra controvertida naturaleza. Apalancado en hechos, podría exhibir palabras y argumentos irrefutables. Seamos un poco más ambiciosos y honestos. ¿Qué parte de culpa tenemos? Una primera reflexión despunta enseguida. Les nombramos nosotros, por tanto, asumamos la responsabilidad. Si desciendo a nuestra vida cotidiana, advierto comportamientos y hábitos que se relacionan con la abstención.

En el ámbito empresarial, ¿cuántas decisiones están imbuidas de un rancio nacionalismo económico? ¿Qué grado de integración cultural se da en equipos formados por profesionales de distinta nacionalidad? A la hora de contratar, pagar, promover o despedir, ¿qué pesa más, el talento, la ilusión y la integridad, en esencia apátridas o la afinidad funcional, sanguínea o ideológica? En un plano más personal, ¿cómo percibo al francés, inglés o alemán de turno?¿Sigo siendo un manojo de clichés y prejuicios, o me abro curioso y expectante a su peculiaridad y diferencia? Mi actitud tendrá mucho que ver con la suya, la ley de la reciprocidad nunca falla.

¿Quién soy? Buceando en la inmensidad de una respuesta todavía por desvelar, parte de la misma está vinculada con mi noble condición de europeo. La rica herencia cultural de Grecia, el sabio y realista tributo de Atenas a la función de gobernante, el inmenso legado del Derecho romano, la revolución personal del cristianismo -la necedad confunde la libertad y un legítimo laicismo con una agresividad gratuita y desmemoriada- constituyen mis raíces y cimientos. De ahí vengo, y sólo entendiendo y asumiendo mi pasado puedo contribuir en el presente a la ingente misión de los EE. UU. de Europa. Nuestro avejentado y aburguesado caserón europeo es la única base de operaciones, no sólo para competir con los gigantes americanos y asiáticos, sino para hacer un poco más habitable este convulso planeta. En esta era digital, en la que el individuo dispone de más recursos que nunca, quejarse, abstenerse, es una suerte de dimisión personal que sólo al poder beneficia. Europa es nuestra responsabilidad, nuestro turno.

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