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08/03/2009

El acuerdo necesario

Autor: Jordi Canals
Profesor del IESE
Universidad de Navarra

Fecha: 8 de marzo de 2009

Publicado en: El País (Madrid)

La sociedad española ha experimentado durante las últimas tres décadas varias crisis económicas de envergadura. Los ajustes han sido dolorosos y los costes elevados, pero el país ha salido adelante. Es cierto que la crisis económica actual tiene algunas dimensiones que la hacen especial, pero no podemos olvidar que también fueron muy complejas la crisis de los años setenta, la de los ochenta o la de los noventa. Además, en las dos últimas crisis -en la de los ochenta y en la de los noventa- vivimos también grandes convulsiones en el sistema financiero internacional.

Sin embargo, no sería objetivo destacar sólo la complejidad de la crisis actual. Resulta también imprescindible recordar que la economía española, en general, y las empresas, en particular, afrontan este reto en mejores condiciones que en las crisis pasadas. Hoy tenemos una mayor estabilidad macroeconómica que en cualquiera de las crisis anteriores. Y tenemos un tejido empresarial más sólido y diverso; es cierto que hay problemas, como los hay en muchos países. Pero no podemos quedarnos sólo en las apariencias de las malas noticias, o en el simplismo de pensar que toda la economía española es el sector inmobiliario. Hoy hay empresas españolas con liderazgo internacional en muchos sectores: telecomunicaciones, energía, alimentación, banca, gestión medioambiental, siderurgia, infraestructuras, confección o moda, entre otros. Además, hay una concentración de empresas internacionales en ciertos sectores que, en combinación con empresas españolas, constituyen clusters de actividad muy importante, como son el sector farmacéutico, el de la automoción o el químico. Es cierto que muchas de estas empresas notan la crisis; pero es que hace tan sólo quince años carecíamos de ellas y el futuro era mucho más incierto.

Y es que el problema principal que tenemos hoy en España -como en otros países- no es la supuesta falta de crédito a las empresas o a las familias. La desconfianza que se está instalando lentamente y la incertidumbre que aquella genera en millones de ciudadanos constituyen el verdadero problema. Lo vemos a diario. Los Gobiernos de los principales países están inyectando una liquidez impresionante a la economía, rescatando entidades financieras insolventes, comprando activos tóxicos a los bancos y anunciando planes de expansión fiscal. Sin embargo, la desconfianza parece aumentar, a pesar de las nuevas medidas anunciadas. El miedo y la desconfianza enturbian la mente y paralizan la voluntad. La confianza, no el crédito, se ha convertido en el auténtico valor escaso en nuestra sociedad.

Desgraciadamente, el Gobierno español -y en esto no somos muy diferentes de otros países-, más allá del anuncio de una medida aquí y otra allá, no ha presentado un plan coherente y convincente para afrontar esta crisis. El Gobierno debería retomar el liderazgo y afrontar la situación con un marco de acción realista y completo, que afrontara tanto la perspectiva de la caída de la demanda como la necesidad de revitalizar la oferta de la economía. Este marco debería incluir varios elementos. Primero, un diagnóstico claro y compartido del problema en sus múltiples dimensiones, así como un esfuerzo pedagógico para explicarlo a los ciudadanos. Segundo, un conjunto de medidas para sostener la demanda agregada, con apoyo inteligente a sectores críticos, y hacer frente a la crisis a corto plazo, incluyendo acciones para atajar el crecimiento del paro y mitigar sus efectos. Tercero, una restructuración del sector de la vivienda que permita que este mercado pueda volver a funcionar, que se ajusten los precios, que los bancos vuelvan a conceder créditos hipotecarios y que el stock de viviendas -auténtico problema para bancos y promotores- tenga una salida razonable. En España tenemos una buena experiencia de restructuración de sectores en crisis y deberíamos aplicarla para enfocar adecuadamente la de este sector. Cuarto, un paquete de medidas estructurales que impulsen la liberalización y competencia en algunos mercados y que ayuden a bajar precios y costes. Quinto, los perfiles de un nuevo modelo para la economía española que tenga en cuenta su papel en la economía global, que anime y fomente la inversión, la innovación y la captación de capitales, y refuerce los puntos sólidos del panorama empresarial español. Sexto, una racionalización de actividades y mejora en la eficiencia del sector público y su gasto, acorde con el actual momento económico.

Éste es un trabajo ímprobo, que hubiera sido conveniente hacer en momentos de bonanza. No se hizo, y tampoco la oposición lo reclamó, a pesar de que muchas voces de la sociedad civil pedían una reflexión sobre el futuro de la economía. Ahora resulta imprescindible. Pero el único modo de hacerlo con éxito es intentar perfilar este marco mediante un acuerdo entre las fuerzas políticas, y las asociaciones empresariales y sindicales. Es quizás el único camino para que este marco tenga una cierta credibilidad y evitar que sea un arma arrojadiza de unos contra otros. Sería, además, un ejercicio de responsabilidad notable en unos momentos críticos como los actuales y ayudaría a recuperar la confianza.

Ciertamente, la economía no saldrá de la actual recesión sólo mediante un acuerdo marco, sino con la iniciativa emprendedora, la inversión de los empresarios y el trabajo y el esfuerzo de todos. Los Pactos de La Moncloa en 1977 sirvieron para dar confianza al país en unos momentos también más críticos aún que los actuales. Éste debería ser también el gran objetivo de este acuerdo. Es difícil, pero posible, y deberíamos ponernos en marcha para lograrlo. Nuestra sociedad lo necesita y los ciudadanos se lo merecen.

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