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Los viajes de Gulliver o el horror de la condición humana

Autor: Ignacio Arellano
Catedrático de Literatura
Universidad de Navarra
Fecha:  9 de marzo de 2002
Publicado en:  Diario de Navarra

De las numerosas obras de Jonathan Swift (1667-1745), clérigo, político, polemista y sobre todo misántropo y desesperado de la humanidad, han perdurado sobre todo sus extraordinarios «Viajes de Gulliver». La posteridad ha hecho víctima a Swift de una última burla, convirtiendo (con la supresión de algunas aventuras menos amenas) a esta feroz indagación de las locuras del hombre en un clásico infantil Hacen comprensible semejante acogida la eficacia de sus fantasías, la sencillez y perfección de los contrastes de enanos y gigantes, de personas y animales, o el equilibrio de sus mecanismos narrativos. Los «Viajes de Gulliver» son, en efecto, un libro de aventuras maravillosas que se puede leer como tal, con el asombro de los mundos imaginados, islas voladoras, continentes remotos poblados de seres fabulosos como los gigantes de Brobdingnag o los inmortales de Luggnagg... pero estos viajes son fundamentalmente una sátira crudelísima de las sociedades humanas y de la propia especie.

Como se sabe, el médico Lemuel Gulliver sufre una serie de naufragios que le arrojan a costas desconocidas. Su primera aventura lo lleva al país de Liliput, habitado por seres minúsculos. El choque de perspectivas permite al lector avisado darse cuenta de una de las constantes de este libro: la burla de ciertos valores considerados absolutos y que en el realidad son manías o necedades que impulsan a los hombres a matarse. Así sucede en la guerra que Liliput mantiene con Blefescu, por defender unos que los huevos han de cascarse por el extremo estrecho y los otros que han de cascarse por el ancho. En la visión de la ridiculez de estos liliputienses se refleja la de los congéneres de Gulliver. Algo mejor parados salen los gigantes de su segunda aventura, quizá porque de la enorme fuerza y dilatada corpulencia de estos seres pudiera esperarse una brutalidad mayor, que sin embargo no se advierte en estos relativamente pacíficos titanes. Con todo, no se nos excusa de asistir a la decapitación de un malhechor, de cuyas venas y arterias sale el caudal sangriento que se puede imaginar, ni se nos evitan las descripciones repulsivas de las bellezas giganteas (Swift, como buen satírico es tremendamente misógino), cuyo cutis aparece a los ojos de Gulliver con un aspecto «muy basto y desigual, con lunares aquí y allá, tan grandes como una tabla de trinchar, de los que salían pelos más gruesos que cuerdas de embalar, por no citar otros pormenores referentes a sus personas».

Las aventuras que corre Gulliver (gigante entre los liliputienses, liliputiense entre los gigantes) atacado por las ratas, las avispas y los tordos de Brobdingnag o secuestrado por un gigantesco mono son quizá las que mejor le han permitido asentarse entre los lectores infantiles. Hay una evocación amable de la niña Glumdalclitch, la cuidadora de Gulliver, pero Swift no volverá a incurrir en esta debilidad en las siguientes aventuras.

En la isla volante de Lapuda encuentra a un linaje de matemáticos tan absortos en sus especulaciones que resultan desastrosos para la vida común. Cada uno de los lapudanos lleva al lado a un criado de raza inferior provisto de un palo con una vejiga para golpear a los científicos en la boca y la oreja, con el fin de recordarles que están vivos. Cortan sus alimentos en formas geométricas, pero son incapaces de construir casas por su desprecio a la geometría aplicada. Sus mujeres, hartas de su elevación mental que en nada se diferencia de la estupidez, los engañan constantemente... En la ciudad de Lagado halla a una academia de inventores extraordinarios: uno lleva ocho años intentando sacar sol de los pepinos, otro se empeña en reciclar los excrementos para sacar de ellos el alimento original (huelga decir la fruición con que Swift detalla el aroma de este sabio entregado a eliminar el pigmento de las deyecciones, separando la bilis y retirando las partes viscosas)..., un ciego de nacimiento se ocupa en inventar mezclas de color para los pintores... En la Escuela de Matemáticas siguen un método asombroso que podría servir para evitar discusiones en algunas modernas reformas educativas: no hace falta pensar ni estudiar: se escriben los teoremas en una oblea utilizando tinta compuesta de un colorante científico: «al ser digerida la oblea por el estudiante la tintura cefálica ascendía al cerebro llevando consigo el teorema». Lástima que no se nos detalle la fórmula de la tintura cefálica. La Escuela de Planificadores Políticos merece una visita especial, que no llevaremos a cabo por el momento. Esta Academia de Lagado es en suma uno de los abismos de la necedad humana, el reino del absurdo total. Solo los inmortales de la ciudad de Luggnagg ofrecerán un espectáculo más deplorable, desdentados, ciegos, sin pelo, sumidos en la niebla del total olvido...

En la última parte del libro las aventuras de Gulliver lo llevan al país de los yahoos y los houyhnhnms. Con la técnica del mundo al revés, Swift presenta un mundo en el que los seres más parecidos a los hombres (los yahoos) son repugnantes y violentos carroñeros, presa de todos los vicios y maldades, mientras que los houyhnhnms, especie de caballos, son la raza virtuosa y dominante. Del contraste de ambas especies y de los juicios que emiten los houyhnhnms acerca de la sociedad humana que Gulliver describe para ellos (gobernantes malvados, letrados corrompidos, nobleza degradada, crueldad y guerra por todo el mundo de los hombres), emerge un panorama desolador. Gulliver no puede ser admitido en el país de los virtuosos houyhnhnms: es un hombre, un ser esencialmente malvado, inasimilable...

En pocos libros de la literatura universal se lleva a cabo una demolición más completa de las pretensiones humanas de razón y honorabilidad. Enanos y gigantes, académicos absurdos, inmortales idiotizados... todas las variedades que de algún modo comparten características humanas, están corrompidos por defectos de diversa gravedad, pero que revelan al fin la esencial maldad y el impenitente error de semejante especie. Solo los caballos houyhnhnms pueden considerarse modelos de virtud desde la perspectiva del narrador, amargado por su toma de conciencia de la inferioridad humana.

Y sin embargo el lector percibe en estos seres idílicos una tal ausencia de sentimientos y de pasiones (no conocen entre todas sus virtudes la caridad, son inmunes al amor), que poco de modélico puede hallarse en ellos para las ilusiones y esperanzas humanas. Nihilismo total, el de Swift, el gran misántropo. Cuentan de Timón de Atenas que había puesto una higuera en su huerto para que se ahorcase quien quisiera, y que en su tumba dejó este epitafio: «Timón el misántropo soy. ¿Qué esperas? Maldíceme a tu gusto cuanto quieras, con tal de que te quites de delante». Muchos siglos después, el irlandés Jonathan Swift, que murió en plena demencia, habría de dejar en su testamento parte de sus bienes para fundar un manicomio; redactó su epitafio con estas palabras latinas: «Ubi saeva indignatio ulterior cor lacerare nequit», que en una traducción no el todo infiel se leerían: «A esta tierra llegó el viajero Swift, aquí donde la fiera indignación no puede ya lacerar el corazón».

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