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Imposturas intelectuales

Autor:Ignacio Arellano
Catedrático de Literatura
Universidad de Navarra
Fecha: 6 de abril de 2002
Publicado en:  Diario de Navarra

Chesterton, el polemista, gran intelectual y poeta, escribe en su ensayo «Las tres clases de hombres»: «Hay tres clases de gente en este mundo. La primera es el pueblo; posiblemente integra la clase más amplia y de más valor. La segunda clase se podría denominar la de los poetas; por lo general son un mal para sus familias pero una bendición para la humanidad. La tercera clase es la de los profesores e intelectuales, algunas veces descritos como la gente pensadora, y estos son un tizón y un objeto de desolación para sus familias y para la humanidad». Matiza (agradezcámoselo los profesores) que toda clasificación exagera a veces. Para ilustrar su juicio pone un ejemplo. Abrid, dice, el primer periódico cómico que encontréis y dejad que vuestros ojos se posen sobre el primer chiste que se refiere a la suegra. Será un chiste simple; la anciana señora será alta y robusta, y el gallina del marido pequeño y cobarde. Pero la idea de la suegra no es una idea simple, sino muy sutil. Suponed ahora que aparezca el profesor y que diga: «La suegra es meramente una conciudadana; las consideraciones del sexo no deben entremezclarse con la camaradería. Las consideraciones de la edad no deben influir en el intelecto. La suegra es meramente Otra Mentalidad. Debemos emanciparnos de los grados y jerarquías de la tribu». Y apostilla: «Cuando el profesor haya dicho esto (como hace siempre) yo le diré: Señor, es usted más burdo que los recortes cómicos. Usted es más vulgar y desatinado que el artista más elefantino de un café cantante». En suma, el profesor de Chesterton (como otros muchos) es un impostor sin sensatez ni sentido del humor que en vez de explicarlo mejor impide comprender el chiste.

Ese ensayo puede iluminar otras imposturas intelectuales más cercanas en esta época nuestra posmoderna (o quizá ya posposmoderna), en que se ha puesto de moda rechazar el básico «sentido común» (demasiado ingenuo), y despreciar la pretensión racionalista para instalarse en un relativismo cultural que todo lo considera narración, discurso o construcción social, sin que haya ninguna verdad que lo sea verdaderamente (a menos que la enuncie el dogmatista de turno: no cualquier profesor está autorizado para este cometido). Uno de mis estudiantes de la Universidad de Duke, muy avanzada en estas materias, me presentó en una ocasión un análisis posmoderno de El caballero de Olmedo: su tesis era que la clave la obra consistía en la traslación del margen al centro y el vaciamiento del núcleo en un proceso deconstructivo. Pero no sabía responder a la pregunta de qué era el posmodernismo, ni me supo situar el margen ni el centro ni el núcleo, ni decir a dónde habían ido a parar don Alonso y doña Inés (probablemente habían sido expulsados del centro y merodeaban perdidos por el margen). En una importante revista cultural norteamericana, Alan Sokal, un profesor de física, publicó en 1996 una parodia que le tomaron muy en serio: los redactores fueron incapaces de distinguir los estudios hechos con pretensiones de seriedad de una broma (bien instructiva por lo demás). ¿Escandaloso? Si clásicos tenían (tienen), entre otras, la virtud de expresar lo que quieren con palabras significativas, apuestas y bien colocadas (lo cual no significa que sean fáciles), los tunantes posmodernos buscan en lo oscuro y vago la inmunidad a toda crítica; el hermetismo los salva, porque nadie quiere quedar por ignorante, ni ser acusado de reaccionario. En su artículo y en un libro posterior de recomendable lectura, escrito con Bricmont (otro físico), Alan Sokal ridiculiza las aplicaciones absurdas de terminología y conceptos científicos mal digeridos a ciencias humanas como la historia política, la psicología o la crítica literaria. Muestran cómo los famosos Lacan, Kristeva, Baudrillard, Irigaray, y otros teóricos y «filósofos» que son el pan nuestro (pos)moderno de cada día, ensartan afirmaciones sin sentido, no distinguen los números irracionales de los imaginarios, divagan sobre la matemática de conjuntos o la teoría del caos o la mecánica cuántica, y fantasean con fórmulas que venden como genialidades y que causan a los científicos de verdad estupor, indignación y carcajadas. En esa feria de las vacuidades, una conocida teórica del gremio (Luce Irigaray), considera, por ejemplo, que las construcciones científicas están marcadas por el sexo de los investigadores: como Einstein era varón, la fórmula de la relatividad (energía igual a masa por la velocidad de la luz al cuadrado) es sexuada y privilegia la velocidad de la luz respecto de otras velocidades. Además es masculina porque se utiliza en la bomba atómica y por el hecho de haber tenido en cuenta «lo que va más aprisa». Olvida un detalle de cierta relevancia: que la ecuación de Einstein se ha verificado y no funcionaría con otra velocidad que no fuera la de la luz. Otro intelectual muy de moda (Bruno Latour) niega la existencia objetiva de hechos históricos, pues todo es «una construcción del discurso»: ridiculiza la opinión de unos científicos que afirman que Ramsés II murió de tuberculosis porque el bacilo de Koch se descubre en 1882 y Ramsés, el pobre, murió hacia el 1213 antes de Cristo: «¿Cómo pudo fallecer a causa de un bacilo que Koch descubrió en 1882? Sería un anacronismo», concluye triunfante. Para Latour, ¡cráneo privilegiado!, la solución obvia de que Koch descubre un bacilo que existía en tiempos de Ramsés «tiene solo apariencia de sentido común». Estas mistificaciones sin ingenio ni sensatez resaltan llamativamente cuando se aplican a cuestiones de ciencias positivas, pero son más peligrosas cuando se aplican a las tierras movedizas de las humanidades. En otra prestigiosa revista de crítica teatral sobre el Siglo de Oro se puede leer que la comedia de Lope «La dama boba», es, si se analiza su título, un llamamiento feminista, pues la palabra «boba» (quitándole la primera b que al parecer sobra por repetida) se convierte en «ova», que recuerda ovario. Ciertamente la comedia de Lope podría ser un alegato feminista, pero no precisamente por el bobo (!) jueguecillo con el título. Del lenguaje oscuro a la charlatanería arbitraria, en la obra de muy reputados intelectuales y críticos se pueden acumular infinidad de sinsentidos que no les han impedido (todo lo contrario) alcanzar altos puestos y cargos opíparos, mientras que honrados profesores que pretenden hacer su trabajo lo mejor posible son a menudo calificados de «demasiado tradicionales o clasicistas», cuando no directamente de obsoletos y desfasados. Es necesario, en este panorama, que las humanidades sean socorridas por profesionales competentes capaces de defenderlas del olvido de los unos y de la manipulación de los otros. Esta confusión intelectual es el gato que los bellacos venden por liebre a los tarugos, mientras los clásicos resisten en la trinchera de la razón, asombrados de que se puedan tomar en serio tan peregrinos babeles. ¡Oh tempora, oh mores!

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