Noticias: 07/05/04 [ © Comunicación Institucional, 2004 ]
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Aprender de la historia
Autora:Elisa Luque Alcaide
Instituto de Historia de la Iglesia
Universidad de Navarra
Fecha: 7 de mayo de 2004
Publicado en:  Diario de Noticias (Pamplona)

Como americanista he tratado de penetrar en el porqué de la aventura que vivieron los españoles de fines del siglo XV lanzándose a encontrar nuevos caminos para el comercio con Oriente en una Europa de capitalismo inicial que buscaba mejorar su calidad de vida. Esos hombres, sin esperarlo, se toparon con un mundo desconocido, primero unas islas en el Caribe, pobladas por seminómadas, después, un continente habitado por hombres de cultura muy variada: altas culturas: aztecas, en México; mayas, en América Central y Yucatán; incas, en el área andina; ciudades-estados: muiscas en la Gran Colombia; seminómadas aguerridos: chichimecos del Norte y araucanos del Sur; y muchos más que sería difícil de enumerar.

Descubrieron sus modos de vivir, grandiosos monumentos y ciudades con alto desarrollo y población: Tenochtitlán (México, con unos 80.000 habitantes) y Cusco, con sus calles y edificios de piedra sillar, capital de un Imperio de unos ocho millones de súbditos. Hallaron restos de otras ciudades ya desaparecidas de alto nivel: Teotihuacán, la ciudad de los templos de piedra, con unos 50.000 habitantes, Tikal (Guatemala), Copán (Honduras), Palenque (México). Encontraron pueblos de cultura cazadora y recolectora, seminómadas, en las zonas periféricas de los grandes imperios, en la selva y en los llanos y páramos.

Su asombro creció al constatar que ninguno de ellos conocía el Evangelio, la Buena Nueva de la Redención del hombre por el sacrificio del Hijo de Dios que nos ha restituido la amistad con Dios, haciéndonos partícipes de su gracia. Los hombres americanos tenían en general un profundo sentido religioso; se sabían inmersos en un mundo movido por fuerzas desconocidas que podían proporcionales la abundancia y la carencia, serles propicio. Descubrieron modos de tener de su parte a esas divinidades desconocidas: rendirles tributo y sacrificios, también de vidas humanas. Los aztecas tras sacar el corazón del vencido, víctima propiciatoria, los arrojaban desde lo alto de sus pirámides sagradas. En la zona andina, se usó arrojarlos al fondo de los lagos donde habitaban los dioses. Los hombres americanos que habían alcanzado un elevado desarrollo económico, social, político y cultural, no sabían que Jesucristo había asumido en la Cruz el único sacrificio propiciatorio del pecado. Que en el Calvario "había hecho nuevas todas las cosas", como se le oye decir a su Madre en la película de Mel Gibson.

Al constatar esa carencia los españoles se aprestaron a suplir la desinformación que padecía y que costaba tanta incertidumbre, y tantas vidas humanas; su respuesta fue la labor de evangelización llevada a cabo por seglares y clérigos, aunque la parte del león correspondió a las Órdenes religiosas: franciscanos, dominicos, agustinos, mercedarios, seguidos, varios decenios después, por los jesuitas. No fue tarea fácil; se trataba de dar a conocer a un Dios Uno y trino, Amor para el hombre, sin saber sus lenguas; darle a conocer a pesar de que la vida de algunos de los cristianos españoles no traslucía el cristianismo que decían profesar, pues vivían la aventura americana con fines de lucro o de autoafirmación.

Señor director, a mi entender, la aventura de España en América, tercera gesta evangelizadora de la Iglesia universal, tras la conversión del mundo greco-latino en el mundo Antiguo, y la cristianización de los germanos en la Edad Media, se apoyó sobre tres pilares: un capitalismo mercantilista inicial y pujante; la afirmación de la monarquía nacional; y una Iglesia castellano-aragonesa viva y renovada desde fines del siglo XIV, que haría posible disponer de humanistas de la talla de Juan de Zumárraga, Vasco de Quiroga, y Francisco de Marroquín; juristas de pro, como santo Toribio de Mogrovejo; apóstoles entregados como el minorita san Francisco Solano, o el dominico san Luis Bertrán, o transportistas y comerciantes que buscaron a Dios, como san Sebastián de Aparicio.

La supresión de la enseñanza religiosa a los niños católicos españoles les privará de entender la propia historia en América. Sin entender el pasado del pueblo al que pertenecemos, la génesis de la propia cultura, se hace muy difícil caminar con soltura en el presente. ¿Volverá la historia al revés? ¿Necesitaremos ahora en esta España que se adentra en el siglo XXI que vengan los latinoamericanos a recordarnos algo que los españoles de hace siglos les llevaron allá? ¿Será este el sentido de la emigración que cruza en nuestros días el Atlántico en dirección inversa a la que realizaron Colón, los hermanos Pinzón y los que le siguieron?

Como historiadora me auguro de que quiénes han decidido la supresión de esta enseñanza de un plumazo, escuchen las voces de muchos españoles de hoy y del futuro que clama por su derecho a la propia cultura. Hay un refrán de gran solera y profunda veracidad, como todo saber popular: de sabios es rectificar. Así lo espero de quiénes han iniciado su mandato bajo el lema de diálogo..

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