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La inmigración
Autor:Josep Ignasi Saranyana
Profesor de Teología
Universidad de Navarra
Fecha: 6 de abril de 2003
Publicado en:  La Vanguardia (Barcelona)

La sentencia del Tribunal Supremo anulando doce preceptos del reglamento de la ley de Extranjería reclama nuestra atención, en un momento de tantos flujos migratorios... y los que se avecinan, a consecuencia de estas injustas guerras. Los movimientos migratorios han sido una constante en la historia. Aunque dolorosos y dramáticos, siempre han rejuvenecido al pueblo receptor y han beneficiado al pueblo acogido. La península Ibérica ha sido tradicionalmente una tierra de paso y de asentamiento de nuevas etnias: los romanos, los visigodos y demás germanos, los árabes, los alemanes y franceses en los primeros siglos modernos... Las migraciones interiores han sido notables. Catalunya se ha beneficiado ampliamente de la incorporación de nuevas gentes. Si no fuera por ellas, ni de lejos habríamos alcanzado los seis millones.

Hace poco nuestras primeras autoridades se manifestaban preocupadas por los 80.000 que llegan todos los años a Catalunya desde hace más de un lustro. En total 382.000 nuevos inmigrantes censados entre 1996 y el 2001. No obstante, el desastre no es que vengan gentes de otras culturas o de otras latitudes (Vicens Vives hablaba de ósmosis demográficas), sino que el crecimiento vegetativo autóctono haya sido sólo de 23.000 personas.

Un hundimiento poblacional de tal entidad sólo puede atribuirse a una profunda crisis de ilusión o a una quiebra moral colectiva. En tales circunstancias, la llegada de otros, dispuestos a abrirse camino, con la esperanza de encontrar mejores condiciones de vida, puede constituir el revulsivo necesario. Y si no, al tiempo. Es cierto que los problemas de inserción son y serán complicados (se habla de presión sobre sanidad, vivienda y enseñanza). Se exigirá una dosis notable de generosidad por ambas partes. A la postre, sin embargo, todos saldremos beneficiados.

Porque, dando la vuelta al argumento de los "clásicos", toda demanda crea su propia oferta... Por ello, me alegra mucho la reciente sentencia del Tribunal Supremo. Ahora toca acoger al que emigra, ofrecer trabajo (en buenas condiciones) al que no lo tiene, tener paciencia con otras costumbres y hábitos, buscar alojamiento a los sin techo y encauzar la integración. Esto es hacer país y es también vivir a tope el cristianismo.

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