Noticias© Comunicación Institucional, 08/02/2006

Universidad de Navarra

Islam radical y libertad de expresión

Autor: Iván Jiménez-Aybar
Instituto de Ciencias para la Familia
Universidad de Navarra

Fecha: 8 de febrero de 2006

Publicado en: Diario de Navarra

Febrero de 2006: incendio de embajadas, amenazas de bomba, agresiones físicas, banderas pisoteadas ardiendo, sermones que incitan a degollar a los infieles, llamamientos generalizados al boicoteo a gran escala. Éstas son algunas de las reacciones a la publicación por el periódico danés Jyllands-Posten de unas caricaturas de Mahoma.

Septiembre de 1988: la aparición de Los versos satánicos de Salman Rushdie desencadenó fanáticas protestas en buena parte del mundo islámico y en diversas ciudades europeas. En Bradford, el mismo “Consejo de Mezquitas” que aboga de modo incesante por el respeto al derecho de libertad religiosa de los musulmanes en ese país, escenificó la quema del libro de Rushdie mientras se animaba a acabar con su vida. Un mes después, el ayatolá Khomeiní emitió su célebre “fatua” (edicto) condenando a muerte al escritor y a todos los que habían participado en la publicación de su libro. Precisamente la “fatua” a la que se ha referido recientemente Hassan Nasrala (líder de Hezbolá) afirmando que, de haberse cumplido, nadie se atrevería ahora a ultrajar al profeta. Quizá se dirigía a esas decenas de fieles de la mezquita londinense de Regent’s Park que se manifestaban –algunas con el rostro cubierto portando pancartas donde se decía: “¡Decapitad a quienes insultan al islam!” “¡Liberalismo al infierno!” “¡Europa, tú te arrastrarás cuando los mujadiyines vengan rugiendo!”.

La libertad de expresión tiene sus límites. Y en este caso se han sobrepasado. Dibujar a Mahoma con una bomba atada a la cabeza a modo de turbante atenta gravemente contra los sentimientos religiosos del pueblo musulmán. El Tribunal Europeo de Derechos Humanos ha reconocido que dichos sentimientos pueden actuar como límite de la libertad de expresión (sent. 20-9-92, caso Otto-Preminger-Institut contra Austria). Lo ha dicho muy bien Joseph Sitruk, el gran rabino de Francia: “El derecho a la sátira se acaba cuando se trata de una provocación o un desprecio del otro”. Asimismo es, como mínimo, imprudente. Se ha regalado a los más radicales una excusa perfecta para mostrar su odio a Occidente y a los valores que nos sustentan. Por otro lado, flaco favor se ha hecho a los musulmanes de bien que defienden con ardor que el islam es una religión de paz, a riesgo en ocasiones de su propia vida. Por todo ello, los responsables del periódico danés hicieron bien en pedir disculpas.

Pero esto no les basta a los radicales. Pretenden que el país entero se doblegue y solicite el perdón de los ofendidos. Y, obviamente, su primer ministro Rasmussen les ha contestado que su Gobierno no controla a los medios de comunicación, que existe libertad de prensa y que, por tanto, no puede atender su petición. La tensión ha ido en aumento cuando las viñetas de la discordia han sido posteriormente difundidas en medios de comunicación de diversos países, con la mera intención de ilustrar la noticia. Ciertos sectores del mundo musulmán (gobiernos incluidos) no aciertan a entender por qué los dirigentes europeos no han censurado de inmediato dichos medios, cerrándolos y encarcelando a sus responsables, como se hace en sus países. Que se lo digan si no a Jihad Momani, director del semanario jordano Shihane, el cual se atrevió a publicar las caricaturas. Al día siguiente el semanario fue clausurado, y él llevado a prisión (en Irán hubiera sido degollado en el acto).

No entienden nuestra actitud porque no comprenden el verdadero significado de la democracia, de la libertad, de los derechos humanos. El islamismo radical propone una religión sin razón, donde todo queda subyugado bajo el manto de la ley islámica. Con estas premisas, pretender explicarles el alcance del derecho a la libertad de expresión es una utopía.

Sin duda, los medios de comunicación deben reflexionar sobre los límites de la libertad de expresión, para así moverse con mayor soltura en la delgada línea que a veces separa una saludable crítica caricaturesca de la ofensa a los sentimientos más íntimos de las personas (en este caso los religiosos). Pero ello debe hacerse sin ceder en la defensa de nuestros derechos. Las libertades de prensa y de expresión son innegociables. “Prefiero el exceso de caricatura que el de censura”, ha dicho Sarkozy. De acuerdo; pero respeto, prudencia y sentido común que no falten. Por favor.

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