Universidad de Navarra -                                              

[Portada]

[Campus]

[Ciencia]

[Comunicación]

[Cultura]

[Economía]

[Educación]

[Medicina]

[Sociedad]

Otros servicios:

Otros artículos de opinión

Vida Universitaria:

Tablón de anuncios:
Cambios en el web, consultas, avisos puntuales.

Archivo:


¿Todavía no se ha suscrito?:

¿Qué pasa en nuestros hospitales?

Autor: Francisco Errasti
Director del Programa Biomédico
Universidad de Navarra
Fecha: 6 de septiembre de 2001
Publicado en: El Mundo

"El arte de la medicina consiste en entretener al paciente hasta que la naturaleza lo cure". Esta ocurrencia llena de sarcasmo, solo puede atribuirse a alguien como Voltaire cuya inteligencia nunca fue óbice para el desarrollo de su cinismo, adobado casi siempre con una visión turbia de la vida. Naturalmente, nunca dejó de acudir a los médicos cuando tuvo necesidad de ellos.

Recientemente, la conocida revista "The Economist" (21.VII.01) ha sacado a la luz pública un hecho de tenebrosa gravedad: en un hospital británico (Bristol Royal Infirmary), más de noventa niños intervenidos de cirugía cardiaca entre 1984 y 1995, fallecieron o sufrieron lesiones. El índice de mortalidad en el citado hospital era dos veces superior al de otros centros hospitalarios de Gran Bretaña, sin que, por ello, los responsables del centro tomaran la decisión de paralizar las intervenciones.

Después de tres años de investigación y un coste de 14 millones de libras (3.500 millones de pesetas) el pasado mes de julio se hicieron públicos los resultados. El fracaso -señala el informe encargado por el Departamento de Salud- es achacable en mayor medida a la filosofía médica y de gestión del National Health Service (Servicio Nacional de Salud) que a las actuaciones individuales.

Las recomendaciones -casi doscientas- hacen hincapié en cómo debe funcionar el sistema y salvar alrededor de 25.000 vidas que pueden perderse anualmente como resultado de algunos errores médicos, como las equivocaciones en la prescripción de medicamentos.

Este tipo de informaciones -sin duda ciertas y comprobadas- originan un clima altamente perturbador. Son, sin duda, noticias verdaderas pero no agotan toda la verdad, en la medida en que olvidan las miles de intervenciones quirúrgicas y tratamientos médicos que se llevan a cabo exitosamente. Y, desde luego, cuando se toma el todo por la parte, alientan una actitud defensiva que no beneficia a nadie.

Es evidente, por otro lado, que una cuestión de semejante alcance, no puede -no debe- sustraerse al debate social, serio y riguroso; es decir, teniendo en cuenta el laberinto de claroscuros y matices de los que está hecha la realidad y más en concreto lo que se entiende por " resultados en la asistencia sanitaria". Nuestro propio país se ve sacudido estos días por situaciones que causan no poca zozobra y desconfianza. Vayamos por partes, porque la asistencia sanitaria tiene forma "poliédrica".

Los avances de la medicina -especialmente los medios de diagnóstico y la alta tecnología- han supuesto una esperanza luminosa para la sociedad moderna. Los medios de comunicación han sabido captar el interés social de estos avances que han sido interpretados por no pocos como el advenimiento de un mundo feliz: "ya no habrá enfermedad que se resista". Los titulares -la letra pequeña se lee menos- resultan impactantes, cuando los buenos pero parciales resultados en una experimentación animal son trasladados a una esperanza de curación definitiva.

Desde esta perspectiva se va extendiendo la idea de que en todo "fracaso" asistencial se ha dado un error. Olvidando -en ocasiones con ratificada mala fe- que, en la asistencia sanitaria, se da una inevitable "variabilidad" en los resultados, que a igual tratamiento no todos los enfermos responden del mismo modo y que, en última instancia, la medicina no es una ciencia exacta, en la que sus parámetros -tan complejos como imprevisibles - no responden a la lógica matemática. Pero hay pacientes que no lo creen así, y exigen -en una absoluta falta de respeto por la profesión- lo que no deben. A algunos de estos habría que citarles algo que dejó escrito el poeta Rilke: "Hay que aprender a morir: en eso consiste la vida".

