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Noticias © Comunicación Institucional, 05/03/2005Universidad de Navarra
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Isidoro Rasines: grandeza y sencillez de un científico
Autor:Francisco Ponz
Profesor Honorario
Universidad de Navarra
Fecha: 5 de marzo de 2005
Publicado en:  Diario de Navarra

Hay científicos ansiosos de protagonismo, hambrientos de admiración popular, no pocas veces con exageración o distorsión de sus hallazgos. Pero hay también personalidades sencillas, de gran talento, que realizan un trabajo callado, serio y riguroso, libre de propagandas, para poner al servicio de los demás los dones naturales recibidos. Isidoro Rasines, fallecido el 4 de marzo en Madrid, era uno de estos últimos, que ha estado vinculado a la Universidad de Navarra durante más de cuarenta años. De aguda inteligencia, mente clara, gran corazón, muy trabajador y de espíritu deportivo, alegre y juvenil, era un enamorado de la labor educativa y de la investigación científica. Nacido en Cuba en 1927, se había criado en Torrelavega, en Cantabria, donde destacó tanto en sus estudios que el Ayuntamiento le concedió una beca para que cursara Ciencias Químicas en Madrid. Al terminar la carrera, desde 1951 tomó parte muy activa, como profesor y director, en los primeros ocho años del colegio Gaztelueta, promovido por el Opus Dei en Las Arenas, próximo a Bilbao, centro que adquirió merecido renombre por su esmerada atención a la preparación científica y cultural y a la educación humana y formación espiritual de los alumnos, en un ambiente de libertad, confianza y sencillez.

Nadie se molestaba con él

Comencé a tratarle en los años sesenta, cuando él había vuelto a Madrid y se dedicaba al impulso y desarrollo de iniciativas educativas y universitarias, a la vez que se especializaba en Química Inorgánica junto al profesor Gutiérrez Ríos y hacía el doctorado. Siempre se interesó por los grandes temas de la educación superior, sobre los que a lo largo de su vida ha publicado bastantes artículos. Fue nombrado por entonces vocal del Consejo Nacional de Educación y de la Comisión Española de la UNESCO, vicepresidente del Consejo Superior de Enseñanza de la Iglesia y comendador con placa de la Orden de África. Desde Madrid siguió muy de cerca, al menos a partir de 1960, todo el acontecer de la Universidad de Navarra. Tuvo mucho que ver en las gestiones para el reconocimiento estatal de la validez de sus estudios, y en la creación de nuevos centros académicos.

Mi relación con Isidoro Rasines se hizo mucho más estrecha desde 1966, en mi etapa de rector de la Universidad de Navarra. En los primeros años, en mis viajes a Madrid acudía a él con frecuencia para charlar de asuntos relacionados con mis funciones: estaba muy al tanto de la política universitaria y de las inquietudes y movimientos estudiantiles de aquel tiempo nada tranquilo. Luego, desde 1969, tuve la gran suerte de tenerle más de nueve años conmigo en Pamplona como secretario general de la Universidad, a la vez que se ocupaba de la Cátedra de Química Inorgánica de la Facultad de Farmacia. Su colaboración me resultó muy enriquecedora por su mentalidad jurídica y conocimiento de la legislación universitaria, su prudencia y buen sentido, su serenidad y clarividencia en el enfoque de las cuestiones y su capacidad de trabajo. Sus propuestas mostraban estudio profundo de los temas y eran formuladas y argumentadas de modo conciso y claro. Nadie se molestaba con él: a todos trataba con deferencia y afecto, comprendía y defendía las peticiones justas, respetaba las posturas discrepantes y daba también cumplida razón cuando la medida de gobierno contrariaba los deseos del interlocutor. Su modo de ser le permitía moverse con la misma naturalidad entre altos personajes de la vida intelectual, social o política, que cuando compartía horas festivas con estudiantes o bedeles.

Le cautivaba Navarra

En su labor docente se entregaba a la buena preparación profesional de los alumnos y a estimular la maduración de su personalidad en todas sus dimensiones. Con su trato familiar y sencillo en el aula, el despacho, el laboratorio, la cafetería o el deporte, se ganaba su amistad y les ayudaba en sus problemas personales. Al establecerse de nuevo en Madrid en 1979, aceptó con ilusión seguir como profesor extraordinario de la Universidad, para volver con frecuencia a Pamplona: le cautivaba Navarra y la tarea universitaria.

Junto a sus cualidades de universitario, Isidoro Rasines era un gran investigador, pulcro y riguroso. Colaborador e investigador científico y luego profesor de Investigación en el Instituto de Ciencias de los Materiales del CSIC, publicó en revistas internacionales de su especialidad, durante sus largos años de trabajo científico, unos ciento cincuenta artículos originales, muchos de ellos sobre la producción y propiedades de nuevos materiales inorgánicos, de gran interés por sus aplicaciones a la tecnología, por ejemplo en el campo de los superconductores y en el de las pilas de litio recargables. Participó en numerosos congresos internacionales. Fue también miembro destacado de las más selectas sociedades científicas mundiales propias de su área.

Con su habitual sencillez, Isidoro me dio noticia no hace mucho de la enfermedad que padecía. Conocía su gravedad y estaba dispuesto a todo. Se abandonaba por entero en las manos de Dios. A lo largo de su vida no pretendió otra cosa que vivir con plenitud y coherencia su fe cristiana conforme al espíritu del Opus Dei, que desde muy joven había aprendido de San Josemaría, con un trabajo profesional bien hecho y haciendo bien a cuantos encontrara en su camino. Ahora que acaba de completar su vida terrena, puedo decir que a mi entender lo ha conseguido. Y que, con su sencilla grandeza, nos ha dado a todos los universitarios un excelente ejemplo.

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