Noticias© Comunicación Institucional, 09/06/2005

Universidad de Navarra

Lecciones de Paul Ricoeur

Autor: Vicente Balaguer
Facultad de Teología
Universidad de Navarra

Fecha: 9 de junio de 2005

Publicado en: Alfa y Omega (ABC)

Hace unos días, el 20 de mayo, a los 92 años, murió en su casa de París, el filósofo Paul Ricoeur. La prensa ha recordado su defensa del diálogo como una exigencia para vivir, su búsqueda de caminos para la reconciliación, su atención y su análisis de los fenómenos humanos, sus razones para justificar la esperanza, así como su condición de cristiano creyente. El titular de ABC decía que Ricoeur era uno de los filósofos imprescindibles. Algún colega me ha preguntado estos días: ¿Es realmente así?, ¿es verdad lo que dicen de él? Creo que sí, que los calificativos son correctos, y en estas líneas querría detenerme en algunos aspectos de su pensamiento que pueden ser lecciones para el presente.

La vida de Ricoeur fue larga, pero no fácil. Huérfano desde su primera infancia, le tocó participar en la Segunda Guerra Mundial que acabó en un campo de concentración. Con ironía decía que aquello le sirvió para aprender alemán. Profesor en la Universidad de Nanterre en el 68, se unió primero a las protestas de los estudiantes, aunque después fue el decano que llamó a la policía para dispersarlos. Tras este episodio, comenzó un exilio intelectual que le llevó a dar clases por todo el mundo. En los últimos años acumuló premios y honores, aunque tuvo que convivir también con la inesperada y desdichada muerte de su hijo mayor.

Estos episodios que trazan someramente su vida sirven como marco para entender una característica de su pensamiento: la voluntad de sentido. O el sentido o la violencia, decía muchas veces. De ahí su rechazo a las actitudes superficiales y cierta desilusión ante algunos recorridos de la cultura contemporánea. Un texto ya viejo lo describe bien: "Comprender nuestro tiempo -decía- es poner juntos, en relación directa, dos fenómenos: el progreso de la racionalidad y lo que yo llamaría de buena gana, el retroceso del sentido... La insignificancia del trabajo, la insignificancia del ocio, al insignificancia de la sexualidad, ésos son los problemas en los que acabamos desembocando".

La voluntad de sentido está unida a la comprensión de sí mismo. En su Autobiografía intelectual, afirmaba que veía su obra como discontinua y fragmentaria, ya que cada escrito había nacido de cuestiones no resueltas en la precedente. Pero sus primeros estudios sobre la filosofía de la voluntad y las obras posteriores, en las que convoca elementos aparentemente heterogéneos -la metáfora, la narración, la historia, la memoria y el olvido-, coinciden en un objetivo: la comprensión de sí mismo. Tal comprensión no se alcanza a través de la intropatía sino por rodeos: marcando la identidad del yo ante los demás, identificando las propias acciones, etc. Quizás el lugar más privilegiado para comprendernos es la narración. Para entendernos hacemos como una narración autobiográfica, donde lo que somos se descubre al compararlo con lo que podíamos haber sido.

A estas cuestiones Ricoeur les dedicó muchas páginas, porque lo que es relevante nunca es algo sencillo. Se necesita el trabajo y el trabajo de muchos. En Ricoeur llama la atención la ingente bibliografía que maneja y su habilidad para ensamblar las tesis de unos autores con otros. Se ha dicho que su actitud es la del jardinero, la de quien hace injertos. Pero eso necesita una disposición a la escucha, una escucha que no sea ni asentimiento ni combate. El interés de Ricoeur se dirige hacia lo que se dice, y a descubrir desde dónde se dice. Así es como se enriquece el pensamiento. Incluso de aquellos a quienes denominó «maestros de las sospecha» -Marx, Nietzsche y Freud- sacaba beneficios. Quizás el juicio que le defina mejor sea el de Gadamer cuando afirmaba que Ricoeur nunca adoptaba "una postura de oposición sin ofrecer al mismo tiempo cierta forma de reconciliación".

Una actitud así tiene algo de irenismo. Pero el irenismo no es disolución del pensamiento si tienen convicciones. Ricoeur recordaba dos que le sostuvieron siempre: una actitud realista ante el mundo y la compatibilidad entre la fe y la razón. Ambas le conducían a una conclusión: la autonomía del pensamiento filosófico no niega el lugar de la revelación ni como verdad ni como estímulo para pensar. Estos presupuestos son características de la razón creyente católica, aunque Ricoeur no era católico sino calvinista. Con todo, confesaba encontrarse muy a gusto en diálogo con los profesores del Instituto Católico de París o con cualquiera que no necesitara prescindir de la fe para pensar. La revelación, como el símbolo, da que pensar. Y la razón que quiera obviarla será una razón cercenada, una razón que no se atreve a pensar hasta el final.

El lugar necesario del sentido, la disposición a la escucha y la razón estimulada por la fe. Son, pienso, tres de las muchas razones por las que Ricoeur es un 'filósofo imprescindible'.

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