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El asunto Mantero

Autor: Juan Luis Lorda
Profesor de Teología
Universidad de Navarra
Fecha:  8 de febrero de 2002
Publicado en:  Diario de Navarra

José Mantero, como todo el mundo sabe, es un cura que se ha autodeclarado gay a toda plana. Al leerlo, recordé un programa de televisión que se llamaba "Reina por un día". Cada semana se elegía una concursante entre las que habían escrito exponiendo sus desgracias. Ganaba la carta que más conmovía al público. Cuando la ganadora venía al estudio, contaba con todo detalle su desgraciada vida. Entonces el programa la convertía en "Reina por un día" y se empeñaba en hacerla feliz. Hacía venir a su familia para que le dijeran lo mucho que le querían. Y como broche de oro, le regalaban una lavadora. Daba un poco de repelús oir todas esas intimidades expuestas en la plaza como los pollos en una carnicería. Y resultaba bastante ridículo que, al final, premiaran la exhibición sentimental con una lavadora.

No sé cuáles han sido las razones de José Mantero para exponernos sus intimidades viscerales. No creo que sea por una lavadora. Pero es evidente que algunos medios le van a hacer reinar no sólo un día, sino todo lo que puedan estirar el número. El sector anticlerical de la prensa española, que lo hay, está loco de contento. Ya hace tiempo que tenía preparada la faena, porque esto ya ha pasado en otros países. Y, con esta ocasión, va a sacar toda la artillería pesada. No sé cómo han conseguido que el pobre Mantero se preste a la campaña. Pero le van a dar un montón de vueltas al ruedo y, como mínimo, las dos orejas o quizá más.

Esto tenía que pasar. En un contexto de crecimiento de lo gay, de publicaciones, de clubes, de ofertas de Internet, y con un interés tan grande en sacar del armario lo que hay y lo que no hay, tarde o temprano tenía que subir al plató un pobre cura a contarnos sus desequilibrios personales.

Da mucha pena, claro, que una vocación sacerdotal, habiendo tantas cosas estupendas en que gastarse, termine en esto. Los sacerdotes somos iguales que todos, pero nos ordenamos para dedicarnos a Dios y a los demás. Y esto no es sólo una frase, sino el sentido de nuestra vida. Nos toca hacer cosas tan bonitas como dedicarnos a la oración, enseñar la doctrina de Jesucristo, celebrar los sacramentos, visitar enfermos, alentar familias, atender a todo el que quiera pedirnos consejo, procurar vivir la caridad y animar a que se viva en todas partes. Y si uno ve que Dios le pide más trabajo, tiene misiones en todo el mundo, necesitadas de brazos, donde puede realizar una actividad agotadora todos los años que quiera.

El celibato en la Iglesia viene del ejemplo de Jesucristo. Y existe precisamente para esto. Para dedicar la vida a estas tareas tan hermosas. Todas las horas del día y todos los días del año. Y no hay otro modo de vivirlo bien. En cuanto uno deja de rezar y trabajar, en cuanto le sobra tiempo y busca otras satisfacciones, está perdido. Es cosa sabida desde que empezó la Iglesia hace veinte siglos. Enseguida se nota que somos de barro, como cualquiera. Y se nota más, porque el contraste es mayor y porque solemos ser más ingenuos que la media y hacemos el ridículo con más facilidad. Por eso, nos ayuda tanto el aliento de los demás cristianos y, especialmente, de nuestros compañeros sacerdotes, para estar centrados. La soledad nos puede hacer mucho daño. Quizá el pobre Mantero ha estado demasiado solo. Yo no quiero juzgarle. Sólo quiero defender el sacerdocio que desfigura. Es una pena cambiar las cuestiones de Dios, que son belleza, entrega y caridad, por problemáticas de compulsiones instintivas, sentimentalismos desbocados y vísceras. El plato de lentejas.

Ser gay no es ninguna vocación, ni en la Iglesia ni en ninguna otra parte. Es una anomalía funcional. Una contradicción entre los sentimientos, las hormonas y la fisiología. No tiene vuelta de hoja. Pero hay que distinguir. Muy pocos gays lo son por condicionamiento genético. Bastantes lo son por condicionamiento familiar: por tener una madre demasiado posesiva o por haber sido educados en contradicción con su sexo. Una parte importante -cada día más- lo son por condicionamiento personal, por haberse acostumbrado a frecuentar ambientes o publicaciones homosexuales.

