Noticias: 10/01/04 [ © Comunicación Institucional, 2004 ]
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El afán de poder
Autor:Guido Stein
Profesor de Dirección de Personas
Universidad de Navarra
Fecha: 10 de enero de 2004
Publicado en:  Expansión (Madrid)

A menudo insistimos en la idea de que los gobiernos son organizaciones; sin embargo, olvidamos que también ocurre a la inversa: las organizaciones son gobiernos. Justamente en esta coincidencia es donde se asienta el afán por el poder.

Poder y organización coinciden, de ahí que las batallas, incluso guerras, por el poder dentro de las empresas sean algo tan cotidiano, aunque los protagonistas pretendan dar una versión ad usum delphini o se embosquen hablando, por ejemplo, de la creación de valor para el accionista.

La vida enseña a los directivos que en el ejercicio del poder y la influencia, en su acumulación, despliegue y pérdida se la juegan como tales. Para ejercer el poder hay que disponer de la voluntad de hacerlo, que encierra el instinto de competitividad menos confesable.

Ya se sabe que cuando se trata del poder la inocencia es un defecto y el cinismo un exceso. La primera experiencia intensa del joven directivo que devanea con el poder es, precisamente, la que le hace consciente de que no dispone de todo el poder que necesitaría para abordar la tarea encomendada. Se trata de un déficit estructural, porque para alcanzar sus objetivos el directivo necesita de personas sobre las que no tiene poder formal. Ésta es una buena razón para que ejerzan de políticos. En realidad, el presidente de una compañía ha de ganarse a cada uno de los stakeholders de su empresa, como un político cosecha sus votos. ¿No es eso lo que hacen los eficaces e intentan los mediocres?

El poder desgasta al que no lo tiene tanto como al que lo tiene, ya que para vencer las resistencias al cambio se ha de invertir poder político de difícil sustitución. Evitar esa amortización es la competencia política que más escasea. Como dice un político italiano, es una cuestión de finezza: lograr objetivos con las líneas de acción menos costosas, menos arriesgadas, menos predecibles y obvias. Y es que la acción política premia la intervención mínima, donde la mejor batalla es la no librada. Como advertía el ministro Pío Cabanillas padre, "en política se camina de lado o de perfil, nunca de frente". Igual que en la empresa, ¿no?

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