Noticias© Comunicación Institucional, 08/05/2007

Universidad de Navarra

La erupción anticorrupción

Autora: Reyes Calderón
Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales
Universidad de Navarra

Fecha: 8 de mayo de 2007

Publicado en: Expansión (Madrid)

Vivimos tiempos interesantes. Por fin, ciudadanos, empresarios, organizaciones y hasta la Iglesia católica -que la califica de atentado contra la caridad- juzgan a la corrupción como una mancha inaceptable, como una lacra suficiente para tumbar cualquier carrera pública, por alta que ésta sea. Por una vez, sin que sirva de precedente, gobierno, oposición y ciudadanía marchan juntos enarbolando la anticorrupción como prioridad irrenunciable. Heredamos los que dos autores norteamericanos han llamado la “erupción anticorrupción”.

Un buen comienzo, sin duda, que, desgraciadamente, miro con gran escepticismo. Expongo mis razones. La primera, naturalmente, los datos, tozudos e implacables. Según los índices de Transparencia Internacional, los más fiable entre los que disponemos, España, que había comenzado el milenio con un honroso notable en limpieza y transparencia, ha perdido la calificación tras tres años de caídas consecutivas y una merma global del 4,22%. Para quien no lo supiera, le informo que la corrupción no se combate en los mítines ni en las manifestaciones públicas.

Segundo: Hasta que no alcance a toda la población, la erupción no causará efecto y, en nuestro país, es incompleta. Al menos así se desprende de observar la muy leída prensa rosa. Que destine espacios preferentes a la exhibición de los sufrimientos de los pobres famosos enriquecidos a costa del común y que lo haga tratando de suscitar nuestra conmiseración no fomenta precisamente una conciencia anticorrupción.

Tercero, y muchísimo más importante: los propios políticos y sus sesudos entornos continúan velando, enmascarando, camuflando entre frases grandilocuentes lo grave que es esta enfermedad y lo hondo que está instalada.

Los artículos de opinión, las comparecencias y mítines preelectorales exigen a bombo y platillo limpieza democrática, gestión transparente o tribunales diligentes. Hay quienes claman contra este fraude, contra la especulación inmobiliaria o contra la avidez de los ricos y famosos. Sin embargo, nada de eso es tan importante. Que una famosa cantante o un destacado cuentista estén implicados en un caso de corrupción no deja en evidencia a nuestra sociedad; a lo sumo a las revistas que los exaltan. Lo que nos deja en evidencia no es que existan fraudes, especulación, apropiación indebida o tonadilleras. Lo que nos deja en evidencia es que alimentamos corruptos, votamos a corruptos y toleramos corruptos sin despeinarnos siquiera.

La corrupción, vieja conocida, no es typical Spanish. Ningún momento histórico, ningún Estado, incluidos los decentes y desarrollados, se ha librado de caer en sus sinuosas garras. En los países menos favorecidos, esta enfermedad social deja tras de sí un reguero de pobreza, analfabetismo, enfermedad y destrucción. En Occidente, los síntomas son otros -hastío, desconfianza o abstención-, aunque no falta la reducción de la calidad de los servicios sanitarios o del firme de las autovías que, teniendo idéntico presupuesto por kilómetro, cambian notablemente al cruzar las lindes de las diversas autonomías.

Lo que sí es typical Spanish es el reduccionismo de pensar que esto no es más que otro robo de cuello blanco y lunares flamencos; un delito malagueño o malasio. Ése es el error. La corrupción está lejos de ser un delito económico. Es mucho más que eso, se trata de un cáncer que evidencia la inmadurez de nuestro diseño político, de nuestra costumbre social, de nuestra moralidad. En veinticinco años de mercado libre empresarios y trabajadores, médicos, dentistas, profesores, peirodistas y un largo etcétera hemos espabilado a base de palos y competencia. En veinticinco años de democracia, ¿cuánto han mejorado nuestros gobernantes? ¿Hemos intentado siquiera controlarles mejor o aumentar su eficiencia? ¿Nos hemos replanteado sus sistemas de financiación? ¿Hemos juzgado sus campañas de imágenes y de propuestas copy-past?

La corrupción es, sin duda, una muestra de esa inmadurez hispana -de la que, por supuesto, la Izquierda participa- que nos hace ver a los poderosos como superiores, como señores a los que adular en vez de servidores.

En toda corrupción concurren tres elementos: un poder discrecional capaz de ser mal usado -la oportunidad-; unas suculentas rentas asociadas a ese mal uso -el beneficio- y una baja probabilidad de ser detectado o castigado -el bajo riesgo-. La concurrencia del segundo y el tercer elementos resulta obvia. Aunque no hay crimen perfecto, ningún corrupto es tonto; sólo se corromperá si el riesgo que soporta es largamente compensado por el beneficio que logra. A quienes pagamos religiosamente impuestos e hipotecas, a quienes nos levantamos todos los días con sueño, anhelando el fin de semana, sólo nos basta hacer unas pequeñas cuentas. ¿Cuánto es el 1% de esta concesión?¿ Y el 3% de aquella?. Pero la base de todo este embrollo está en el primer elemento: el poder.

El poder, porque sólo tiene oportunidad de corromperse quien ha sido erigido en autoridad, a quien se le ha confiado la administración del interés general. No es un chorizo que se lanza contra un escaparate con una piedra en la mano. Es una persona electa a la que hemos confiado el dinero público y el servicio público, a quien le hemos adornado del prestigio y el beneficio que dan los cargos, y que devuelve la confianza abusando de la misma para obtener un beneficio privado. No estamos ante un listillo, sino ante la perversión del espacio político y administrativo. Según datos de 2004, los españoles consideramos que esas oportunidades son creadas en un 34,8% por los partidos políticos y sostenidas en el 26,6% por el sistema judicial. Es decir, dos terceras partes se sitúan en los pilares básicos de nuestra democracia. Estamos, como señala un autor, ante la apropiación indebida del poder, ante la toma de la democracia.

¿Remedios? Todos los que fortalezcan la democracia y eduquen el poder. Prensa independiente, legisladores independientes, contestación pública rotunda, mejores reglas del juego… Y políticos que sepan pronunciar sin bajar la mirada ni desviar balores fuera la palabra honestidad.

En una entrevista concedida a La Razón, Conde Pumpido señala que "hasta después de las elecciones la Fiscalía no formulará nuevas acusaciones para evitar influir en el proceso electoral". Todo un acicate para mi escepticismo.

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