Noticias© Comunicación Institucional, 05/04/2006

Universidad de Navarra

Universidad: más allá de Bolonia

Autor: Ángel J. Gómez Montoro
Rector de la Universidad de Navarra

Fecha: 5 de abril de 2006

Publicado en: Diario de Navarra (Anuario)

No sé si en algún momento la universidad ha podido vivir al margen de los cambios, pues lleva en sus genes una apertura hacia el futuro plenamente incompatible con el conformismo. Vivimos en una época de transformaciones en la que la construcción de un nuevo Espacio Europeo de Educación Superior, el llamado proceso de Bolonia, supone un referente ineludible para el futuro inmediato de la Universidad española. Es por tanto un buen momento para pensar bien antes, y ejecutar con tino después, las medidas que deben adoptarse. Sin duda las conocidas palabras de Machado, “se hace camino al andar”, encierran una gran sabiduría, pero ayuda mucho saber hacia dónde. También la universidad necesita su brújula, para la que me atrevo a proponer cuatro puntos cardinales: generar y encauzar cambios, fortalecer la alianza investigación-docencia, combinar arraigo local y proyección internacional y, a modo de norte, las personas como columna vertebral.

Cambios inteligentes. La apertura hacia lo nuevo debe partir de lo ya logrado. Es deseable un equilibrio dinámico entre el inmovilismo de una mediocridad falta de audacia y el activismo de reformas irreflexivas. La vida es cambio, pero no todo cambio es vida.

La introducción de estudios oficiales de posgrado y la definición de los nuevos estudios de grado ofrecen una ocasión propicia para mejorar el servicio que la universidad presta a quienes acceden a ella y, en general, a toda la sociedad. La universidad española viene preparándose para ello desde hace años y ahora esa experiencia debe servir para enriquecer las titulaciones. Pero no se trata sólo de “repensar” los planes de estudio. El verdadero objetivo debe ser ofrecer una formación de mayor calidad y para ello, mejorar: primero los profesores, después -en realidad, simultáneamente- los estudiantes.

Docencia investigadora. Por definición, universidad es unidad de saberes, integración de disciplinas, diálogo de ciencias. Es también investigar para enseñar y aprender de la investigación. Por eso, los genuinos profesores -los maestros- combinan su continuo aprendizaje con la docencia.

Entre los cambios deseables, pienso en una mayor dedicación del profesorado a la atención de los estudiantes, ayudándoles a integrar conocimientos, abriéndoles horizontes y orientándoles en la elección de su futuro profesional. La universidad no puede vivir de espaldas a la inserción laboral de quienes salen de sus aulas; al mismo tiempo, tampoco cabe convertirla en una academia de colocación. La verdadera formación exige sólidos fundamentos teóricos y es precisamente en este ámbito en el que la institución universitaria sigue siendo insustituible. En este sentido, las prácticas deben entenderse también como un instrumento para una mejor comprensión de la teoría.

Con una flexibilidad inteligente se puede también introducir a los alumnos en la apasionante labor investigadora a la que deben seguir dedicándose muchas de las mejores cabezas. Y si alguno siente como amenaza la situación laboral, no hay que olvidar que los investigadores españoles están, en general, muy bien formados, como lo prueba el elevado número de los que trabajan en destacados centros extranjeros.

Un apunte sobre algo que a veces se olvida. Es necesario que compartan protagonismo y reconocimiento social todos los investigadores, los que trabajan para curar como los que innovan en el pensar. Lo esencial de la investigación no es tanto la bata blanca como la sustancia gris. Una universidad sin investigación humanística cojea peligrosamente. Y añado un reto tan difícil como imprescindible: crear equipos interdisciplinares en los que las posibilidades de cada uno se ven multiplicadas por las aportaciones de los demás.

Apertura internacional. Entre los muchos cambios experimentados por la universidad, uno positivo sobresale por sus efectos sociales: el acceso a saberes antes restringidos y hoy compartidos. Una fértil integración universidad-sociedad parte de su arraigo local y se enriquece con la apertura internacional que el siglo XXI exige. Tan necesarios como los cimientos históricos y geográficos son las aperturas de fronteras, empezando por las personales y siguiendo con las institucionales. Esta actitud es bidireccional: disposición para salir y capacidad para recibir. La universidad es más universal que nunca. Ello supone mayor competencia pero, sobre todo, proporciona nuevas posibilidades: trabajar con prestigiosos centros extranjeros; elegir los mejores lugares para la formación de nuestro personal docente e investigador; incorporar a nuestras plantillas prestigiosos profesionales de otros países; atraer a muchos estudiantes internacionales. Contamos, además, con una clara ventaja: el creciente interés por la lengua española que se aprecia en tantos lugares del mundo; un interés que conjugado con una mayor incorporación del inglés en la docencia y unos interesantes currículos formativos puede hacer de la universidad española un lugar especialmente atractivo para estudiantes de otros países.

Alma máter. Un dinamismo universitario desbocado conduciría a cambios sólo consistentes en aumentos de velocidad, con el riesgo de salirse del camino que se hace “al andar”, no al correr. Casi siempre es un error primar el cronómetro frente a la brújula. Desubicar el norte provoca desánimo en el sentido literal: perder el alma del alma máter, o sea, la persona como motor de la universidad. Hemos de evitar un escepticismo muchas veces esterilizante y creer en la potencialidad de la institución universitaria para formar en valores, aportando a la sociedad personas capaces de integrar elevados conocimientos técnicos con las virtudes de los buenos ciudadanos.

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