Noticias: [ © Dirección de Comunicación , 2002 ]
Suscríbase a las noticias 
La soledad del monstruo
Autor:Ignacio Arellano
Catedrático de Literatura
Universidad de Navarra
Fecha: 5 de octubre de 2002
Publicado en:  Diario de Navarra

Mary W. Shelley escribió Frankestein durante unas vacaciones en la residencia de lord Byron, junto al lago Leman, en 1816, cuando alguien propuso la idea de que cada uno del grupo de amigos escribiera para entretenerse un cuento de fantasmas. Pero Frankestein no es un relato de fantasmas, sino una parábola que trata de la ciencia del bien y del mal, de la soberbia y responsabilidad del conocimiento, y de la soledad de los monstruos. Según distintas tradiciones mitológicas Prometeo modeló de barro los primeros hombres y sustrajo a los dioses el fuego (el espíritu vital), por lo que fue condenado a tormento eterno, encadenado con cables de acero en las montañas del Cáucaso mientras un águila devoraba su hígado constantemente regenerado. Como Prometeo el doctor Víctor Frankestein, interesado apasionadamente en el origen de la vida, persigue «la gloria que podía alcanzar si conseguía liberar a la humanidad de todas las enfermedades, haciendo del hombre un ser invulnerable a cualquier tipo de muerte», y cumpliendo un destino fatal que acarreará el castigo condigno, logra descubrir el anhelado secreto: «Analicé con todo detalle las causas por las que se produce el paso de la vida a la nada y de la muerte a la vida, hasta que de aquella oscuridad salió una luz que iluminó mi espíritu, desconcertándome al saberme el único descubridor de un secreto perseguido con avidez por tantos hombres de genio. La vida y la muerte se me antojaban límites que yo iba a destruir al derramar un torrente de luz sobre las tinieblas del mundo».

Como si fuera Dios mismo infunde vida a una criatura que repudiará en el acto al ver su deformidad («Pude ver cómo se abrían los ojos de aquella criatura. Su piel era tan amarillenta que apenas lograba cubrir las red de músculos y arterias de su interior; su cabello, negro y abundante, era lacio... sus ojos vidriosos, de color aproximado al blanco sucio del de sus cuencas... llenaba mis sueños de horror y repugnancia. Incapaz de soportar la vista de aquella obra huí»). Comete así Frankestein dos pecados sucesivos: el de imprudente soberbia y el de irresponsable desamor por su hijo monstruoso, obra de sus manos. Abandonado en un mundo hostil, incomprendido y acosado por quienes rehusan ser sus hermanos, frustrado en sus ansias de amor y amistad, el monstruo se entrega a la venganza con un odio inextinguible, sin que encuentre barreras para su prodigiosa fuerza y su aguda inteligencia. Un crimen tras otro jalonan la biografía del proscrito, perseguido por Frankestein, que intenta en vano reparar su yerro destruyendo al gigante. Un hálito de rebeldía romántica, de desmesura emocional y patetismo aureola el peregrinar del monstruo por agrestes paisajes hasta su destino final en los territorios polares. La búsqueda de una cordialidad humana que pueda salvarle de la crueldad fracasa, y la respuesta invariable es el crimen. Su horrible aspecto lo convierte en un marginado, fiera perseguida que se comporta como tal: «Todos los hombres odian a un ser desgraciado. Tú, creador, rechazas tu propia obra. Cumple el deber que tienes para conmigo y yo cumpliré con el mío, hacia ti y hacia el resto de la humanidad; si te niegas haré trabajar a la guadaña de la muerte hasta que esta se haya embriagado con la sangre de quienes te quieren». Todas las súplicas son inútiles y se desespera en la intolerable soledad: «Si me veo privado de todo lazo de afecto con otro ser nadie podrá culparme de que en mi pecho solo se albergue el odio. Si soy perverso es porque me veo obligado a vivir en la soledad que aborrezco».

Procura entonces que Frankestein sienta la misma desesperación y la misma soledad asesinando con imparable exactitud a su familia y amigos y a la misma esposa en la noche de bodas: «Entre los millones de seres que poblaban la tierra no había uno solo capaz de comprenderme y de sentir piedad por mí. ¿Por qué tenía yo que ser bueno y tolerante con quienes eran mis enemigos encarnizados? Desde aquel instante me declaré en guerra constante contra todo el género humano, y particularmente centré mi odio en quien me había dado vida para condenarme a vivir en un mundo del que solo recibía miseria y tormento».

Las numerosas versiones cinematográficas de la obra de Mary Shelley suponen con abusiva trivialidad que la violencia del monstruo procede de haber usado el doctor Frankestein un cerebro de criminal para su criatura. Nada más falso. La violencia es una angustiada, desesperada rebeldía, fruto de la insoportable soledad y del repudio, para él incomprensible, de su padre. En el desenlace, la destrucción hermana para siempre a la criatura y a su creador. Frankestein ha mordido la manzana del mal y el brazo del ángel vengador, dice, «se extendía sobre mí para arrojarme del Edén de mis esperanzas». Arrojado, en efecto, del Edén a los hielos inhóspitos del polo, y extenuado por la desigual batalla que consume todas sus energías, hallará al fin la muerte, cerrando con ella el ciclo de la existencia miserable de su creación: huérfano y definitivamente perdido, el monstruo se dirige, con el peso de sus crímenes, al extremo más alejado del hemisferio para arrojarse a su pira funeraria. La última visión que de él se nos ofrece lo sitúa en un témpano de hielo, arrastrado por el torbellino, perdiéndose en la oscuridad de la distancia... Es horrible, es diferente, siempre ha estado solo y no tiene ninguna esperanza...

Versión para imprimir