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Compadres, pónganle unas letras al coronel

Autor:Ignacio Arellano
Catedrático de Literatura
Universidad de Navarra
Fecha: 8 de junio de 2002
Publicado en:  Diario de Navarra

Algunos de mis amigos colombianos en la tierra caliente de Cúcuta (Norte de Santander), no comprenden bien cuál es la gracia que los lectores europeos ven en Gabriel García Márquez: al fin y al cabo, según dice mi amiga Estela Mariño Suárez (oriunda de Boyacá), solo cuenta cosas de todos los días, historias corrientes y consuetudinarias. Y mi amiga Estela, mientras fríe el plátano y cuela el café, espantando de su cocina a las mariposas y las iguanas, demuestra que, en efecto, las novelas de García Márquez son una mera crónica de Colombia, un país mágico señoreado por las terribles violencias de inacabables guerras civiles, mestizo de razas y de mitos, con sabios científicos y gramáticos y un español inigualable (el que sirve a García Márquez para construir su mundo literario). En ese país de selvas y costas, del bambuco y el pasillo (Brisas del Pamplonita, La sombrerera, Espumas...), vuelan los colibríes y se posan los gallinazos en las barandas; es el reino de Eldorado que buscó sin descanso Hernán Pérez de Quesada, del narcotráfico y del petróleo de la Guajira, de las esmeraldas de Muzo...un reino que paseó el grande y desdichado Bolívar, cuyo frustrado sueño evoca García Márquez en El general en su laberinto. Cosas de todos los días, ciertamente...en Colombia.

Hay una novela de García Márquez, mucho más breve y aparentemente menos ambiciosa que esas sinfonías de lo maravilloso llamadas Cien años de Soledad o El otoño del patriarca, y que es sin embargo de una precisión y de una densidad admirables. El coronel no tiene quien le escriba es Colombia en estado puro: una epopeya de la dignidad, la resistencia inútil y la soledad heroica de un personaje que necesariamente ha de pervivir en la memoria de sus lectores. Con el aroma del café colombiano se abre el relato ("El coronel destapó el tarro del café y comprobó que no había más de una cucharadita"), y con el doblar de las campanas para un funeral. Dos símbolos esenciales del mundo en el que agoniza desde hace décadas el coronel, en espera de una carta que nunca llega, con la noticia de su prometida pensión de soldado jubilado de las guerras civiles: "durante cincuenta y seis años -desde cuando terminó la última guerra civil- el coronel no había hecho nada distinto de esperar". Por raro azar el muerto a cuyo funeral se dirige el coronel, riguroso cumplidor de sus obligaciones sociales, es el primer fallecido de muerte natural en muchos años. Lo normal en el clima de violencia política es la muerte sangrienta, como la que ha sufrido el hijo del propio coronel meses antes del iniciarse la acción narrada. A los viejos padres les queda en herencia un gallo de pelea, que apenas pueden alimentar en las ruinas de una casa hipotecada. El coronel no se rinde: mientras espera cada viernes esa carta extraviada en el laberinto burocrático del Ministerio de la Guerra, que nunca llega (y nunca llegará), cuida al gallo para la riña y se dedica con maniática precisión a los detalles cotidianos más nimios ("hacía cada cosa como si fuera un acto trascendental": preparar el café, dar cuerda al reloj, abotonarse la camisa, dar de comer a su gallo, cuidar a su mujer enferma...) en una decisión férrea de aguantar. El gallo es el recuerdo del hijo, es la esperanza y es sobre todo el emblema de la resistencia. Frente a la visión práctica de su mujer que quiere vender el ave y olvidar las ilusiones baldías, el coronel mantiene estoicamente su bandera erguida: "-La ilusión no se come, dijo la mujer. -No se come, pero alimenta, replicó el coronel". Transcurre el invierno en el pueblo: llueve sin parar, los intestinos le molestan, siente que se está pudriendo vivo, la soledad lo abruma ("un hombre solo sin otra ocupación que esperar el correo todos los viernes"), la pobreza lo acosa, y el correo jamás le trae la carta esperada, porque el coronel no tiene quien le escriba. Un día siente la tentación de ceder y arregla la venta del gallo a su compadre Sabas, ejemplo del político local capaz de sobrevivir a los conflictos y abusar de la situación para enriquecerse, pero los amigos de su hijo difunto le hacen ver que el gallo es en realidad de todo el pueblo, es la rebeldía y la dignidad ("Dijeron que el gallo no era nuestro sino de todo el pueblo. Hicieron bien, dijo calmadamente. Y luego, registrándose los bolsillos, agregó con una especie de insondable dulzura. -El gallo no se vende"). Renuncia, pues, al espejo para afeitarse y a los zapatos nuevos, y alimentándose con el maíz del gallo y con los recuerdos de su juventud, atraviesa inacabables días de fatiga mientras conversa en sueños con "aquel inglés disfrazado de tigre que apareció en campamento del coronel Aureliano Buendía" (el duque de Malborough, el Mambrú fabuloso de las canciones) rememorando las batallas y las derrotas de su juventud militar.

La economía lingüística con que se retrata la figura del coronel se corresponde con la esquelética condición del héroe y la ascética simplicidad de su mundo. Despojado de todo, incluso de la esperanza, prepara su última batalla, quizá su derrota definitiva. En memoria de su hijo transmite mensajes clandestinos a sus copartidarios, pero su arma verdadera es el gallo. Su mujer protesta: "Todo el mundo ganará con el gallo, menos nosotros. Somos los únicos que no tenemos ni un centavo para apostar. Ahora todo el mundo tiene su vida asegurada y tú estás muerto de hambre, completamente solo". El coronel responde con inalterable ingenuidad: "Cumplimos nuestro deber. No estoy solo. Es un gallo que no puede perder".

El campeón del coronel puede, claro está, perder y seguramente acabará perdiendo. Sea como fuere, ahí van mil pesos apostados por su gallo bataraz. Y pónganle, compadres, unas letras, que espera cada viernes el correo, y el coronel no tiene quien le escriba.

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