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Polvo, sudor y hierro
Autor:Ignacio Arellano
Catedrático de Literatura
Universidad de Navarra
Fecha: 9 de noviembre de 2002
Publicado en:  Diario de Navarra

En San Pedro de Cardeña clamorean las campanas mientras los pregones suenan en Castilla anunciando que «se va de tierra mio Cid Campeador». Acusado de rebeldías y desfalcos por los mestureros, el rey lo expulsa de su reino, condenando a quien le ayude a perder sus haciendas «y aun los ojos de las caras». La gente lo mira atravesar Burgos con sus mesnaderos; «llorando de los ojos», todos dicen lo mismo: «Dios, ¡qué buen vasallo! ¡Si tuviese buen señor!». Rodrigo Díaz de Vivar nació hacia 1040 de una familia de infanzones (categoría de la baja nobleza), y fue educado junto al príncipe Sancho, quien lo haría general de su ejército. A la muerte de Sancho, el rey Alfonso mantiene con el Cid relaciones más conflictivas, hasta desterrarlo en el 1081. La leyenda agranda la figura del héroe, convertido en uno de los mitos fundacionales de Castilla y de España, tal como se refleja en el admirable Poema de mio Cid, y en otros muchos textos del romancero o del teatro del Siglo de Oro que recrean episodios como la jura de Santa Gadea («En Santa Gadea de Burgos / do juran los hijodalgos / allí le tomó la jura / el Cid al rey castellano. / Las juras eran tan fuertes / que al buen rey ponen espanto, / sobre un cerrojo de hierro / y una ballesta de palo...»), o sus relaciones con Jimena, recogidas por Guillén de Castro en Las mocedades del Cid, o Corneille en Le Cid, y que llegan a la película protagonizada por Charlton Heston y Sofía Loren, cuya ambientación supervisó nada menos que don Ramón Menéndez Pidal.

El disfavor del rey no quita al Cid la lealtad de los suyos. A los sesenta pendones que flamean por las calles de Burgos se añaden pronto un centenar de caballeros bien armados. Entre ellos van los grandes guerreros de su tropa: «Minaya Alvar Fáñez, que Zorita mandó, / Martín Antolínez, el burgalés de pro, / Martín Muñoz, que mandó Montmayor, / Galín García, el bueno de Aragón, / Felez Muñoz, su sobrino del Campeador...».

Todos parten un día al quebrar del alba tras oír la misa de la Trinidad en el monasterio de San Pedro. La oración de despedida de Jimena («Ay, Señor glorioso que en el cielo estás, / del agua hiciste vino y de la piedra pan, / resucitaste a Lázaro por la tu voluntad; / yo ruego a San Pedro que me ayude a rogar / por mio Cid Campeador, protégelo de mal»...) impresiona a su marido, que mira llorando a sus hijas, partiéndose de su familia «como la uña de la carne». Pero ha pasado el tiempo de las expansiones sentimentales, como bien sabe Alvar Fáñez: «Mio Cid ¿do son vuestros esfuerzos?». Es tiempo de cabalgar... Castejón será una de las primeras conquistas que mostrarán la dimensión heroica del caudillo. A su marcha «los moros y las moras bendiciéndole están». Lo mismo harán los moros de Alcocer, que aun siendo enemigos agradecen su justicia y humanidad: «Cuando mio Cid el castillo va a dejar / moros y moras se empiezan a quejar. / Cuando dejó Alcocer mio Cid el de Vivar / moros y lloras echaron a llorar». En todas sus acciones el Cid guerrea con implacable valentía, pero siempre respeta los valores de la generosidad y la piedad, sin crueldad ni venganza.

Los reyes musulmanes que se alían para salirle al paso fracasan uno tras otro. El Cid mantiene incólume su lealtad al rey, a quien envía ricos presentes. Su ejército, cada vez mayor «pasando va las sierras, los montes y las aguas» en una marcha imparable hacia el reino de Valencia, que conquista después de un asedio. Tras el recibimiento solemne de su familia, que ha mandado traer de Castilla, sube con su mujer y sus hijas a las almenas del alcázar valenciano y les muestra, orgulloso, el mar y las huertas en una escena que consideraba Menéndez Pidal una cima de toda épica: «Con sus bellos ojos miran por allá, / miran a Valencia como yace la ciudad, / y de la otra parte cercano ven el mar, / y allí miran la huerta espesa y grand, / y allí alzan las manos para a Dios rogar». Desde la glera o árido cascajal en que pernoctaron sus hombres a la salida de Castilla, el Cid ha conquistado un reino fértil al borde del mar por donde vuela su fama, y casa a sus hijas con unos nobles leoneses de alta prosapia, los infantes de Carrión.

No falta el humor en esta historia de guerras. El conde don Remón de Barcelona inicia una huelga de hambre, enojado de haberse dejado vencer de «tales pelagatos»: «No comeré un bocado por cuanto hay en España / antes perderé el cuerpo y dejaré el alma, / pues tales malcalzados me vencieron en batalla». El Cid se burla del aristócrata vanidoso, que acaba comiendo con buen apetito, después de pedir -el exquisito- agua para las manos. La libertad, le dice el Cid, te la otorgo, pero de las riquezas que os he ganado en batalla «non vos daré a vos un dinero malo». Otro día, en el palacio de Valencia se escapa un león, del que huyen ignominiosamente sus yernos, refugiados por las letrinas, con las burlas consiguientes de toda la corte, en un episodio cómico que servirá a Quevedo para escribir uno de sus romances más grotescos («Medio día era por filo, / que rapar podía la barba, / cuando después de mascar / el Cid sosiega la panza»).

Pero en el episodio de los Condes el humor se tornará en tragedia para dar lugar a una última tribulación previa a la apoteosis del Cid. Sucede la famosa afrenta de Corpes. Los cobardes infantes, irritados, se despiden para regresar a Carrión. En el camino maltratan a doña Elvira y doña Sol, y las abandonan en el bosque, azotadas y desnudas, para que sean pasto de las fieras («Ya no pueden hablar doña Elvira y doña Sol, / por muertas las dejaron en el robledo de Corpes»). Rescatadas por su primo Felez Muñoz, la noticia llega a conocimiento del Cid. En las cortes que el rey convoca para hacer justicia, el Cid reclama a los infantes las dotes entregadas y el honor de sus hijas. Derrotados en el desafío caen los infantes en el desprecio y la deshonra, mientras el Cid casa a sus hijas con los reyes de Aragón y Navarra. El héroe ha triunfado en toda línea. Batallas ganadas, asechanzas eludidas, honores recobrados, y victorias personales y políticas componen una historia transformada en leyenda heroica.

Pero el Cid es, sobre todo, un héroe cuya humanidad destella entre otras cualidades. Rescatemos una última escena de su mito, aquella en que una niña le ruega que pase de largo sin solicitar un asilo que les valdrá el castigo del rey. Así la recrea Manuel Machado en su espléndido poema «Castilla»:

«Buen Cid, pasad. El rey nos dará muerte,

arruinará la casa

y sembrará de sal el pobre campo

que mi padre trabaja...

Idos. El cielo os colme de venturas.

En nuestro mal, oh Cid, no ganáis nada».

Calla la niña y llora sin gemido...

Un sollozo infantil cruza la escuadra

de feroces guerreros

y una voz inflexible grita: «¡En marcha!»

El ciego sol, la sed y la fatiga.

Por la terrible estepa castellana

al destierro, con doce de los suyos,

polvo, sudor y hierro, el Cid cabalga.

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