El mero hecho de sentir inclinaciones es sólo un dato. Ninguna persona es indigna por sentir inclinaciones desordenadas. Y nadie tiene derecho a maltratarla. Lo penoso y enfermizo es que él se maltrate a sí mismo cultivando voluntariamente su desorden. Porque sentir inclinaciones desordenadas no da derecho a nada. A todo el mundo le gusta el dinero y eso no da derecho a robarlo. Y hay gente que siente el deseo impulsivo de llevarse cosas (cleptomanía) o de jugar a las máquinas tragaperras (ludopatía) o de beber (alcoholismo) o de pincharse (drogodependencias). Y lo que tienen que lograr, precisamente, es alejarse de la tentación y reprimirse. Las ganas no justifican ningún acto por muchas que se tengan.

Todos los hombres tienen tentaciones. Y los que quieren ser honrados saben por experiencia que han que reprimirse en muchos campos y obligarse en otros. Y, a lo mejor, no siempre lo logran y tienen que arrepentirse. También nos pasa esto a los sacerdotes, porque somos hombres como los demás. Cualquier persona que lo haya intentado, sabe que vivir bien la castidad no es fácil. Y habrá aprendido que si reza y trabaja, es mucho más fácil que si no reza y se deja llevar por los antojos. Y desde luego, no hay modo de vivir la castidad viendo algunos programas, leyendo algunas revistas o frecuentando algunos ambientes. De lo que se come se cría. Y si uno se deja llevar, descompone sus resortes interiores. Y acaba sin poderse controlar. Y a ver cómo sale entonces del agujero.

Pero no es cuestión de sacar más trapos a relucir. Ni hay por qué analizar en público el itinerario de Mantero. El sabrá de qué tiene que arrepentirse. Hay que respetarle aunque él no se respete. De todas formas, la solución está clara. Si siente una inclinación tan fuerte que no puede dominarse, tiene que ir al psiquiatra. Y si puede dominarse, pero no quiere cumplir la promesa de castidad que hizo, lo mejor es que se vaya. En la Iglesia nadie le va a maltratar, pero así no puede vivir un sacerdote. La Iglesia tiene que defender lo que es el sacerdocio. Y no puede convertir una anomalía funcional, un desequilibrio hormonal o un vulgar problema afectivo o de madurez personal en el punto de partida para una reforma eclesiástica.

Quizá alguien se escandalice. Es que sabe poco de la vida. Siempre ha habido problemas y los va a seguir habiendo. Nos estamos olvidando del vocabulario cristiano: conciencia, tentación, pecado, arrepentimiento, confesión, purificación, oración y gracia de Dios. No vamos descubrir ahora que la tentación o el pecado existen. Muchos recordarán ese viejo repertorio de los pecados capitales, que a todos nos salpican: soberbia, avaricia, lujuria, gula, ira, envidia y pereza. Las tentaciones son las mismas para todos, con muy ligeros cambios de tonalidad. Y cada uno tiene que cuidarse. Si en lugar de reprimir las tentaciones, las cultiva, de la mala inclinación sacará un vicio. Y con esto basta para destrozar una vida, sea sacerdote o no. Si nos cuidamos más, habrá menos problemas y si nos cuidamos menos, habrá más. Si el ambiente ayuda, será más fácil. Y si no ayuda, más difícil. Esto es lo único que cambia de una época a otra.

Hace unos días, la Conferencia Episcopal española destacaba que la secularización en España afecta también a los sacerdotes. Lo que ha pasado es una muestra. Pero aparte de retoques puntuales, que también son necesarios, el remedio de los males de la Iglesia es siempre el mismo: Por arriba, procurar amar a Dios y al prójimo, de verdad. Por abajo, cuidarse y apartarse de las tentaciones. Y arrepentirse bien y confesarse, si hemos sido débiles. Además, porque el ambiente no ayuda, es necesario aumentar el clima de fraternidad y alegría cristianas. El amor de Dios, que viene de arriba, es la única fuerza nueva que hay en el mundo capaz de transformar la vida humana. Los instintos que vienen de abajo son los de siempre: no van a cambiar. Es lo que hay. Antes de Mantero, después de Mantero e independientemente de Mantero. Que Dios le dé una pizca de sentido común y a los demás también.

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