Noticias© Comunicación Institucional, 03/07/2007

Universidad de Navarra

Y además, Murdoch

Autor: Ángel Arrese
Profesor de Periodismo Económico
Universidad de Navarra

Fecha: 3 de julio de 2007

Publicado en: Diario Expansión (Madrid)

Durante los dos últimos meses han corrido ríos de tinta en torno a la adquisición de Dow Jones, la empresa editora del Wall Street Journal, por parte de Rupert Murdoch. La mayoría de las discusiones se han centrado en la polémica despertada por la posibilidad de que un empresario como Murdoch, conocido por su férreo control editorial de los medios que posee –desde el Times de Londres hasta el neoyorquino New York Post, pasando por el canal televisivo Fox News-, se hiciera con una de las instituciones más prestigiosas del periodismo estadounidense. No en vano, el Wall Street Journal, junto al New York Times y al Washington Post, es referencia de integridad e independencia editorial, de periodismo de calidad en su máxima expresión. De esta forma, la controversia que acompaña siempre a las operaciones de Rupert Murdoch, especialmente en los Estados Unidos, se ha encargado de magnificar un asunto que de otra forma hubiera pasado más inadvertido.

Sin embargo, se ha escrito menos sobre los problemas de esta operación en sus aspectos esenciales, en aquellos referidos al hecho de que una empresa multimedia global se haga con el control del diario económico más influyente de Estados Unidos y, por extensión, uno de los más influyentes del planeta. Cabe preguntarse: ¿sería esta compra una compra normal si se dejara a un lado el “factor Murdoch”? O dicho de otro modo, ¿es Murdoch, como parece, el gran problema, o hay otros factores que habría que considerar, también en el caso de posibles compradores como General Electric, Microsoft, u otras grandes empresas que pudieran entrar en liza?

Hay al menos cuatro razones para no desear que una empresa multimedia global como News Corp., u otras de similar naturaleza, se haga con el control de un diario económico como el Wall Street Journal. Las mismas razones servirían también para reflexionar sorbre la independencia –al menos una independencia razonable- de otros medios de información económica en mercados nacionales.

Las ventajas del outsider. El Wall Street Journal ha cimentado su prestigio, durante más de un siglo, en la capacidad de analizar el mundo de los negocios sin pies forzados, sin conflictos de intereses relevantes, más allá de los que le podía plantear estar controlado por la familia Bancroft. Pero el principal negocio de la familia era el propio periódico, y además nunca ninguno de sus miembros ha tratado de ejercer como empresario de medios. De esta forma, aunque trabajando en el corazón del mundo financiero y empresarial, el periódico podía mantener la posición de outsider.

En el seno de una gran corporación global, como News Corp., General Electric o cualquiera de otro tipo, habría buen número de campos informativos, relacionados con los negocios y las finanzas, en los que la empresa editora, el propietario, tendría intereses particulares. Obviamente, eso no tendría por qué determinar su cobertura, al menos en el día a día, pero sí podría tener su importancia en determinados momentos, en torno a cuestiones concretas, o al cubrir a ciertas personalidades. Además, como el código de conducta de Dow Jones señala en la actualidad, en la información económica la confianza se gana siendo honesto, pero también reduciendo al mínimo cualquier duda que el lector pueda albergar sobre las condiciones del ejercicio de esa honestidad profesional.

Cabeza de ratón, o cola de león. Una de las características de las grandes marcas de información económica, a lo largo de la historia, ha sido su desarrollo en empresas en las que esos títulos constituían una parte fundamental –cuando no la más importante- del negocio periodístico. El Wall Street Journal en Dow Jones, el Financial Times en Pearson, The Economist en The Economist Group, Business Week en McGraw Hill, Forbes en Forbes Inc., etc. han sido en gran medida los buques insignia de sus empresas editoras. En algunos casos, además, han estado arropados por otros negocios íntimamente conectados con la información económica, de tal forma que una cierta obsesión por la especialización en este campo parece consustancial con el desarrollo de medios de verdadera calidad –algo similar ha sucedido con agencias como Reuters y Bloomberg, o con otros títulos diarios como Handelsblatt o el Nihon Keizai Shimbun-. Protagonismo en la cartera de negocios y una cierta obsesión en el foco temático han ayudado a que muchas de esas marcas se hayan desarrollado con la adecuada atención directiva y con el indispensable compromiso de recursos económicos, incluso en épocas de crisis.

En el seno de News Corp., o de cualquier otra gran corporación, el volumen de negocio de un periódico como el Wall Street Journal tiende a ser casi insignificante, y su influencia corporativa completamente prescindible. Por contra, la tentación de utilizar una marca de prestigio como esa para extenderla y ponerla en relación con actividades que seguramente no le son propias es infinita. Siendo “cola de león” en un gran conglomerado, una marca como la del diario estadounidense tiene probablemente mucho más que perder que como “cabeza de ratón” en un grupo como Dow Jones.

