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Constitución europea
Autor:Josep-Ignasi Saranyana
Profesor de la Facultad de Teología
Universidad de Navarra
Fecha: 9 de marzo de 2003
Publicado en:  La Vanguardia (Barcelona)

En 1984, Ratzinger formulaba una cuestión inquietante: "¿Debe el cristianismo ser considerado una energía positiva en una democracia pluralista?" Esto me preguntaba yo ante el debate sobre al preámbulo de la Constitución europea. La contundente intervención de casi un tercio de los eurodiputados, representantes de un abigarrado frente laico, contra toda eferencia religiosa, da mucho que pensar.

Parece que, en lo religioso, ni un patrimonio cultural de más de mil años se considera ahora un bien digno de protección. Se ha producido un corte histórico preocupante. Lo religioso, aunque haya sido mayoritario, se contempla sólo como un tema de preferencias subjetivas. Y para evitar el choque de intereses contrapuestos, se orilla cualquier alusión. Se teme incluso mentarlo. Por esas aguas navegan las discusiones en el seno de la Convención de los 105, que prepara la Constitución europea.

En algún sentido concedería la razón a los diputados "eurolaicos", si se polemizase sobre la referencia a cualquier fenómeno religioso. Pero aquí se discute sobre las raíces cristianas de la Europa democrática. Y esto es harina de otro costal. El meollo de la diatriba radica no tanto en el respeto a las convicciones subjetivas, cuanto, sobre todo, en la mutua y necesaria implicación entre cristianismo y democracia pluralista, cosa que algunos niegan, quizá por una superficial aproximación al tema. El problema no es si lo cristiano debe mantenerse recluido en la conciencia particular, o si está legitimado para asomarse en público. La cuestión tiene mayor calado. Se trata de si es posible una verdadera democracia pluralista en un suelo no fecundado por las ideas cristianas. Apelo a la historia, en la que podríanseguirme hegelianos y positivistas. Otras religiones, como el islam, no suponen, al menos ahora, una fuerza vitalizadora de esa democracia.

"El Estado debería reconocer -terminaba Ratzinger- que todo un patrimonio de valores, refundidos en la tradición cristiana, constituye el presupuesto de la propia consistencia del Estado mismo." Hablamos de su "humus", es decir, de ese suelo del que no puede prescindir la democracia moderna sin autodestruirse. Y esto importa a todos, también a los "eurolaicos".

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