Noticias: 10/06/04 [ © Comunicación Institucional, 2004 ]
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La población de Navarra a la luz del Censo de 2001
Autora:Elvira Martínez Chacón
Profesora de Economía Regional
Universidad de Navarra
Fecha: 10 de junio de 2004
Publicado en:  Diario de Navarra

La realidad geográfica y humana de la Comunidad Foral se puede definir en muy pocas palabras como la que corresponde a una región pequeña y poco poblada, cuya población se concentra en Pamplona y envejece con una cierta rapidez. La reciente aparición del número 21 del Boletín Informativo del Instituto de Estadística de Navarra correspondiente al mes de mayo proporciona la oportunidad de actualizar el conocimiento de esta realidad demográfica1. Se trata de un número monográfico cuyo contenido utilizamos en lo que sigue.

Los datos presentan un primer hecho positivo: en el período intercensal (1991-2001) la población de Navarra ha registrado un mayor dinamismo que en décadas anteriores e incluso superior al que se registra en España, un hecho que ha permitido aumentar el peso relativo de la región. En concreto en 2001 hay 36.552 personas más que diez años antes. Dicho esto hay que añadir que la mayor parte del incremento se debe a la llegada de inmigrantes y no a un aumento de la natalidad; y así el saldo migratorio supone el 92 % de los nuevos habitantes de Navarra, mientras que el crecimiento vegetativo, es decir, la diferencia entre nacimientos y defunciones, sólo alcanza un 8 % del total.

La tercera parte de la población navarra vive en la capital, Pamplona, cuyo tamaño ha aumentado un 2 % en el decenio; pero también en municipios próximos como Barañain, Burlada y Villaba, cuyas poblaciones han aumentado en un 27.6 %, 14.4 % y 27.2 % respectivamente. ¿A qué se deben estas modificaciones? En general los nuevos vecinos son personas que trabajan en la capital y que han establecido su domicilio en estos municipios, buscando un menor coste de la vivienda. (gráficos nº 1 y 2)

La inmensa mayoría del crecimiento natural se ha producido en Pamplona y viene impulsado por el aumento de los nacimientos; pero también en el Noroeste, aunque ahora es debido a la caída de la mortalidad; entre ambas zonas aglutinan el grueso del incremento demográfico por razones naturales. La Ribera y Tudela también han visto aumentar su población como consecuencia tanto de la caída de la mortalidad como del aumento del número de nacimientos.

Es una tónica general que quienes abandonan sus países de origen sean jóvenes. Así sucede también en nuestro caso, la mayor parte de los extranjeros tiene edades comprendidas entre 20 y 40 años. Figuran en cabeza los que proceden de dos países de habla hispana, Ecuador y Colombia, de donde procede el 28 y el 13,4 % de los extranjeros, y ya por detrás Marruecos, Portugal y Argelia.

Centrándonos ahora en el conjunto de la población, destaca la caída del índice de juventud y el alto grado de envejecimiento que se ha producido durante el período que estudiamos. Lo recogemos en pocos datos.

De acuerdo con el Censo de 1991 la población menor de 15 años suponía en Navarra el 17.4 % del total, mientras que la que tenía 65 años y más era el 15.5 %. Diez años más tarde, en el último Censo el primer índice se ha reducido en más de tres puntos porcentuales y sólo supone el 13.7 %, mientras que la que supera los 64 años es el 18.1. Todavía destaca más el aumento de la población verdaderamente mayor, es decir la que supera los 74 años, que ha aumentado dos puntos porcentuales y pasa de suponer el 6.5 % al 8.5 %.

La reducida tasa de natalidad y el hecho de que la población que viene del extranjero tiene, como hemos dicho, edades comprendidas entre 20 y 40 años, han permitido reducir ligeramente la tasa de dependencia, es decir el cociente entre la suma de la población menor de 15 y mayor de 64 años y la población en edades laborales, una tasa que ha pasado del 48.6 al 46.7. No sucede así con el índice de dependencia senil, que se mide a través del cociente de la población mayor de 64 años entre la que tiene entre 15 y 64, que ha pasado desde el 22.8 % al 26.6 %.

La situación no es desconocida pero llama la atención la rapidez con que se produce y aconseja seguir avanzando en el diseño y puesta a punto de infraestructuras que faciliten la movilidad de las personas mayores, en la prestación de los servicios más necesarios que, además, deben distribuirse en el territorio de manera que la mayor parte de la población pueda tener acceso a ellos de forma fácil y rápida. Es cierto que la sociedad navarra es tradicionalmente solidaria y que la región está bien dotada de centros de salud, pero se va a necesitar un número elevado de plazas en residencias para las personas mayores, unos servicios que, tanto la iniciativa privada como las distintas Administraciones tienen que programar y llevar a cabo para que no se produzcan carencias asistenciales que afecten negativamente a la población menos protegida y a la que esté más sola. Todo un reto al que los navarros tenemos que hacer frente con imaginación.

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