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Lord Jim
Autor:Ignacio Arellano
Catedrático de Literatura
Universidad de Navarra
Fecha: 9 de abril de 2003
Publicado en:  Diario de Navarra

A Jim lo conocen de sobra en todos los puertos asiáticos en los que se gana la vida como representante de efectos navales. Es un hombre alto, de voz profunda y ojos bajos, impecablemente limpio, como si en su ropa (de los zapatos al sombrero), de un blanco inmaculado, quisiera expresar un ansia de pureza, una suprema decisión de intachabilidad.

Pocos tienen la persistencia, la dedicación y la eficacia de Jim (tiene, sin duda, un apellido, pero lo oculta celosamente) y sus jefes aceptan pagarle buenos sueldos. Sin embargo, siempre acaba por dejar el empleo y marcharse. Y es que Jim desea ocultar un hecho secreto que lo impulsa a retirarse hacia el este cada vez que alguien se acerca a su revelación: «Se replegaba en buen orden hacia el sol naciente y el hecho lo perseguía como sin querer, pero inevitable. Conforme pasaban los años se supo de él en Bombay, en Calcuta, Rangún, Penang, Batavia...». Al final su clara percepción de lo intolerable lo aleja para siempre de los hombres blancos y lo instala en la selva virgen malaya, cuyos pobladores añaden a su nombre una sílaba, y lo llaman Tuan Jim, Lord Jim.

¿Cuál es el secreto del héroe más entrañable de todos los que Joseph Conrad ha lanzado a los mares y selvas de su imaginación? No se comprenderá la importancia de tal secreto (que enseguida deja de serlo, porque el narrador Marlowe lo revela en las primeras páginas) si no se comprende primero cuáles son las ilusiones y la heroica visión del mundo que definen a Jim. Hijo de un pastor inglés, procede de una morada de devoción y paz, pero se aficiona a las novelas de aventuras y estudia en una escuela de la marina mercante. El mar se convierte en su destino, un destino que presiente lleno de esplendor y emociones: «Se veía salvando a gentes de barcos que se hundían, cortando mástiles en medio de un huracán, cruzando a nado el oleaje para llevar un cabo. Se enfrentó con salvajes en costas tropicales, sofocó motines en alta mar, y en un bote pequeño en medio del océano infundió ánimos en los corazones de hombres al borde de la desesperación». ¡Jim el romántico, eternamente ingenuo, siempre valeroso!

Pero el mundo está lleno de otras gentes. De hecho, sin ellas los héroes no tendrían sentido. Gentes mediocres, malvadas, feroces o simplemente estúpidas; gentes sin escrúpulos, mendaces, sobornables. Y está lleno de monotonías, de cosas prosaicas a las que un héroe encuentra más difícil resistir que a cualquier drama de brillante intensidad. Jim descubre en el mar «una región extrañamente estéril para todo lo que fuera aventura».

En uno de sus viajes su vida queda marcada para siempre. El Patna es un vapor viejo, comido de óxido, una chatarra flotante que transporta a ochocientos peregrinos hacia la Meca. Una noche tranquila choca con un pecio y empieza a hundirse. La tripulación abandona el barco cargado de peregrinos, y Jim mismo, desgarrado ante la imposibilidad de hacer nada, desorientado frente a una batalla cuyo enemigo ni siquiera puede reconocer, salta al bote de salvamento como quien salta a un pozo. El Patna, sin embargo, no se hunde y las autoridades ordenan una investigación. Solo Jim asume la humillación y la vergüenza. Su verdadero drama consiste en haber dejado pasar la oportunidad del heroísmo, como confiesa ante su amigo Marlowe: «Dios mío, qué ocasión perdida», grita, mientras las aletas de la nariz se le dilatan «olfateando el perfume embriagador de aquella oportunidad desperdiciada». Marlowe lo evoca -inolvidable-en una habitación tropical mirando al mar: «Pude ver que en esa mirada suya que se adentraba en la noche iba todo su ser, lanzado de cabeza a un ámbito imaginario de temerarias aspiraciones heroicas. A cada instante se adentraba más en un mundo de gestas románticas». ¡Si no hubiera abandonado el barco, desdichado!

Ahora debe redimir su destino, cada vez más lejos, iniciando su verdadera odisea en la selva malaya, en Patusán, donde conseguirá el amor y admiración de los nativos, que envuelven su nombre en un halo de leyenda, de fuerza y valor «como el que siempre ha tenido madera de héroe»: convertido en caudillo y defensor de su pueblo ante los abusivos piratas, jeques locales y depredadores de la región, construye su nueva vida. Si lo comparamos con el Kurtz de El corazón de las tinieblas se revela la entidad luminosa de Jim, que no cede a la barbarie ni a la corrupción en un mundo de oscuros y salvajes caminos. Por el contrario, su ingenuidad infantil y su romántico idealismo se mantienen hasta la muerte. Tuan Jim no alcanza del todo a comprender la maldad. Por eso no pondrá remedio a las maquinaciones del pirata Brown, que aparece en Patusán como un cataclismo fatal. Brown no solo descubre interesantes posibilidades si aniquila a ese legendario Tuan Jim que tiene la confianza de los nativos, sino que desea la destrucción de aquella ciudad de la selva: «Había en el discurso entrecortado y violento de ese hombre una indisimulada crueldad, un extraño rencor, una fe ciega en la justicia de su saña contra todo el género humano. Lo que de verdad deseaba era ver aquella ciudad de la selva cubierta de cadáveres y envuelta en llamas». Con este hombre quiere Jim alcanzar un acuerdo que evite la guerra; como asegura al incrédulo Brown el siniestro Cornelius: «Vendrá aquí por las buenas y hablará con usted. Es un imbécil. Ya se dará usted cuenta de lo imbécil que es. Vendrá y le ordenará que deje en paz a los suyos. Todo el mundo debe dejar en paz a los suyos. Es como un niño». Lord Jim, compadecido de las penalidades de los piratas, decide dejarlos marchar libremente, convenciendo a los renuentes nativos: «Eran hombres errantes a los que el sufrimiento hacía incapaces de distinguir el bien del mal. Estaba dispuesto a responder con su vida por cualquier daño que pudieran sufrir al permitirles la retirada a los barbudos de la colina. Eran malhechores, pero también el destino los había tratado con dureza». La traición no se hace esperar («Jim ignoraba el casi inconcebible egoísmo de aquel hombre que enloquecía con la furia vengativa de un autócrata desobedecido cada vez que alguien oponía la menor resistencia a sus deseos»); los piratas atacan la aldea y matan al hijo del jefe Doramín, Dain Waris, gran amigo de Jim, sacrificado en aras de la dignidad y las buenas intenciones. Doramín, desesperado en su dolor, dispara a Jim, quien muere con la cabeza alta, aceptando su destino final. Y aquí acaba la historia. «Jim se va como vino: envuelto en sombras, olvidado antes de alcanzar el perdón, excesivamente romántico. Ni en sus más exaltadas fantasías juveniles podría haber vislumbrado ni la sombra siquiera de un éxito tan extraordinario. Porque bien pudo pasar que en el breve instante que duró esa última mirada suya de orgullo y resolución, hubiera alcanzado a ver el rostro de esa oportunidad que, como una novia oriental, le había salido al encuentro tapada con un velo». Tuan Jim muere para cumplir un sueño, el mismo sueño que vislumbraba en la terraza de Marlowe, apenas iluminado contra el fondo de la noche, como parado a la orilla de un mar sombrío y desesperado, ese sueño de heroísmo que acabó por llegar aunque fuera atravesando los umbrales de la muerte.

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