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La tentación del localismo en la Universidad
Autor:Alejandro Llano
Catedrático de Filosofía
Universidad de Navarra
Fecha: 8 de octubre de 2002
Publicado en:  La Razón (Madrid)

"Universidad" significa universalidad en todas sus dimensiones: de saberes, de personas, de lugares, de ideas y creencias. El joven que acude a comenzar sus estudios superiores en cualquier carrera está pre- tendiendo ¬de manera consciente o inconsciente¬ ampliar horizontes, romper con la visión monocromática propia de la infancia y empezar a captar grados, matices, variedades y variaciones.

Se sabe, desde antiguo, que este propósito de extender la mirada a perspectivas más dilatadas sólo se logra si se rompe el cerco de lo consabido y se establecen relaciones con ámbitos nuevos, en los que las cosas se ven de otro modo. En buena parte, el escepticismo pesimista de la actual cultura juvenil procede de una dificultad para captar lo nuevo, que implica una diferencia para cuya percepción es imprescindible una cierta distancia. Si parece que a muchos jóvenes «todo les da igual», es porque en el fondo piensan que «todo es igual» y que, como dice la boutade postmoderna, «lo único nuevo es que ya no hay nada nuevo».

Para buscar nuevos saberes en nuevos ambientes, es preciso viajar por el simple «afán de ver», como decía el viejo Herodoto. De ahí que los maestros medievales exigieran que los buenos escolares fueran terra aliena, procedentes de otras regiones o reinos. El viaje, que es una metáfora de la vida humana, es también e inseparablemente el camino de la sabiduría. Por eso la necesidad de ese tiempo de peregrinación que se exigían a sí mismos los universitarios románticos y del cual el «turismo científico» tan practicado hoy día, con ocasión de fantasmagóricos congresos o dudosos intercambios, no es más que una caricatura.

Afortunadamente, en los países donde se encuentran las mejores universidades del mundo sigue siendo una exigencia no escrita que los jóvenes cursen sus estudios superiores fuera de la ciudad natal y, de ser posible, frecuenten varias universidades a lo largo de su carrera, a la busca de los profesores más destacados en cada materia. En otros parajes, en cambio, la burocratización educativa condujo a la desafortunada creación de los distritos universitarios, cuyos efectos todavía perviven, con la consiguiente dificultad ¬agudizada por la escasez de becas¬ para que la movilidad estudiantil sea una posibilidad real. El parroquialismo localista, paradójicamente fomentado en la era de la globalización, ha conducido a que autoridades municipales y familias exijan que los estudiantes dispongan de una Universidad justo al lado de casa. Se ha podido así empezar a llamar «universidades» a lo que no pasan de ser academias profesionales en las que se cursan estudios que nunca tuvieron la categoría de superiores y que en ocasiones no alcanzan un mínimo nivel científico.

Más insólito y perjudicial aún que la inmovilidad estudiantil es el enfeudamiento del profesorado, cuando la llamada «endogamia» o «endogenia» pasa de ser excepción para convertirse en regla. También en este campo hay que tener a la vista el ejemplo de las mejores Universidades internacionales en las que de hecho está prohibido que un docente reciba nombramientos estables en la universidad donde se ha doctorado. Los buenos departamentos o áreas temáticas desean recibir estudiosos procedentes de otras escuelas, para lograr esa confrontación de puntos de vista diversos que da lugar a enfoques inéditos y a injertos científicos tan innovadores como fecundos. Todo lo contrario del dócil clientelismo consanguíneo que empobrece la calidad intelectual de las poblaciones académicas y deja fuera de la carrera universitaria a talentos de primera categoría.

Como sugiere Kolakowski, antes de sembrar y de poder recoger, en la vida intelectual es preciso remover la tierra, airearla, exponerla a todos los vientos, fecundarla con catalizadores que pueden parecer distorsionantes, pero que provocan reacciones nuevas. Nada hay más arriesgado en la dinámica del espíritu que la paralización a la que conduce la búsqueda a ultranza de la seguridad. La paz no tiene nada que ver con el inmovilismo.

Una de las trampas que dificulta la innovación es la que algunos científicos sociales han denominado «el ancla»: la tendencia natural del hombre y la mujer a aferrarse a la primera información recibida respecto a un determinado asunto. Inconscientemente, esta información primera desempeña el papel de una fijación difícil de superar, a la que uno se remite, como a su origen, para compararla o contrastarla con informaciones posteriores: éstas podrán tener mayor fundamento, ofrecer mejores pruebas de veracidad, pero ya no son las primeras. Quien desee mantener la mente abierta, debe precaverse reflexivamente para no quedar anclado. Porque una de las exigencias del hallazgo de lo nuevo es liberarse de prejuicios. Y desprenderse de tales preconcepciones exige originalidad de pensamiento, que no consiste en pensar de distinta forma que los demás, sino en pensar desde el origen, por propia cuenta y riesgo, sin dar lo escuchado como supuesto, acudiendo a la fuente de donde brota el conocimiento. La originalidad estriba en remontarse al origen del cono- cimiento, sin aceptar como definitivas informaciones ya estructuradas y contextualizadas, que traen incorporadas las respuestas a los problemas que aparentan plantear.

Por ventura, no faltan las materias y los métodos docentes que han resistido el paso de los siglos y han demostrado su eficacia a través de los más variados cambios. Pero también sabemos de un buen número de temas y de procedimientos cuya falta de vigencia ha quedado suficientemente probada, y a los que quizá seguimos aferrándonos por un presunto respeto a la tradición que en realidad oculta pereza y rutina. Dictar apuntes para que sean copiados nos remite a la época anterior al descubrimiento de la imprenta. Evitar que las carreras tradicionales se «contaminen» con materias procedentes de otras licenciaturas suele ser una crasa expresión de estrecha mentalidad corporativista. No querer saber nada de nuevas titulaciones, como si fueran huéspedes no invitados, proyecta en la Universidad el aire melancólico de una foto fija en color sepia. Cuando tenemos a nuestra disposición el mágico recurso de las nuevas tecnologías, se impone incorporarlas sin timideces a la enseñanza universitaria.

Sin improvisadas precipitaciones ni cambios puramente estéticos, la enseñanza universitaria ha de ser siempre reformada, para hacerla cada vez más activa y participable. Sólo así las universidades pueden superar la tentación del localismo y recuperar su capacidad de innovar. Los que han hecho de la Universidad su forma de vida saben que la indagación de verdades nuevas es el método más adecuado para cambiar la sociedad desde dentro. La sociedad se mejora en el intenso silencio de las bibliotecas, en la atención concentrada de los laboratorios, en el diálogo riguroso de las aulas. Todas estas tareas universitarias son, en último término, investigación: afán gozoso y esforzado por encontrar una verdad teórica y práctica cuyo descubrimiento nos perfecciona al perfeccionar a los demás.

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