Esta situación no se ha creado de manera espontánea. Durante muchos años, el sector de la asistencia sanitaria se ha visto sustraído de las reglas de la eficiencia y la efectividad. Es decir de la transparencia propia de un mercado bien informado. Este "peculiar mercado" no ha hecho públicos sus resultados: se desconocen las índices de morbi-mortalidad de las intervenciones quirúrgicas; las comparaciones entre distintos hospitales, los porcentajes de infecciones, etc. Se constatan importantes variaciones en las tasas de hospitalización, procedimientos quirúrgicos, medios diagnósticos y utilización de fármacos. Si un hospital es una "empresa de salud", ¿no debería publicar sus "resultados", la calidad de aquello que produce? Esto es lo que recomienda la citada investigación, si bien no deja de tener serios problemas, por las importantes variaciones que se dan entre pacientes y los distintos hospitales. Una correcta interpretación debería establecer las salvedades oportunas y ser presentadas con el adecuado formato para el usuario.

El consentimiento informado ha facilitado algo esta tarea, aunque todavía es visto por algunos médicos como un trabajo molesto, más que como un derecho de los pacientes. Un buen proceso de comunicación médico-paciente -verbal y personal- convierte la firma del consentimiento informado, en un puro trámite en el que la confianza suple con creces el temor que puede suscitar su contenido. Las entidades sanitarias deben establecer sistemas de comunicación con sus pacientes y el médico ha de recibir ayuda, para ejercer esta nueva responsabilidad, desconocida hasta hace muy poco.

Pero hay más. Si un enfermo sufre complicaciones debido a un error médico, es un deber ético del médico informarle para que comprenda lo sucedido. La utilidad y eficacia de este modo de proceder están fuera de duda, de forma que la propia "Joint Commision on Acreditation of Health Care Organizations" (el organismo privado más prestigioso de acreditación de hospitales) exige para la acreditación que se comunique al paciente si se ha cometido un error médico. Esto reclama una nueva "cultura de seguridad y calidad en nuestros hospitales", es decir de "gestión de riesgos". El mínimo derecho que nos asiste es el de conocer la verdad, sin que se tergiverse la visión de las cosas. Diciendo la verdad y siendo honrados se salva la conciencia y se sale ganando, porque también se afirma la dignidad y el prestigio. En definitiva, la suficiencia moral.

Estamos lejos de esta nueva mentalidad -en ocasiones, en las antípodas- pero es lo que, junto con las medidas de prevención, otorgarán a los hospitales y al personal sanitario, el espaldarazo de una confianza definitiva.

Por otro lado, el personal sanitario -especialmente los médicos- están asumiendo, como una exigencia social, nuevas y costosas responsabilidades. Quizá ninguna profesión como esta ha retrocedido en las dos últimas décadas, en los parámetros básicos con lo que la sociedad moderna juzga el éxito en su sentido más amplio: consideración profesional, nivel de retribución, condiciones de trabajo, etc. Y todo ello bajo la sofocante presión de la angustia inherente a la limitación humana.

Hay dos tipos de profesionales a los que confiamos lo que de más preciado tenemos en la vida: los hijos y la salud. Los educadores y los médicos deberían ser los auténticos "mimados" de una sociedad que cada vez les pide más y a cambio les ofrece muy poco. ¿Será cierto lo que expresó D. S. Lees hace más de cuarenta años, cuando afirmó que siendo la sanidad un bien de consumo personal es más que dudosa su candidatura para la producción colectiva? Y si es cierto ¿será este uno de los causantes del equívoco en el que está inmerso el ejercicio de la medicina?

A pesar de todo, cuando la enfermedad reduce al ser humano a su más terrible expresión, son los médicos y quienes se dedican al cuidado de los enfermos, quienes alientan su esperanza; y a caballo entre los conocimientos y su penuria - la medicina no lo sabe todo y hay muchas enfermedades que no puede curar - ofrecen el bálsamo luminoso de su ciencia y su dedicación. Bien se merecen que la sociedad se lo reconozca.

Noticia en formato texto

Página principal[Sugerencias][Arriba]