Noticias© Comunicación Institucional, 05/12/2007

Universidad de Navarra

Esperanza para mí y para los otros

Autor: Ramiro Pellitero
Profesor de Teología pastoral
Universidad de Navarra

Fecha: 5 de diciembre de 2007

Publicado en: La Gaceta de los Negocios (Madrid)

En su segunda encíclica dice Benedicto XVI que, en el diálogo del cristianismo con la edad moderna, los cristianos hemos de aprender de nuevo lo que es y lo que no es la esperanza, para comprendernos a nosotros mismos a partir de nuestras propias raíces.

Por eso comienza evocando a los primeros cristianos. ¿Qué pasaba cuando se convertían? Habían conocido a Jesucristo, y eso, como a todos los que después han abrazado el cristianismo -como Josefina Bakhita-, les había liberado. Ahora sabían en qué consiste la vida verdadera, y por tanto llegaban a una nueva libertad. Su existencia se podía apoyar en la certeza de un futuro que ya comienza a entregarse ahora.

Así como la llave es garantía de alcanzar lo que hay tras la puerta, la fe, según la carta a los Hebreos, nos da ya la “sustancia” de la esperanza; es decir, la vida eterna. No un vivir ilimitadamente sin más, sino una vida en sentido pleno, en la plenitud del ser y de la alegría.

Ahora bien, se pregunta el Papa: ¿no es esto un puro individualismo, que se desentiende del mundo para refugiarse en una salvación eterna exclusivamente privada? Como si alguien, en su inconsciencia o egoísmo, atravesara “felizmente” una batalla con una rosa en la mano… La respuesta es clara: no, esa no es la salvación del Evangelio, esa no es la esperanza cristiana. La salvación cristiana sólo se da en la apertura a los demás, en la entrega a los otros, a la humanidad entera.

Entonces, continúa preguntándose, ¿cómo se ha podido llegar a esa idea de que el mensaje de Jesús aparta de la responsabilidad por los demás y por el mundo? Esta deformación ha tenido lugar en los tiempos modernos, que cambiaron la fe en Dios por la “fe” en el progreso y la confianza ilimitada en la razón. Marx y Lenin tradujeron esa esperanza terrena en revolución como camino seguro a una felicidad; pero se olvidaron de que el hombre no es sólo materia, es también libertad. Ya Kant había advertido del peligro de autodestrucción que vendría de una fe exclusivamente racional. Algo así han dicho otros pensadores más modernos, como Adorno, al hablar, en el siglo XX, del paso “de la honda a la superbomba”.

¿Quiere esto decir que no hay que confiar en el progreso? El progreso humano no puede entenderse sólo como dominio de la naturaleza, sino también como avance en la ética y, por tanto, en la libertad. Y “la libertad debe ser conquistada para el bien una y otra vez”. Por tanto, la ciencia no puede por sí sola salvar al hombre, aportarle la felicidad y la vida plena. Puede ayudarle pero también destruirle.

Y es que el hombre sólo puede ser salvado por el amor. Y el amor que salva y da sentido a la vida de cada hombre lo ha manifestado Jesucristo. Con sus palabras y sus hechos, ha mostrado que Dios no se desentiende de los hombres, de sus penas y dolores: nos ha conocido y se ha entregado por amor “a cada uno”. Pero, de nuevo, ¿no es esto entender la salvación de modo individualista? No, observa el Papa, porque “estar en comunión con Jesucristo nos hace participar en su ser para todos”, en la responsabilidad por la justicia, en ya no poder vivir para uno mismo. En Jesucristo se muestra “el Dios que tiene un rostro humano y que nos ha amado hasta el extremo, a cada uno en particular y a la humanidad en su conjunto”. En la perspectiva de la fe, esto hay que aprenderlo de nuevo en la oración, en el trabajo, en el sufrimiento que conlleva buscar la verdad y la justicia.

Por tanto, concluye Benedicto XVI, para los cristianos se impone no sólo la pregunta “¿Cómo puedo salvarme yo mismo?”, sino también: “¿Qué puedo hacer para que otros se salven y para que surja también para ellos la estrella de la esperanza? Entonces habré hecho el máximo también por mi salvación personal”. El ancla de la esperanza cristiana “es siempre esperanza para los demás”. Y esto ha de traducirse en un resdescubrimiento del sentido de la Iglesia como germen de solidaridad universal, y en un amor más efectivo por todos.

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