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La guerra, fracaso de la razón
Autor:Alejandro Navas
Director del departamento
de Comunicación Pública
Universidad de Navarra
Fecha: 7 de marzo de 2003
Publicado en:  Época (Madrid)

El mundo sigue expectante los preparativos militares norteamericanos. La actividad diplomática se incrementa, hasta adquirir un tono febril. Los halcones y las palomas se esfuerzan por convencer a la otra parte de la bondad y justicia de sus argumentos. Líderes religiosos, intelectuales, artistas y personalidades relevantes de diverso tipo se movilizan para denunciar la injusticia de la guerra. Resulta conmovedor ver a Juan Pablo II, enfermo y agotado, sacar fuerzas de flaqueza -y de la vida de fe- para trabajar incansablemente por evitar lo que al día de hoy parece una guerra ya declarada. "La guerra es una derrota de la humanidad", exclamaba de manera tajante hace unos días. La gente de a pie se echa a la calle para clamar por la paz y denunciar la prepotencia estadounidense, de forma tan masiva y coordinada, que algunos ya hablan del surgimiento de una opinión pública mundial, lo que no debería resultar tan extraño en un mundo globalizado como el nuestro.

Desde una óptica meramente política y estratégica, esta guerra se presenta como una opción más que razonable: el deseo de reparación, justicia o venganza alimentado por la población estadounidense a consecuencia del 11 de septiembre no fue satisfecho con la casi pírrica victoria en Afganistán. Los culpables todavía no han pagado. Es dudoso que el régimen iraquí tenga que ver con los terroristas de Al Qaeda, pero este detalle no tiene demasiada importancia. Hay que buscar, tal vez sobre las ruinas del palacio de Sadam Hussein, una foto que pueda contrarrestar el efecto de las imágenes con las derruidas torres gemelas. Además está el control de las jugosas reservas petrolíferas iraquíes, que permitiría a los Estados Unidos dejar de depender de las saudíes, pues el crédito de Arabia como socio digno de confianza se esfuma con gran rapidez. Y desde el punto de vista geopolítico, esta campaña permitiría culminar una tarea pendiente después de dos intentos cerrados en falso: la remodelación del entero Oriente Medio, algo que no se hizo bien tras el desmembramiento del imperio turco y que luego no se corrigió suficientemente al término de la segunda Guerra Mundial.

En estos cálculos, tan plausibles, no figuran las víctimas, ni las familias de los muertos, heridos y desaparecidos. Precisamente en estos últimos días se ha celebrado en Ginebra una conferencia internacional, organizada por el Comité Internacional de la Cruz Roja, titulada The Missing (Los Desaparecidos). Parientes de soldados o civiles desaparecidos, procedentes de casi todo el mundo, narraban la angustia en la que viven, con frecuencia desde hace años, algo más difícil de soportar que la confirmación de la muerte de esos seres queridos. Es como una tortura prolongada, de carácter psíquico. Éste no constituiría más que uno de los eventuales daños colaterales, que hasta el momento apenas ha merecido alguna consideración en la planificación de los gobiernos y estados mayores.

La brutalidad de la guerra, fracaso de la razón y de la humanidad, contrasta de modo particular con el sofisticado grado de desarrollo que ha alcanzado nuestra civilización. Como somos racionales y, por tanto, coherentes, nos incomoda la contradicción entre los principios o declaraciones programáticas y los hechos, por lo que hay que manipular el lenguaje para facilitar la aplicación de la Realpolitik. Puede que esta guerra pase a la historia como la que sirvió para acuñar el prometedor concepto de 'legítima defensa preventiva', aunque es dudoso que esto vaya a servir de consuelo a sus víctimas.

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