Noticias© Comunicación Institucional, 10/06/2005

Universidad de Navarra

El coma constitucional europeo: algunas posibles consecuencias

Autor: Esteban López-Escobar
Presidente de la WAPOR
Universidad de Navarra

Fecha: 10 de junio de 2005

Publicado en: ABC (Madrid)

La versión on-line del Tageblatt de Luxemburgo publicó el viernes pasado un artículo titulado "La Constitución europea en estado de muerte clínica". El sábado, el diario parisino Le Figaro contaba cómo Chirac y Schroeder, "affaiblis" (debilitados), iban a reunirse para tratar de hacer frente a la situación. En Francia y en Holanda los ciudadanos han rechazado el Tratado para una Constitución europea.

Las perspectivas sobre los referendos en los siete países que aún no han votado -y que optaron por esta fórmula- son malas, desalentadoras. En Dinamarca, que tiene previsto su referendo para el 27 de septiembre, cuatro encuestas recientes (véase Tageblatt, 5 junio 2005) muestran que la tendencia hacia el "no" crece, y supera la posible respuesta a favor del Tratado: Gallup detecta un 38% a favor del "no", frente al 34% favorable al "sí", Vilstrup asigna el 34% al "no" (frente al 31% al "sí"), Greens informa de que el 39,5% se opone al Tratado (frente al 31% que están a favor), y Megafon también descubre una tendencia hacia el "no", aunque la diferencia sea sólo de un punto.

En realidad, considerando el apoyo real al Tratado, los resultados no son muy distantes entre España y Francia. En España, con una abstención superior al 58% en el referendum de febrero, el 77 por ciento que votó a favor del Tratado significaba realmente que uno de cada tres ciudadanos españoles con posibilidades de votar dijo que "sí". Teniendo en cuenta que la participación francesa fue del 70 por ciento, el 45% de votos favorables al Tratado representa una proporción similar: prácticamente también uno de cada tres ciudadanos franceses dijeron que sí al Tratado: la diferencia real entre Francia y España es mínima, aunque en España el 77% del 42% de la población votante ofreciera un resultado positivo. Las cifras de Holanda fueron, ciertamente, mucho peores que las francesas y que las españolas.

Incidentalmente, parece ahora más claro que el "sí" del referendum español se benefició del apoyo del centro derecha, mientras que el "no" de Francia, por ejemplo, se debió en buena medida al voto de izquierdas. En España, en las comunidades de predominio socialista el promedio del voto real a favor del "sí" fue del 32%, y en las comunidades con predominio del Partido Popular del 34%; y, en sentido inverso, el porcentaje del "no" fue superior en las comunidades de predominio socialista (casi un 8%) que en las de predominio de los populares (un 6,5%)

Como se sabe, son diez los países que afrontaron el Tratado anunciando la celebración de un referendum; y de ellos quedan por votar Luxemburgo (donde el porcentaje del "no" era en octubre el 24% y el mes pasado había subido al 41%), Dinamarca, Portugal, Polonia, la República Checa, Irlanda y Gran Bretaña. Un Eurobarómetro especial sobre el futuro del tratado constitucional -publicado en marzo de 2005, con el trabajo de campo hecho a fines de 2004- no detectó un porcentaje muy alto a favor del proyecto de Constitución en la mayoría de esos países. Comenzando con los datos menos favorables al Tratado los porcentajes a favor eran éstos: Gran Bretaña (20%), Irlanda (26%), la República Checa (39%), Portugal (40%), Polonia (43%) Dinamarca (44%), Francia (48%), España (56%), Luxemburgo (57%), y Holanda (63%).

Si precisamente en dos de los países en que -a fines de 2004- había un porcentaje más elevado de gente a favor del Tratado se han producido resultados tan contrarios a él, ¿qué cabe esperar que suceda en los otros países comprometidos a celebrar su referendum? Parece que el efecto dominó puede agrandarse, hasta el extremo de que, si llegaran a celebrarse, todos los referendos pendientes podrían resolverse en contra del Tratado. Por eso en Gran Bretaña el referendum acaba de aparcarse; los polacos y los checos comienzan a plantearse su aplazamiento; y el ministro de Asuntos Exteriores de Portugal acaba de declarar -a título personal, desde luego- que el Tratado no parece viable y que habría que empezar a preparar otro diferente. No hay que olvidar, por otra parte, los efectos de estos acontecimientos en aquellos países que no han ratificado aún el Tratado, y que se planteaban hacerlo por un procedimiento distinto al del referendum. ¿Con que autoridad pretenderán los gobiernos o los parlamentos de Suecia, Finlandia y Estonia, por ejemplo, aprobar un Tratado que han rechazado los ciudadanos de algunos estados, y que algunos gobiernos han metido en el congelador?

España seguirá siendo "diferente", como se decía en los años sesenta del siglo pasado, y Rodríguez Zapatero puede quedarse sólo con la pancarta de la manifestación. Además, cabe pensar que, si se hubiera producido el debate necesario, que se escamoteó por las prisas europeístas del gobierno, y no se hubiera dado el apoyo del centro derecha al Tratado, las cosas podrían haber sido, también aquí, algo distintas. El argumento de que la Constitución es buena, pero que los ciudadanos han aprovechado la coyuntura del referendum para tirarle de las orejas al gobierno francés y al holandés parece algo pueril. Si el proceso de rechazo sigue adelante en los países restantes -y los cálculos están a favor de esta posibilidad-, ¿puede mantenerse ese argumento? ¿Habría que pensar que tan sólo el gobierno español se salva de la censura ciudadana?

No cabe duda de que algunos gobernantes están saliendo debilitados en este proceso. Las últimas encuestas francesas muestran "una caída libre" de Jacques Chirac, cuya cota de popularidad ha bajado al 26%. La incógnita es si el gobierno español de Zapatero, de momento el único gobierno triunfador en su referendum, saldrá reforzado por haber seguido el "camino correcto", a juicio de su presidente, o si será considerado como un gobierno incauto, al impulsar al país hacia una Constitución que por razones diversas -de las que no excluyo un cierto margen de egoísmo- comienzan a rechazar las poblaciones de otros países importantes de la Unión Europea, las cuales han situado al Tratado en estado comatoso o, como afirman los euroescépticos, definitivamente difunto.

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