En el centro de los huracanes. Seguramente, ubicado en cualquier gran conglomerado multimedia mundial –sin duda alguna, también en News Corp.-, el Wall Street Journal formaría parte de alguno de los principales protagonistas de la economía del siglo XXI. El sector de la comunicación y del entretenimiento, al que el diario dedica cada vez más atención en su sección “Marketing & Media”, ha pasado a ocupar un lugar central en la era de información. Los negocios en Internet, las telecomunicaciones, los medios de comunicación, la música, el cine, etc. son la savia de esa era, y el periodismo cada vez tiene más dificultades para dar razón de su desarrollo, sin caer en la tentación y en la problemática de quien es “juez y parte”.

Además, es ese un sector especialmente globalizado, por lo que se entiende que en el caso de la compra de Dow Jones haya saltado a la palestra, a las primeras de cambio, el tema de China. El Wall Street Journal mantiene una actitud vigilante y de denuncia sobre las profundas sombras que existen en aquel país; unas sombras que conviven con el deslumbrante desarrollo económico del que buena parte de las corporaciones occidentales desean ser partícipes, muchas veces cerrando los ojos y tapándose las narices. En esta ocasión el caso se ha planteado por los abundantes intereses de News Corp. en aquel país, pero quizá no hubiera sido muy distinto si el comprador fuera cualquier otro gigante multimedia.

La mayoría de los medios periodísticos, de una u otra forma, rondan esos huracanes de la era de la información, pero el Wall Street Journal había logrado mantenerse a cierta distancia. No hay duda de que una empresa como News Corp. pasaría a estar en el mismo centro, y es dudoso que desde esa situación se pueda ver la realidad de la misma forma.

Más alto, más fuerte, más grande. En el caso que nos ocupa, nadie duda de que la razón por la que los actuales propietarios de Dow Jones están considerando la oferta de News Corp. –además de la generosa ganancia personal- no es otra que la incapacidad de la empresa para crecer al ritmo y con la rentabilidad que demanda el mercado bursátil; para hacerlo del modo que cabe exigir a una empresa multimedia en la era de Internet, explotando al máximo el supuesto potencial de marcas como Wall Street Journal y Dow Jones Newswires. Con no demasiado esfuerzo, cualquier gran corporación puede avivar la llama del negocio de los Bancroft, en la lógica del “más alto, más fuerte, más grande” que impera en los mercados competitivos, y el de los medios lo es cada vez más, especialmente en un momento en el que un día sí y otro también se anuncia la muerte de los periódicos.

Pero es discutible que esa lógica conduzca al “mejor” medio periodístico. De hecho, en el campo de la prensa económica los avances en calidad y cantidad siempre han sido lentos, moderados pero continuos, en nada comparables a las sensacionales historias de éxito (y fracaso) de otros productos masivos, de los shows de moda, o de los negocios redondos.

Peter Kann, el último presidente de Dow Jones procedente de la redacción, recordaba en la carta que escribió a los Bancroft para mostrar su oposición a la compra de News Corp.: “Hay mucha gente en nuestra sociedad que opta por carreras profesionales y toma decisiones que no siempre maximizan el beneficio financiero. Y eso es cierto en el caso de mucha gente que trabaja en Dow Jones. Sólo considerad, por ejemplo, el gran número de periodistas con gran talento que podrían haber hecho mucho dinero trabajando en el mundo financiero o en relaciones públicas, y que sin embargo han continuado durante años en el periódico. Ellos dedicaron sus carreras, y todavía lo hacen, a algo más importante –a ejercer una especie de servicio público en una compañía que se ha visto a sí misma como una institución y que ha sido protegida por una familia que compartía ese compromiso con la sociedad”. De esta forma, el diario ha logrado ser uno de los periódicos más admirados del planeta.

“Y además, Murdoch”, sería la coletilla que se puede añadir en el caso que nos ocupa a las cuatro razones comentadas para concluir que la compra de Dow Jones por News Corp. es una mala noticia. O quizá otros puedan pensar que, dadas las circunstancias, “al menos, tenemos a Murdoch”. Al menos, porque el empresario australiano ama los periódicos, entiende la diferencia entre el Times londinense y el New York Post, comprende que en torno a una institución periodística se pueda negociar la creación de un Consejo Editorial, ajeno a la propiedad, para garantizar la integridad e independencia periodística, y quizá no tenga que influir en las páginas editoriales del diario, porque concuerdan básicamente con sus ideas.

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