Noticias© Comunicación Institucional, 07/07/2006

Universidad de Navarra

Cuatro días en Pamplona

Autor: Enrique Banús
Director del Centro de Estudios Europeos
Universidad de Navarra

Fecha: 7 de julio de 2006

Publicado en: El Mundo (Madrid)

Resulta que sé alemán. Y he vivido muchos años en Alemania, hasta que me contrató la Universidad de Navarra. Por eso, cuando iba a venir a Pamplona el cardenal Ratzinger para recibir un doctorado honoris causa, me pidieron que le acompañara. Estuve cuatro días con él, traduciendo, comentando, paseando, yendo de acá para allá, en reuniones y coloquios…

Años después sucedió a Juan Pablo II. Hora y media después de ser elegido Papa, los periodistas ya tenían mi(s) teléfono(s). Hasta 15 entrevistas en prensa, radio y televisión me sacaron del anonimato de profesor de provincias (en una universidad nada provinciana, gracias a Dios). Todas querían saber lo mismo: cómo es Benedicto XVI de cerca, incluso qué le gusta comer. Porque—decían los periodistas—no sabían casi nada de él como persona. No fue fácil contestar: aquellas jornadas en Pamplona fueron extraordinarias, pero la persona que estaba en el centro de todo, un gran teólogo e intelectual, no hizo nada especial. Fue, sencillamente, cariñoso, cercano, de una gran naturalidad. Una bellísima persona, diríamos en castellano. Habló poco de sí, escuchó, comentó, sonrió muchas veces. Se mostró ajeno a las críticas y comentarios que salían a colación en alguna conversación, se le veía despreocupado de su persona. Comentó detalles de sus colaboradores; recordaba, sobre todo, a uno de ellos, gravemente enfermo de cáncer. Recorrimos el campus, desierto a las diez y media de la noche, después de una cena en que había escuchado, paciente, tranquilo, a investigadores del área biomédica. Era sábado y el lunes, en un coloquio con médicos de la Clínica Universitaria, preguntaba por cosas que le habían contado ese día. Paseamos esa noche hablando, entre otras cosas, de los tres ríos que tiene Pamplona: el Arga, el Sadar y el Elorz, y yo comenté—¡qué tontería!—que Pamplona no era como París, Londres o Roma, que sólo tienen uno. El futuro Papa había llegado a la ciudad el viernes. El sábado la cercanía era tal que uno decía tonterías con gran naturalidad... Evidentemente, él era el centro aquellos días. Lo dijo otro de los doctores honoris causa, Julian Simon, judío americano y economista. Cuando le propusieron el doctorado a este pensador, meses antes, aceptó y reconoció que la figura importante era el cardenal Ratzinger.

Cuando entramos el viernes por la tarde en el edificio Central de la universidad para ensayar la ceremonia (el cardenal había llegado poco antes a la ciudad), Julian Simon estaba allí, esperando, para saludarle. Le comentó que era judío y el cardenal le habló con gran aprecio de los que consideraba hermanos mayores de los cristianos. El cardenal se mantenía en el centro y todo el mundo se esforzaba, se desvivía por él. Mientras, dejaba hacer, cumpliendo con el (llenísimo) programa. El lunes por la tarde comunicó que se encerraba en su habitación para repasar una conferencia que iba a dar en Hamburgo pocos días después. El gran intelectual, preocupado por una conferencia.

Por cierto, como Pontífice es un maestro del texto breve. En las audiencias, en las homilías y en los discursos ha optado por la brevedad. Y por la claridad. Pero no da puntada sin hilo: ¡qué temblor en su discurso en Auschwitz!, ¡qué capacidad para adecuar a valores simbólicos lo que fácilmente puede pasar desapercibido, de profundizar en lo conocido, en la homilía de la procesión del Corpus! La misma impresión daba en las respuestas a tantas preguntas que le hicieron en aquellos días, en coloquios con médicos, investigadores, profesores, estudiantes. Las réplicas tenían la profundidad que sólo aporta quien ha pensado mucho las cosas, quien no duda en admitir también que «de eso sabe usted mucho más que yo», como reconoció varias veces a algunos profesores). Sus preguntas sobre temas de bioética, especialmente a los médicos de la Clínica Universitaria, denotaban una profunda preocupación por lo humano, por la Iglesia. Le impresionaron las respuestas de los médicos, llenas de coherencia cristiana y de valía profesional. A los periodistas les relató—más o menos, es lo que recuerdo—que había conocido una universidad verdadera, en la que el diálogo interdisciplinar estaba al servicio de la búsqueda de la verdad. Le impresionó, igualmente, el trabajo en la clínica de quienes se ocupan de la lavandería, el planchado y la preparación de comidas (saludó a la navarrica que estaba hasta el codo de harina preparando la repostería...).

En aquellos días en que salté a la fama, un periodista me dijo que la imagen que yo transmitía del cardenal se contradecía con la que se tenía (¿se sigue teniendo?) de él. Simplemente relaté lo que había vivido. Porque, sencillamente, resulta que sé alemán. Por eso pude, en cuatro días, en Pamplona, conocer de cerca a quien hoy es Benedicto XVI. Años después, sigo convencido de que he conocido a uno de los grandes.

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