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El hado fatal de la señorita de Trevélez
Autor:Ignacio Arellano
Catedrático de Literatura
Universidad de Navarra
Fecha: 8 de febrero de 2003
Publicado en:  Diario de Navarra

La capital de provincia de tercer orden en que se desarrolla la acción de La señorita de Trévelez, farsa cómica en tres actos de Carlos Arniches estrenada en 1916, no está localizada realmente en la geografía física, sino en la geografía moral. Es el territorio denso de aburrimiento en el que merodean los tontos y crueles, los que no pueden soportar el paso de un tiempo inútil sin divertirse haciendo daño a los demás. Son los socios del Guasa Club, parroquianos sempiternos del casino, envidiosos y corrompidos, dignos de tanta compasión ellos mismos -los verdugos- como sus víctimas.

Estos socios del Guasa Club, capitaneados por Tito Guiloya, se divierten urdiendo una bromita, que nos hace reír y nos hace llorar, y nos fastidia y nos inquieta, porque es graciosa y tiene golpes chistosos que no han perdido su eficacia, pero es a la vez indigna y nos hace sentir culpables de unas carcajadas que se ceban en la ridiculez de la pobre Florita de Trevélez, que es fea -no hay quien lo niegue- y terriblemente cursi -hay que admitirlo-, pero cuyo fracaso y melancólica vida la hacen merecedora de respeto y piedad.

Se ha dicho que esta obra ha perdido su valor porque trata de una sociedad pueblerina no encontrable en la edad moderna o posmoderna. Con ese criterio ¿dónde encontramos en la edad moderna la sociedad de chulos y caballistas del Ruedo Ibérico de Valle Inclán, o los seres fantásticos del Sueño de una noche de San Juan de Shakespeare o las preciosas ridículas de Molière...? Más razón tenía Bergamín cuando escribía que los valores teatrales de Arniches están vigentes todavía, «ni más ni menos que los del teatro barroco de Lope y Calderón, que los de Molière o Shakespeare (o de cuqluier otro teatro de verdad)», porque su teatro no obedece a un realismo ramplón, sino al irrealismo poético y creador como el de Galdós o Cervantes.

Los problemas de la señorita de Trevélez y los tipos como Tito Guiloya y los gilis del Guasa Club pertenecen, en efecto, a un universo pueblerino del pasado, pero pertenecen también al universo permanente de la dignidad humana y su menoscabo, del dolor y la ilusión, del sacrificio y el desprecio al prójimo, de la eterna aspiración a la felicidad y las dificultades para conseguirla.

Sucede, en fin, que para burlarse de Numeriano Galán y de Florita -fea ella y cursi, «romántica y presumida como un diantre»- Tito Guiloya escribe una carta de amor imitando la letra de Numeriano, pidiendo en matrimonio a la ya cincuentona señorita de Trevélez. ¡Exaltación feliz de la solterona, alegría intensa de don Gonzalo de Trevélez!, el hermano de la «novia», que veía con dolor el fracaso vital de Florita, mantenida a duras penas de ilusiones fallidas. Y desesperación de Galán, metido en un laberinto sin salida, entre el apuro de confesar la verdad a la damisela enamorada y el miedo a la ira de Gonzalo, capaz de soportar cualquier ofensa propia, pero intolerante en lo que respecta a su querida hermana a quien ha dedicado su vida: «En este amor fraternal se han fundido para mía todos los amores de la vida. De muy niños quedamos huérfanos. La quise como padre, como hermano, como preceptor, como amigo...velo su sueño, adivino sus caprichos, calmo sus dolores, alivio sus inquietudes y soporto sus puerilidades, porque una juventud defraudada produce acritudes e impertinencias muy explicables...».

Las tribulaciones del novio lo traen desfallecido y desorientado, cosa que se comprende fácilmente cuando se conoce con más detalle a Flora (ridícula, pintarrajeada, sonriente...). Imagínese una noche de luna, en un romántico jardín con ramajes y murmuradoras fuentes...cuando aparece ¡ella misma!, llamando melodiosamente a su amado y enderezándole requiebros semejantes: «Nume mío, no sabes cuánto me alegro de encontrarte en este lugar recóndito...¡Ah! La felicidad es un pájaro azul que se posa un minuto en nuestra vida y después levanta el vuelo... la dicha es efímera, siéntate, que en este rincón de ensueño quiero pedirte una revelación y un beso largo, prolongado, uno de esos besos de cine durante los cuales todo se atenúa, se desvanece, se esfuma, se borra...». El pobre Numeriano Galán se resiste como puede a la embriaguez amorosa: «Bueno, pero sin embargo, yo creo que deberíamos irnos, porque si alguien nos sorprendiera arrinconados y extáticos, podría macular tu reputación incólume y eso molestaríame».

Y mientras tanto los guasones ¡cómo se están divirtiendo! Llega, naturalmente, un momento en que la farsa tiene que descubrirse y se descubre de la manera más triste. Don Gonzalo conoce la bromita que le han gastado a su hermana y protesta en vano, porque la vida es así, y las Floritas de Trevélez, feas y cursis, están condenadas al hado fatal de la frustración y la soledad. Tampoco sirve el sacrificio del propio Gonzalo, convertido voluntaria y heroicamente en el hazmerreír de los burladores, que nunca han comprendido su abnegación: «He hecho un ridículo consciente, que es el más triste de todos. Yo, y perdonadme estas grotescas confesiones, me tiño el pelo; impropiamente busco entre la juventud mis amistades. Yo visto con una elegancia amanerada, llamativa, inconveniente a la seriedad de mis años. Y todo esto que ha sido y es en el pueblo motivo de burla, de chacota, de escarnio, yo lo he padecido con resignación y lo he tolerado con humildad, porque lo he sufrido por ella. Como entre Florita y yo la diferencia de años es poca, las canas, las arrugas, los achaques en mí le producían un profundo horror, y para atenuar el espectáculo del desastre puse sobre esta cabeza y este cuerpo ya caduco unas ridículas mentiras que conservaran la pueril ilusión de una falsa juventud».

De ese heroico amor fraternal y del fracaso de las ilusiones de Flora hacen leña Guiloya y sus compinches, quienes «por el placer de una grosera carcajada no han vacilado en amargar con el ridículo el fracaso de una vida», la de la señorita de Trevélez, fea y cursi, sí, pero cuyo único delito ha sido resistirse a perder una felicidad que ha visto disfrutar a otras mujeres solo porque la naturaleza ha sido más piadosa con ellas...

Las bromas que nos han hecho reír son bien amargas. Y miramos de reojo, medio arrepentidos, avergonzados quizá, porque Flora seguirá esperando un amor imposible (ese pájaro azul que vuela a lo lejos sin posarse a su alcance) y Gonzalo seguirá fingiendo imposiblemente juventud y optimismo para enmascarar su dolor.

Las Villaneas del siglo XXI han cambiado su fachada. De los casinos con mesas de bayeta verde y sillas de rejilla a las casas de cultura con internet y vídeo, de las rancias costumbres provincianas a la globalización televisiva... pero ¿quién podría jurar que han desaparecido los Titos Guiloyas y los guasones crueles, villanos agresivos que no ríen de su propia alegría sino del dolor ajeno?, ¿No existirán ya los héroes como Gonzalo, grotescos, puede, pero héroes, que sacrifican su vida para mantener la ilusión de otros seres queridos? ¿No seguiremos buscando, como Flora de Trevélez, la felicidad, aunque tengamos que hacer el ridículo?

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