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El pasado vivo en el arte de Tito Livio

Autor: Ignacio Arellano
Catedrático de Literatura
Universidad de Navarra
Fecha:  9 de febrero de 2002
Publicado en:  Diario de Navarra

Un caudillo del Norte de África, hijo y nieto de guerreros, impulsado por el ansia de gloria, por la fiebre de la aventura y el rencor, se lanza contra Roma, atacando (219 a. C.) a su aliados de Sagunto. Mientras se cruzan mensajes y se meditan respuestas, Aníbal Barca, general de la poderosa Cartago, única rival de Roma en el mundo occcidental, destruye Sagunto tras una resistencia suicida, inaugurando lo que será una larga carrera de triunfos. Sus soldados lo admiran desde que siendo un adolescente acompañaba a su pariente Asdrúbal en las campañas: «Tenía una enorme osadía para arrostrar los peligros y una enorme sangre fría dentro de ellos. Ninguna acción podía cansar su cuerpo o doblegar su espíritu. Soportaba igualmente el calor y el frío; comía y bebía por necesidad física, no por placer; no distinguía las horas de sueño y de vigilia, y para descansar no tenía necesidad de una buena cama ni del silencio. Era el primero de los jinetes y de los infantes; iba en cabeza del combate y era el último en retirarse. Se ganó desde el momento mismo de su llegada las simpatías de todo el ejército». Su popularidad no es menor entre la población y los gobernantes de Cartago. Solo el senador Hanón se atreve a hablar contra los proyectos de Aníbal: no desea la guerra, y advierte contra las temerarias ambiciones del general: «Habeis alimentado un incendio que nos abrasa. Pronto las legiones romanas asediarán Cartago». No será pronto. Las legiones romanas al mando de Escipión el Africano tardarán más de quince años en llegar, pero Hanón está en lo cierto y su augurio terrible sobre el destino de Cartago se cumplirá. Ahora, sin embargo, nadie lo escucha y el peligroso juego (¡cuántas veces se repetirá en la historia!) comienza.

El gran historiador romano Tito Livio (59 a. C.- 17 d. C.) nos lo cuenta con lujo de detalles. Livio no es un historiador posivista, de precisiones minuciosamente documentadas: lo que le interesa es construir un relato que sea verdadero en su sentido general y profundo, instructivo y emocionante. La historia como maestra de la vida, como galería de hombres excepcionales, con sus virtudes y sus vicios. Instructiva es, para quien quiera leerla, la historia de Aníbal. Tras Sagunto emprende el largo camino hacia Roma: atraviesa Hispania, levanta a los galos, acomete en invierno el paso de los Alpes, donde pierde un ojo por el frío. La travesía alpina es alucinante: los elefantes resbalan en el hielo, las mulas quedan presas en la nieve, los caminos impracticables han de ser abiertos cortando rocas, talando árboles, construyendo rampas que abren la puerta a las ricas llanuras de Italia. El sueño de Aníbal en Italia durará dieciseis años de victorias, de hazañas fabulosas y estrategias admirables. Se suceden batallas legendarias como Trasimeno, narrada por Livio con prodigiosa maestría, en donde los ejércitos combaten entre una densa niebla con tal furor que no perciben «un terremoto que destruyó grandes zonas de muchas ciudades, desvió ríos de sus cursos y derrumbó montañas». Roma tiembla ante el avance del enemigo, pero nunca está dispuesta a ceder. La batalla de Cannas es el fondo del abismo, la humillación más grande del poder romano. Con los ejércitos consulares destrozados y en fuga, Aníbal tiene expedito el camino hacia el mismo corazón de su rival, pero extrañamente se detiene «ad portas», a las puertas de la Urbe. Maharbal, uno de sus generales, comenta: «Sabes vencer, Aníbal, pero no sabes explotar la victoria». Mientras, los romanos se fortalecen en la derrota. Al lado de jefes sin competencia habrá otros excelentes (Fabio Máximo, los Escipiones, Claudio Marcelo, Sempronio Graco...) que irán remontando la guerra, batalla tras batalla. Las victorias llegan poco a poco: batalla de Benevento, derrota de los macedonios aliados de Cartago, dominio en Hispania, campañas en el norte de África y alianzas con los pueblos númidas y masilios, conquista definitiva de Sicilia... Cuenta Tito Livio que Claudio Marcelo lloraba lamentando la inevitable destrucción de la hermosa ciudad de Siracusa, en cuyo saqueo murió el sabio Arquímedes «mientras tenía puesta su atención en unas figuras que había dibujado en el polvo; fue muerto por un soldado que no sabía quién era». Marcelo se afectó mucho con este suceso y ordenó que se le diera sepultura honrosa: «su nombre y su recuerdo le sirvieron de honra y salvaguarda a sus parientes, a los que incluso se hizo buscar».

Aníbal es un hombre, un general adicto a la guerra, un aventurero genial, artista de la estrategia; Roma es una voluntad colectiva de perduración, una fuerza histórica, que tiene grandes ciudadanos y militares. Escipión el Africano será el encargado final de dar el golpe de gracia, tras largos años de guerra. La invasión del Norte de África por las tropas de Roma cambia el escenario y Aníbal tiene que regresar a Cartago donde ha de sufrir su derrota última. Acorralado después de años de victorias y temerarias soberbias, pide la paz, pero Escipión se la niega: los cartagineses ya tuvieron la paz y la rompieron: «preparad la guerra ya que no pudisteis soportar la paz». La batalla de Zama es el fin. Aníbal confiesa haber perdido no solo la batalla sino la guerra, y que ya no queda ninguna salida. Huido a la corte del rey Antíoco de Siria, perseguido por los romanos que exigen su entrega, acabará suicidándose y toda pretensión de Cartago de disputar la hegemonía a Roma se evapora para siempre. Nadie recordará (no serviría ya de nada) las advertencias de Hanón que hubiesen hecho bien en escuchar.

Tampoco será frecuente que los pueblos y gobernantes aprendan mucho de la historia; en todo caso Tito Livio ofrece un fascinante pasado que nos resulta muy cercano en su espléndida reconstrucción, llena de dramatismo y poesía: sus héroes y las pasiones de sus héroes (ambiciones y abnegación, vanidad y sacrificios, inteligencia y temeridad, solidaridad y dignidad, el poder y la gloria, el valor) están perfectamente vivos y presentes en sus páginas. Livio enseña bien la lección de la historia. A otros nos corresponde el aprenderla.

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