Noticias© Comunicación Institucional, 05/07/2005

Universidad de Navarra

Defensa de un colega injustamente atacado

Autor: Gonzalo Herranz
Departamento de Humanidades Biomédicas
Universidad de Navarra

Fecha: 5 de julio de 2005

Publicado en: Diario Médico (Madrid)

Señala nuestro Código de Ética y Deontología Médica que los médicos tenemos la obligación de defender al compañero que es objeto de ataques o denuncias injustas. Así ha de hacerse en el caso de agresiones físicas, en especial si sucedieran en el lugar, tiempo y contexto del trabajo profesional. Defender entonces al colega es una manifestación obvia de recta confraternidad, que no necesita de muchas explicaciones. No merecería ser tenido por colega quien contemplara pasivo un ataque violento e injusto a un compañero. Ante una tal agresión reaccionamos de inmediato: de modo casi reflejo, procuramos protegerlo, disuadiendo con razones al agresor, o, si no cabe otro remedio, reduciéndolo con la fuerza. Y lo haremos sin perder de vista el mandato hipocrático de no dañar, porque nunca es decente responder a la violencia con más violencia.

Sabemos que aumenta la agresividad física contra los médicos. Se trata de un fenómeno prácticamente universal. Su epidemiología, bastante definida ya, nos indica que tiende a concentrarse en ciertos nichos sociales y culturales. La extensión e intensidad del fenómeno ha propiciado la intervención de la autoridad judicial y de los organismos profesionales, que están haciendo un notable esfuerzo para prevenir y reprimir legalmente esa inquietante situación.

Pero, curiosamente, esos esfuerzos para reducir la violencia parecen dirigidos selectivamente a contener la agresión física. Por contraste, las amenazas verbales, las denuncias injustas, las calumnias gratuitas y las provocaciones personales hechas al médico no han recibido una atención similar. No tenemos medios para prevenirlas y tratarlas. Quizás se deba eso a que la agresión física es más visible y provoca lesión corporal. Pero las agresiones y amenazas morales son menos perceptibles: dañan más en lo hondo de la persona, crean una atmósfera más opresiva de temor e inseguridad, pero provocan menos compasión.

El informe de Aquilino Polaino

Hace un par de semanas Aquilino Polaino intervino como experto ante la Comisión de Justicia del Senado, para expresar su parecer acerca de los efectos que sobre el desarrollo de los menores pudiera tener su convivencia con parejas homosexuales.

El testimonio presentado por Polaino, junto con el de los otros comparecientes, ha sido publicado, a la espera de la edición impresa del Diario de Sesiones, en la página web del Senado. Contienen esos testimonios, como es habitual, dos partes: la intervención inicial, preparada de antemano, y el turno de interpelaciones por los representantes de los diferentes grupos parlamentarios, en el que los expertos han de responder, si no improvisada, sí repentinamente a las preguntas que los senadores quieran dirigirles.

He leído atentamente esos testimonios. Creo que toda persona que quiera evaluar responsablemente el episodio aquí comentado tiene un deber moral de leerlos todos, de arriba abajo. He de señalar que el informe de Polaino es cabalmente correcto, no menos -y quizás más- que los de los otros que comparecieron aquel día ante la Comisión. Y, a mi modo de ver, supera a algunos de ellos en ciertos aspectos: es más académico, más informado, mejor argumentado.

Y, al igual que los restantes testimonios, ofrece una visión personal del problema que se le invitó a analizar. Nadie llamado a actuar como experto ante una comisión parlamentaria ofrece a los representantes del pueblo una exposición neutra y fría, exenta de toda evaluación y subjetividad. Pretender que un informe sea imparcial es buscar un imposible. La emoción es parte integrante de la vida moral y de la vida científica. Los comparecientes suelen ser elegidos por los partidos políticos por poseer competencia, por tener ideas y experiencia, por haber manifestado actitudes, por ser capaces de proponerlas y defenderlas civilizadamente. Los expertos son convocados para expresar, ante la comisión senatorial, y desde una instancia profesional y científica, las diferentes facetas del pluralismo ideológico reinante en la sociedad. No se suele convocar a seres perplejos e indecisos, de mente borrosa y confusa. Son llamados los que tienen experiencia y opiniones formadas, y que son capaces de expresarlas con dignidady precisión.

Los políticos en ejercicio que invitan a los expertos no están libres de conflictos de intereses políticos. Ninguno de los expertos convocados puede honradamente librarse de un conflicto de intereses para interpretar datos objetivos o criticar cuestiones opinables. Actuar como experto ante el Senado no es lo mismo que escribir un artículo meramente informativo para una enciclopedia o un diccionario. Se supone que un buen experto se debe, primariamente, a su conciencia y a su experiencia: por fidelidad a este principio, su informe podrá ser juzgado de modo discrepante por los políticos que le invitaron. La sesión de la Comisión de Sanidad del Senado del 20 de junio pudo no haber tenido trascendencia alguna. Y el acta de lo allí dicho bien pudo haber quedado sumergida, como tantas otras, en el sopor de los archivos. Pero saltó a los medios de comunicación y levantó un gran revuelo.

La reacción al informe

De la exposición inicial de Polaino, de casi 3.000 palabras, las agencias y medios de información y los activistas de la Federación Estatal de Lesbianas y Gays destacaron solamente una línea: Polaino dice que "los gays son hijos de padres hostiles y alcohólicos". Es una manipulación tan grosera que ni siquiera sus autores pueden tomar la cosa en serio. Nos dan una frase desgajada del contexto, que el compareciente asigna a una lista de cinco autores que cita nominalmente, pero que le es atribuida a él y convertida, más allá de eslogan insultante de conducta homófoba, en dato inculpatorio de conducta criminal y antiprofesional. En un gesto amenazador, se la ha constituido en base para la presentación de denuncias ante el ministerio fiscal y ante los colegios profesionales. Incluso, dando la cosa por juzgada, los portavoces de la Federación Estatal de Lesbianas y Gays sugieren a jueces y directivos profesionales las condenas que han de aplicarse a Polaino: la cárcel y la expulsión del colegio, la máxima descalificación que permite el régimen disciplinario.

Ha pasado ya suficiente tiempo para ver las cosas con serenidad. Tras unos días de reacciones improvisadas de tirios y troyanos, en los que a muy pocos, al parecer, se nos ocurrió analizar, con atención y sin prejuicios, las afirmaciones de Polaino, es el momento de irse a las bibliotecas o a internet para ver qué se dice en 2004 ó 2005 sobre si, y en qué casos, la homosexualidad ha de ser evaluada como un trastorno que hace sufrir a ciertos individuos un malestar persistente y marcado acerca de su orientación sexual. Yo lo he hecho. Y he podido comprobar que por ahí fuera médicos que trabajan en universidades y hospitales de prestigio siguen disputando sobre ese complejo problema.

Es mucho más fácil, para desempeñar el papel de activistas, adherirse a una opinión que no se vea afectada por la complejidad de los hechos. Y en medicina, la realidad, todos los médicos lo sabemos, tiene una tendencia tenaz, invencible, a ser complicada. Es providencial que los médicos tenemos la obligación de defender al compañero que es objeto de ataques o denuncias injustas. No para caer en un corporativismo, siempre odioso, sino para ejercer el deber primordial de la confraternidad, sobre el cual, nos dice el Código de Ética y Deontología Médica, sólo los derechos del paciente tienen precedencia.

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